Rousseau, la nostalgia por el paraíso perdido y la condena de la civilización

Tres exponentes del contractualismo III: Jean-Jacques Rousseau

En los dos artículos anteriores de esta serie sobre contractualismo -la corriente de filosofía política y derecho que concibe el nacimiento de la sociedad civil y el estado a través de un pacto originario entre los miembros de la comunidad- nos referimos a Thomas Hobbes y John Locke.

En esta tercera entrega, continuando cronológicamente, corresponde estudiar la obra del tercer exponente: Jean-Jacques Rousseau.

Al igual que sus antecesores, Rousseau evoca una diferencia entre el estado de naturaleza y el ingreso a la civilización. Pero va a distinguirse aportando una mirada singular: el hombre no está en conflicto y temor perpetuo con sus congéneres como en Hobbes, ni tampoco la sociedad civil es ponderable implicando un salto cualitativo en defensa de los derechos como en Locke. Rousseau exhibe una añoranza por el primigenio estado de naturaleza, y adjudica los males que sufren las personas al proceso civilizador.

En el estado de naturaleza se fortalecen las aptitudes de los hombres, tanto físicas como de carácter, mientras que la sociedad conspira contra su desenvolvimiento desde la infancia:

Acostumbrados desde la infancia a la intemperie del tiempo y al rigor de las estaciones, ejercitados en la fatiga y forzados a defender desnudos y sin armas su vida y su presa contra las bestias feroces, o a escapar de ellas corriendo, fórmanse los hombres un temperamento robusto y casi inalterable; los hijos, viniendo al mundo con la excelente constitución de sus padres y fortificándola con los mismos ejercicios que la han producido, adquieren de ese modo todo el vigor de que es capaz la especie humana.

La naturaleza procede con ellos precisamente como la ley de Esparta con los hijos de los ciudadanos: hace fuertes y robustos a los bien constituidos y deja perecer a todos los demás, a diferencia de nuestras sociedades, donde, el Estado, haciendo que los hijos sean onerosos a los padres, los mata indistintamente antes de su nacimiento1.

Aun siendo débil en términos comparativos respecto de los otros animales, el hombre en la naturaleza se las arregla para vivir y lo logra con mayor éxito que el resto de las especies:

…considerándole, en una palabra, tal como ha debido salir de manos de la naturaleza, veo un animal menos fuerte que unos, menos ágil que otros, pero, en conjunto, el más ventajosamente organizado de todos; le veo saciándose bajo una encina, aplacando su sed en el primer arroyo y hallando su lecho al pie del mismo árbol que lo ha proporcionado el alimento; he ahí sus necesidades satisfechas2.

Al contrario, la sociedad moderna, con su industrialización y avances tecnológicos, produce gente sedentaria que ya no alcanza los grados de destreza física del salvaje:

Siendo el cuerpo del hombre salvaje el único instrumento de él conocido, lo emplea en usos diversos, de que son incapaces los nuestros por falta de ejercicio, y es nuestra industria la que nos arrebata la agilidad y la fuerza que la necesidad lo obliga a adquirir3.

A diferencia de Locke, que veía en el empleo de la razón la clave para conocer la ley natural y guiarse por ella a los fines de una buena convivencia, Rousseau considera el estado reflexivo humano como algo inapropiado para la especie. El hombre en la naturaleza no sufre como el hombre civilizado; mientras que aquél sigue sus pasiones y vive en modo sencillo, este complejiza su vida y padece el pensamiento que lleva en una sociedad avanzada:

…la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, casi todos los cuales hubiéramos evitado conservando la manera de vivir simple, uniforme y solitaria que nos fue prescrita por la naturaleza. Si ella nos ha destinado a ser sanos, me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y que el hombre que medita es un animal degenerado4.

La culpable es la razón, porque vuelve egoístas a las personas, y actúan de manera distinta a como lo harían instintiva y despreocupadamente en la naturaleza:

Es la razón quien engendra el amor propio, y la reflexión lo fortifica; ella repliega al hombre sobre sí mismo5.

Tampoco el progreso traducido en cosas materiales que permite la satisfacción de necesidades humanas, como abrigo y guarecimiento, es digno de búsqueda para el hombre que describe Rousseau. Los salvajes se las arreglan bien sin contar con ellas, y el pensar que se necesitan es prácticamente una ilusión de la civilización:

La desnudez, la falta de habitación y la carencia de todas esas cosas inútiles que tan necesarias creemos no constituyen, por consiguiente, una gran desdicha para esos primeros hombres ni un gran obstáculo para su conservación6.

¿Y cómo es el tránsito del estado de naturaleza a una sociedad organizada en un Estado? A través del pacto fundamental que marca su nacimiento.

me limito, siguiendo la opinión común, a considerar aquí la fundación del cuerpo político como un verdadero contrato entre los pueblos y los jefes que eligió para su gobierno, contrato por el cual se obligan las dos partes a la observación de las leyes que en él se estipulan y que constituyen los vínculos de su unión. Habiendo el pueblo, a propósito de las relaciones sociales, reunido todas sus voluntades en una sola, todos los artículos en que se expresa esa voluntad son otras tantas leyes fundamentales que obligan a todos los miembros del Estado sin excepción, una de las cuales determina la elección y el poder de los magistrados encargados de velar por la ejecución de las otras.7

Por sí solo considerado, el contrato parecería ser equitativo e igualitario, donde cada parte cumple con lo que se obliga y la ley se aplica a todos los involucrados en su signatura. Pero inspeccionando más detenidamente el “contrato social” desarrollado por Rousseau, nos daremos cuenta que se edifica un gran poder político con la capacidad de realizar exigencias extraordinarias y de remover a los pactistas que lo estorben.

