Sobre buitres y Rolex

Sobre buitres y Rolex

(Por Javier Melero*) Llámenlo pesimismo a causa de la guerra, pero cada vez tengo más claro que el progreso moral de la humanidad no es más que una superstición construida con lo poco que queda del pensamiento ilustrado y grandes dosis de voluntarismo. A fin de cuentas, el comportamiento humano siempre ha sido más o menos el mismo; lo único que ha cambiado, y no siempre, es el grado de hipocresía.

Porque, en realidad, nadie aprende nada, nada cambia y, todo lo más, al día siguiente alguien limpia el matadero. Eso hace perfectamente creíble lo que explicaba Pierre Lemaitre (Nos vemos allá arriba, 2013) sobre los contratistas que rompían las piernas de los cadáveres de los soldados muertos en la Gran Guerra para que cupieran en ataúdes demasiado pequeños (los de tamaño adecuado hubieran mermado los beneficios).

Los buitres prosperan en la desgracia, y eso no es ninguna novedad: solo hay que recordar la historia de aquellos generales que mandaban ejércitos formados por fantasmas con el fin de quedarse las pagas de los soldados caídos.


Les cuento esto cuando, por si la pandemia nos hubiera dado pocas distracciones, ahora nos enteramos de que fue utilizada por algunos caballeros para hacerse con notables cantidades de dinero aprovechando lo que podría considerarse la tormenta perfecta. A fin de cuentas, la plaga fue lo mejor que pudo ocurrirles a quienes han sido dotados por la naturaleza con un espíritu emprendedor y gozan de un temperamento poco dado a consideraciones éticas; esas que no son más que un estorbo para el hombre de acción.

Coincidieron en aquellos días aciagos, por un lado, la acuciante necesidad de obtener como fuera un material sanitario que (por alguna razón que habría que analizar en otro momento con mayor sosiego) solo podía adquirirse en lugares remotos; por otro, unos decretos que suspendieron los procedimientos por los que las admi­nistraciones públicas adquieren esos productos­.

Piensen que esas compras están siempre sometidas al principio de desconfianza, a corsés rigurosos que tienen como objeto (aunque eso no siempre se consiga) evitar el mal uso del dinero público. Pero, en los primeros meses de la plaga, todas esas cautelas fueron eliminadas.

Ya no hacía falta pluralidad de ofertas, ni un cotejo de los precios buscando la más favorable, ni informes técnicos sobre la idoneidad del producto que adquirir; la emergencia primaba sobre cualquier otra consideración.

Y, por último, coincidieron también algunos paladines del libre mercado con buenos contactos en Asia y capaces de facilitar las preciadas mascarillas a precios de caviar iraní. No está de más recordar que hablamos de unos objetos de pasmosa simplicidad cuyo coste de fabricación ronda los 0,08 euros en el mercado asiático y que fueron vendidos, por ejemplo, al Ayuntamiento de Madrid, a 6,60 euros la unidad.

La cosa recuerda bastante a lo que ocurría con la penicilina en la película El tercer hombre (Carol Reed, 1949), cuando en la Viena de posguerra ese antibiótico era vital en un momento en que todavía había muchos heridos de guerra y las condiciones sanitarias estaban bajo mínimos. En la actualidad, una dosis de penicilina cuesta menos de un euro, pero en aquellos años, en valor relativo, podía alcanzar los trescientos. Por eso tipos como el Harry Lime que interpretaba Orson Wells podían hacerse ricos en cuatro días.

Es cierto que la especulación con el precio de las mascarillas se cebó en toda España, y que estamos hablando de aquellas semanas funestas en las que los cargueros podían cambiar de rumbo en medio del océano porque el fabricante o el intermediario habían recibido una oferta mejor de cualquier otro lugar. Pero ello no debería ser obstáculo para obtener de esta historia al menos dos provechosas enseñanzas mo­rales sobre la naturaleza humana y los mecanismos del libre mercado cuando no existen limitaciones éticas ni legales.

Una, que nunca está de más gozar de contactos sociales de fuste, ser un personaje conocido de la vida pública (sea eso lo que sea) y estar a buenas con algún familiar del alcalde o del presidente de la comunidad para poder hacerte con un buen pellizco, porque hay apellidos que abren puertas y relaciones que valen su peso en oro.

Otra, que, para hacerte una idea bastante aproximada sobre la gente, no hay nada mejor que averiguar en qué gastan el dinero quienes, pese a haber sido en algún momento vagamente inteligentes, acaban pareciendo profundamente estúpidos.

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