Se busca líder moderno que llegue a los talones a los próceres del pasado

LOS HÉROES DEL PASADO NO HAN INSPIRADO A LOS NUEVOS LÍDERES

La pusilanimidad de los virtuosos

La historia está repleta de trascendentes episodios en los que los mejores se involucraban y lograban transformaciones que aún hoy sorprenden. Todo aquello ha quedado atrás y nada asimilable se asoma en el horizonte

Es fácil identificar, en diferentes épocas, a los que verdaderamente cambiaron el curso de los acontecimientos. Las revoluciones con mayúsculas se produjeron a expensas de cruzadas realmente épicas en las que ciertos personajes participaron con enorme valentía e inteligencia.

No es necesario estar de acuerdo con ellos para reconocer el valor que han exhibido al sortear escollos y jugarse por sus profundas convicciones arriesgando sus vidas y la de sus familias. En ese devenir se despojaban de su patrimonio sin mezquindades ni especulaciones de corto plazo.

Aquellos magníficos próceres de los que tanto se enorgullecen las naciones y cuyas complejas travesías son relatadas con infinita admiración en todos los ámbitos educativos ahora sólo son parte del recuerdo de un tiempo fabuloso que ni siquiera pretende ser emulado.

Eran definitivamente virtuosos. Independientemente de sus inclinaciones ideológicas, era gente sumamente estudiosa, con una frondosa cultura general y una visión del mundo tan abierta como ambiciosa y siempre plagada de debates sobre los valores éticos.

Inclusive muchos de esos, aunque no todos, eran personas de buena posición económica, que no estaban condicionados por significativas privaciones y que podrían haber elegido otros proyectos para sus acomodadas situaciones.

Sin embargo, optaron por el trayecto más peligroso, ese en el que su integridad física se pondría en juego para impulsar esos sueños que los obsesionaban pensando en el porvenir de las próximas generaciones.

No es que hayan sido seres humanos perfectos. De hecho, sobran anécdotas que los describen con múltiples limitaciones y diversos cuestionamientos que marcan con potencia sus elocuentes errores e inocultables debilidades, sus indisimulables bajezas y evidentes tropiezos, pero nadie se anima a endilgarles un centímetro de cobardía cuando de luchar por sus creencias se trataba.

Es casi imposible encontrar en estas instancias ejemplos de esa naturaleza. No es este un fenómeno exclusivamente local. Lamentablemente la tibieza se ha popularizado y las sociedades han quedado en manos de un grupo de timoratos crónicos.

Algunos prefieren creer que en el presente sólo es posible individualizar a miles de mediocres disputándose el “trono”. Entienden que aquellos estadistas de antaño no volverán porque ahora todo es superficial y frívolo.

Es muy paradójico que en tiempos de abundancia de información y de acceso casi irrestricto a los conocimientos esenciales del universo, los referentes de las comunidades sean tan vulgares y hasta anodinos.

Tal vez sea el momento de reconocer que el progreso ha gestado una suerte de confortable casta de dirigentes que disfruta de las mieles del bienestar y que no tiene chance alguna de parecerse a sus antepasados.

Es la paradoja del mundo contemporáneo. Los sacrificados prohombres de ayer engendraron a un conjunto de patéticos e irresolutos imitadores que no disponen de la suficiente altura moral para enfrentar los dilemas actuales. 

Es increíble el cinismo con el que los contemporáneos mencionan a esos paladines y la gigantesca incapacidad para intentar replicar algunos de sus variados talentos. Tal vez uno de los problemas sea que la vara ha quedado muy alta y que resulta inalcanzable para los mortales de esta era.

Pero no menos cierto es que los “equivalentes” a aquellos que hicieron historia hoy prefieren otros caminos. Es difícil juzgar esa decisión o ponerse en el lugar de quienes optaron por darle otro rumbo a su existencia.

Los más preparados, los que han edificado una fortuna, los que tienen casi todo lo necesario para asumir la conducción y brindarle la totalidad de las energías a la gran batalla se han consagrado a sus empresas, sus familias, sus carreras profesionales y casi siempre han sido exitosos en ese reto, o al menos, luego de una secuencia de fracasos, lo siguen intentando.

Ellos han decidido emprender otro sendero. Algunos dicen que esa actitud es muy egoísta o pusilánime y que no se han sacrificado por sus semejantes pudiendo hacerlo. 

Esa es una posibilidad, pero sigue siendo opinable. Después de todo nadie debería enjuiciar a los demás cuando se intenta dirimir lo mejor para cada uno. Tampoco los que se ponen en ese pedestal superior tienen suficiente entidad para pronunciarse sobre otros ya que tampoco han hecho nada magnífico como para pontificar desde su atril con alguna autoridad.

Lo que parece concluyente es que hoy no existen héroes similares ni nada que se aproxime a ello y que la personalísima determinación de los más aptos ha sido la de dedicarse con vehemencia a sus anhelos, lo que es absolutamente legítimo.

El resultado está demasiado a la vista. Por ahora nadie liderará un proceso de cambios estructurales con el coraje que la coyuntura amerita. Los que ahora ostentan el poder no les llegan ni a los talones a los que construyeron estas naciones. Salvo que algún abnegado inicie un círculo virtuoso y consiga el acompañamiento de otros tantos, el destino parece predecible. 

Artículo publicado en El Litoral

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