Síntoma de colapso: cuando es “normal” manipular los precios

La normalización de la manipulación de los precios

A estas alturas del partido, creo que no hace falta explicar en qué consiste el control de precios. Toneladas de tinta digital se han utilizado para explicar, incontables veces, cómo funciona el sistema de precios. Desde tiempos anteriores incluso, mucho antes de la existencia de la electricidad.

Del cómo generalmente se termina obteniendo el resultado opuesto al discurso demagógico que suele acompañar dichas medidas; ya sea provocando escasez, sobreproducción o simplemente un mal uso de los recursos; los cuales son limitados.

La historia transpira de ejemplos donde bajar el precio del pan provoca filas interminables por la escasez de este, al mismo tiempo que subir arbitrariamente los precios de productos para hacerlos rentables, desemboca en enormes galpones llenos de productos que nadie quería juntando polvo. Pero tal vez resulte un poco más provechoso si aportamos una “vuelta de tuerca” a este tema.

El relato distractor

Algo que muchas veces no se resalta es el hecho de que la manipulación de los precios, más allá de ser una medida demagógica y relativamente fácil de aplicar por aquéllos a quienes no les importa el daño que provocarán a largo plazo, también actúa como elemento distractor.

Cuando los gobiernos se empecinan en seguir implementando políticas económicas perjudiciales, intentando irónicamente reparar el daño hecho por políticas similares efectuadas en el pasado bajo la idea de que “ahora sí va a funcionar porque lo vamos a hacer nosotros”, esto va acompañado por un firme deslinde de responsabilidades. Allí es donde medidas como el control de precios ocupa un papel discursivo gigantesco.

¿Por qué? Porque la intención de los responsables siempre será alejar el foco de atención de ellos. Repitiendo hasta el cansancio que son ellos quienes, motivados por su altruismo, deben hacer que los productos y servicios sean accesibles; defendiendo al consumidor ante los abusos del proveedor. Pero vayamos un paso más. Ya que cuando la situación se empieza a complicar, la culpa también terminará recayendo sobre el consumidor, ya sea porque este busca caprichosamente comprar cosas que no necesita, exigir una mejor calidad o simplemente acceder a aquello que escasea y requiera ser importado.

El punto es el siguiente. Siempre se buscará mantener como foco del problema a los “precios” ¿Para qué? Para fijar la discusión sobre el accionar de los privados, ya sean los vendedores o los consumidores. Porque si la discusión vira hacia la esquina contraria, nos encontraríamos realmente con el verdadero problema; la política fiscal, monetaria o laboral, por ejemplo. ¿Sobre quién caería la culpa? Yo podría simplemente empezar repitiendo a los mismos de siempre; Un banco central devaluador, a gobernantes y legisladores derrochadores, ministerios ineficientes, organismos inventados y demás sistemas clientelares. Sin embargo, no es ese el punto en este caso.

El punto es que se aferrarán en dirigir la culpa en dirección a los privados y lejos de lo público. Y por más simplista que resulte, el control de los precios produce un efecto fulminante en la mente del ciudadano trabajador que hace lo posible para vivir mes a mes, sino también “sobrevivir”. Las facturas de luz, agua y gas que se vuelven “pagables” y alimentos e indumentaria que se tornan “accesibles”, sumado a los incentivos, la presión y el tiempo instalarán la ilusión de burócratas bienintencionados que dicen estarte cuidando, volviendo “pagables” productos indispensables, inhabilitando la capacidad de prestar atención a la verdadera razón del por qué todo aquello era “impagable”.

La normalización

Lo dicho anteriormente actúa como preludio a lo que terminará siendo algo patológico en la gente. Porque si este tipo de situaciones se prolongan el suficiente tiempo, uno tarde o temprano termina asimilándolo. Es como si te instalaran muy lentamente un programa de computadora en la cabeza. Llega a convertirse en la única realidad distinguible, por lo que uno termina por normalizarla y posteriormente defenderla, por miedo o por simple desconocimiento de algo mejor.

Más de uno hemos tenido discusiones sobre el porqué las cosas cuestan lo que cuestan. Y es muy posible que la mesa se haya partido al medio separando los que culpan al dueño del negocio o al productor y del otro lado a los que culpan a su jefe por no pagarle lo suficiente.

Son contadas las ocasiones en las que existirá un extremo de la mesa para aquel que se anime a plantear que no es ni uno ni otro, sino que simplemente somos pobres porque nuestro dinero no vale nada, y que tanto el dueño del negocio, como nuestros jefes y nosotros mismos hemos sido empobrecidos.

Ese último punto suele ser definitivo. Porque toca las fibras más sensibles de la persona que trata de trabajar y hacer lo posible para vivir y que le enseñaron que los precios son “inflados” por gente codiciosa y que el tipo al que en algún momento votó está allí para “cuidarlo”.

Uno no tiene la obligación de saber que los precios son señales que a modo de sistema nervioso orientan al sistema económico. El problema es que cuando a esa ignorancia se le suma el hecho de tener un aparato burocrático encima, conformado por un gran número de sinvergüenzas empecinados en corrernos la ventana hacia la dirección que a ellos les conviene.

La gente en lo último que llega a pensar es en por qué simplemente no se congelan los precios de todos los bienes y servicios en lugar de solo unos pocos seleccionados. No se preguntan por qué creen que está bien que se bajen los precios de la luz, el agua y la comida por ley, al mismo tiempo que celebran cuando los salarios aumentan por ley, desconociendo que los salarios también son precios.

No se preguntan qué relación hay entre los apagones eléctricos y la baja presión de agua con las facturas subsidiadas. No se interrogan por qué un vendedor está dispuesto a arriesgarse a que lo multen o lo clausuren con tal de poder vender su mercancía por encima de lo “acordado”, no se cuestionan a sí mismas cuando buscan trabajar de manera informal con tal de ganar un poco más o se lamentan por no poder trabajar formalmente de cualquier cosa, por un salario por debajo del mínimo.

Para finalizar, durante el 2020, se pudo ver con toda claridad cómo se volvía a consolidar la vieja práctica de mandar ejércitos de inspectores a cazar comerciantes cuyas góndolas no cumplían con el “acuerdo”; algo que jamás funcionó más que para reforzar el discurso ya mencionado. Y para colmo, en un contexto de excepcionalidad a escala global, no se tuvo mejor idea que aumentar lo antes empezado. Esto no solo dejó barrios con menos comercios en donde abastecerse, resultando en escasez de productos sanitariamente esenciales; sino que la criminalización de aquellos que no podían darse el lujo de vender a perdida mientras no sabían si podrían reponerlo en un futuro, fue el tiro de gracia para miles de pequeñas empresas.

Evidenciamos los frutos de este “programa de computadora” ya mencionado donde, al mejor estilo Orwelliano, buena parte de la ciudadanía jugó a ser “agente del partido” denunciando a sus propios vecinos, con el fin de defender su realidad, alimentada esta última por un discurso en donde los violentos son los oprimidos en lugar de quien da los palazos.

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