En homenaje a su concepción de que lo pasional predomina sobre lo racional para beneficio del hombre, Rousseau sostuvo que la creencia en una religión era clave para una organización social; afirmó “sentir” que al mundo lo gobernaba una voluntad sabia; que Dios se escondía de su comprensión así que no debía razonar acerca de su naturaleza; y que su luz interior sería mejor guía que la razón8. Desde esta epistemología, habló de la fe civil y su importancia en el orden del Estado:

Existe, pues, una profesión de fe puramente civil, cuyos artículos deben ser fijados por el soberano no precisamente como dogmas de religión, sino como sentimientos de sociabilidad sin los cuales no se puede ser buen ciudadano ni súbdito fiel. Sin poder obligar a nadie a creer en ellos, puede expulsar del Estado a quienquiera que no los admita o acepte; puede expulsarlo, no como impío, sino como insociable, como incapaz de amar sinceramente las leyes, la justicia, y de inmolar, en caso necesario, su vida en aras del deber. Si alguien después de haber reconocido públicamente estos dogmas, se conduce como si no los creyese, castíguesele con la muerte: ha cometido el mayor de los crímenes, ha mentido ante las leyes9.

Entonces, el gobernante tiene el poder para mantener el orden y buen desarrollo social mediante la selección de sentimientos que deberán ser cobijados por los súbditos. Quienes no asumen ni aceptan esos sentimientos, pueden ser válidamente echados del Estado, por no amar la ley ni demostrar que sería capaz de cumplir con lo que se le ordena incluso dando su vida por ello. Y llegado el caso de haberse aceptado en público la fe civil, y luego actuar como si su adopción no hubiese sido sincera, la pena máxima de la muerte es lo que resulta procedente por mentir ante la ley estatal.

Pero la muerte por castigo no es la única que el súbdito debe aceptar. Otro precio a pagar por gozar de la seguridad provista por el Estado, basándose en un cálculo de conveniencia para el soberano, es precisamente desprenderse de esa seguridad y entregar su vida cuando el Estado así lo requiere:

(…) el ciudadano no es el juez del peligro a que la ley lo expone, y cuando el soberano le dice: “Es conveniente para el Estado que tú mueras”, debe morir, pues bajo esa condición ha vivido en seguridad hasta entonces, y su vida no es ya solamente un beneficio de la naturaleza, sino un don condicional del Estado10

En la naturaleza, el hombre tenía en su vida un beneficio natural; en el Estado, la vida pasa a ser regida por una autoridad con la capacidad para disponer de ella, reemplazando el juicio del propio titular de la vida por el del soberano que mejor conoce lo que de acuerdo a la ley corresponde. El contrato que perfila una comunidad organizada en el Estado cual estructura soberana y superior, impone deberes a cumplirse, y los súbditos no tienen más opción válida que la obediencia.

Mientras el gobierno validado por Locke debía promulgar leyes positivas en suma correspondencia con la ley natural que protegía la vida, salud y posesiones de los individuos, el soberano retratado por Rousseau tiene el poder para transformar beneficios de la naturaleza en dones condicionales del estado y reclamar la inmolación de los súbditos en perjuicio del bien natural y para cumplimiento de la ley civil.

Y a pesar de discrepar radicalmente con Hobbes en cuanto al escenario del hombre en el estado de naturaleza, en el escenario del Estado y respecto del poder soberano el contrato social de Rousseau se muestra más próximo al Leviatán que somete voluntades y mantiene a los hombres a raya mediante un poder común, que al gobierno limitado de Locke.

Teniendo en mejor estima a la pasión que a la razón, al sentimentalismo que al raciocinio, a lo instintivo que a lo reflexivo, al estado de naturaleza que a la civilización, y al poder soberano que a derechos individuales inalienables, Rousseau muestra otra faceta del contractualismo, que como corriente teórica sigue sosteniendo el pacto original pero se bifurca en distintas implementaciones y alcances.

Así concluimos esta serie de entregas sobre el contractualismo, habiendo estudiado las ideas de sus tres exponentes más afamados, y explorado sus obras como fuentes de aprendizaje y objetos de crítica. En caso de haber alguno, elija cada quien su contrato de preferencia, estudie su teoría y su impacto en el devenir histórico, y juzgue las consecuencias a la luz de lo aprendido.


[1] Rousseau, Jean-Jacques; Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres

[2] Ibídem

[3] Ibídem

[4] Ibídem

[5] Ibídem

[6] Ibídem

[7] Ibídem

[8] Hicks, Stephen R. C.; Explicando el Posmodernismo, Barbarroja Lib, 2014, p. 87-88

[9] Rousseau, Juan Jacobo; El contrato social, Los libros del mirasol, p. 25

[10] Ibídem; p. 175

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