La verdad no ofende: Argentina es un mendigo eterno

Argentina: Un mendigo eterno

Hace pocos días, el Vicepresidente de Brasil, General D. Hamilton Mourao, afirmó que “No podemos escapar de las reglas de responsabilidad fiscal, si no el país quiebra y, si el país quiebra, vamos a estar igual que nuestro vecino del sur, igual que Argentina, eterno mendigo”

Más allá de la delicadeza cuartelera exhibida por Don Hamilton, sus incómodas palabras, además de ofender al Gobierno argentino, llegaron a evidenciar en un mensaje claro, el concepto internacional que ha ganado nuestra sociedad a lo largo de las últimas décadas.

Desde el fin del Segundo Gobierno Justicialista en 1955, la deuda argentina hacia el exterior se ha convertido en una danza de negociaciones con el Fondo Monetario Internacional y el Club de Paris, entre otros y ha maniatado una y otra vez a las relaciones exteriores de nuestro país. El que debe a otro, obviamente, es menos soberano de aquel que tiene sus cuentas en orden.

La danza de negociaciones, de políticas económicas dispares y de distintos enfoques sobre lo que significa ser un crónico deudor de los organismos multilaterales de crédito, no han hecho más que incidir negativamente en el desarrollo de la economía argentina.

Si bien nuestra sociedad debió soportar  en materia económica diversos ajustes en estos sesenta y cinco años, el nivel de endeudamiento no paró de crecer una y otra vez, a la sombra de la llamada deuda externa, que ha convertido la imagen argentina en algo miserable.

Paradójicamente, la educación que hemos recibido en las escuelas, es que vivimos en un granero del mundo, en un país rico, en una virtual potencia, etc. etc. Los eslóganes cambian o se repiten pero al final del camino siempre se llega al mismo sitio: más y más deuda, mayor dependencia de que nos presten, para seguir pagando en muchos casos la dilapidación de nuestros esfuerzos, intereses de lo antes pedido o postergación de nuestros compromisos financieros.

La deuda de los argentinos a veces se enjuga con el ajuste  inflacionario, a veces con otro tipo de ajustes como tomar aún más deuda y su evolución va marcando el compás de la declinación de nuestro país. La declinación significa que cada vez somos más pobres.

La mendicidad  institucional argentina ha ido erosionando la propia sociedad puertas adentro. Hace algunas décadas, soy testigo de ello, la mendicidad en la vía pública era muy mal vista, se desconfiaba de ella y su ejercicio estaba circunscripto a las cercanías de las Iglesias o a la mala fama de alguna etnia en particular.

Recordemos, al respecto, que uno de los principales éxitos del cine argentino, fue la famosa cinta de 1947, titulada “Dios se lo pague”, protagonizada por Arturo de Córdova y Zully Moreno. Su argumento escandalizó a la sociedad de su tiempo, ya que se trataba de un millonario de día, y mendigo en la noche. Todo un símbolo de indignidad, inaceptable en aquellos tiempos.

Varias décadas después, hemos normalizado que en las grandes ciudades sea imposible sentarse al aire libre a tomar un café, sin sentir el agobio de bandas de pedigüeños y en los barrios más elegantes de las ciudades, asistimos a la perfecta organización de “mangueros”, que se reparten las calles con perfecta sincronización, utilizando para sus fines a menores de edad.

La mendicidad implica entonces, además de una forma de obtener dinero, un claro ejemplo de la pérdida de dignidad.

Al respecto no se ha visto por parte de los Gobiernos de ningún color político o castrense, una campaña donde anime a la gente a no pedir por la calle, quizás entre otras razones porque las clases dirigentes  se sienten “culposas”, por no haber facilitado las condiciones para la obtención de empleos formales.  Vale la pena recordar que, las regulaciones laborales argentinas conservan su filosofía corporativa desde hace décadas.

Como gran avance social, algún Gobierno, como el del Presidente Duhalde, luego de la crisis del 2001, intento disminuir la mendicidad callejera “privatizando” la recolección de basura de la Ciudad de Buenos Aires, por parte de los grupos más necesitados de la población conurbana. Los célebres “cartoneros” obtuvieron así una salida laboral, insegura, precaria y medieval.

Luego mejoraron las cuentas externas, negociaciones con acreedores mediante, y el Gobierno populista de turno, no tuvo mejor idea que organizar en forma corporativa a una nueva generación de mendigos, subsidiándolos, organizándolos y manipulándolos políticamente, en todos los casos sin recurrir al tradicional concepto de “conseguir un trabajo”.

Así estamos, pidiéndole al mundo para pagar nuestras deudas y aceptando distraídamente que cada vez más gente nos aborde para pedirnos y, si tienen apoyo político, para exigirnos.  Muchos ya han adoptado la mendicidad como elección de vida, abandonando otras opciones.

El Estado argentino ha optado por ejercer externamente, y promover internamente, la mendicidad crónica.

Pensémoslo, e intentemos poner la casa en orden, antes de enojarnos, con cualquier bravucón de turno.

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