¿Qué tiene Elon Musk en la cabeza para pagar 44 mil millones de dólares por un pajarito azul?

En 2021, Twitter perdió 193 millones de euros. Tiene menos usuarios que cualquier otra red social, incluso Snapchat. Nunca se le encontró la vuelta para hacerla rentable y es considerada, en el campo de las comunicaciones digitales, “la cloaca de internet” por la virulencia y agresividad que suelen tener sus posteos.

Los 315 millones de usuarios activos diarios están muy atrás si se los compara con Facebook (que, golpeada y todo mantiene 2900 millones) o los 1400 millones de Instagram.

¿Qué le vio Elon Musk a Twitter para pagar 44 mil millones de dólares para que sea suya? Es más: al dueño de los autos eléctricos Tesla y la compañía aeroespacial SpaceX se lo vio obsesionado con lograr “atrapar” al pajarito azul en su jaula de oro. Se había propuesto convencer a cada uno de los accionistas para que le vendieran su parte.

¿Qué urde Musk en su incansable cabeza?

Él dice que quiere promover la libertad de expresión en la red social. El argumento es, por lo menos, pueril. Habló de “escenario inclusivo” para referirse a Twitter, esa especie de “plaza pública de facto” donde –según él- se puede hablar libremente dentro de lo que permite la ley.

Habría que ver qué piensa el multimillonario sobre el significado de libertad de expresión. Si caben límites, ¿quién los pone? ¿Quién decide qué es injurioso, malicioso, ofensivo, degradante o qué tiene fines publicitarios (y, por ende, debe pagar para emitirlos)?

De hecho Donald Trump –quien permanece en el ostracismo virtual al tener su cuenta censurada- también soñó alguna vez con tener su propia red virtual y creó Truth. O sea, creó la “verdad”. Un espacio donde no existirían las censuras, críticas y limitaciones, curiosamente muy similar en su interfaz a Twitter.

Con su red, Trump es dueño de la Verdad.

El enunciado asusta. Que la libertad de expresión sea propiedad privada asusta. Que la posibilidad de opinar esté autorizada o vetada por alguien que tiene dinero para ejercer ese poder, asusta. Que la libertad de expresión sea, ante todo, un “permiso” para él de decidir sobre los demás, asusta. La posibilidad de que ese permiso se abriera a contenidos extremistas –Musk no se caracteriza por la moderación de sus opiniones-, asusta.

Inmediatamente luego de conocerse la compra de Twitter por Musk, se viralizó una catarata de contenidos con el hastagh “No autorizo” y “Mensajes eliminados”. Las consignas demuestran, también, el analfabetismo digital de quienes conviven en la red.

Ese tipo de mensajes no “mueve la aguja” y exhibe hasta qué punto se desconoce cómo es la vida y las regulaciones en las redes. De hecho, cuando uno abre una cuenta en cualquier sitio, “acepta términos y condiciones” que jamás se leen. Pero que autorizan, explícitamente, a utilizar la información que produzcan. Y no acepta los términos y condiciones, no puede crear la cuenta. La libertad no es tan libre cuando hay que tildar coercitivamente un permiso.

Musk sueña con un mundo civilizado y cibernético, que sea inclusivo y regulado por sus propias leyes. Quiere que Twitter sea una empresa privada. Como Tesla.

Ser dueño de Twitter convierte a Elon Musk en un privilegiado con acceso a millones de datos. ¿Qué hará con ellos?

En el mundo virtual, como en el real, la información es poder. La información absoluta, es poder absoluto.

Difícil encontrar, en todo este entramado de redes en que se ha convertido la comunicación, algo que se parezca a la palabra libertad.

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