No les importa la inflación, la pobreza ni la justicia: solo buscan satisfacer su ego

SE HA CONVERTIDO EN EL PRINCIPAL ATRIBUTO DE ESA ACTIVIDAD

La mezquindad de los políticos de hoy

A pesar de los discursos grandilocuentes, el mundo de estos personajes pasa por cumplir minuciosamente con su hoja de ruta, privilegiando su carrera profesional y usando el cargo actual solo como una transición hacia el siguiente. 

No es que en el pasado esto no haya sucedido, pero será fácil coincidir en que sobran ejemplos de “estadistas” de aquellas épocas que eran capaces de darle prioridad a sus objetivos más loables siempre vinculados con lograr el progreso de la comunidad en la que vivían.

Cualquier generalización puede terminar siendo algo exagerada y nadie podría negar que existen cuantiosas excepciones a esta descripción, pero lamentablemente en estos tiempos diera la sensación de que la grandeza ha desaparecido casi por completo y ha sido desplazada por esta suerte de egocentrismo arrogante, tan alejado del virtuosismo que genera rechazo.

Los políticos contemporáneos han demostrado con creces dónde tienen depositadas sus energías. Es demasiado obvio que todo su esmero está enfocado en escalar posiciones en esa pirámide de poder que tanto los obsesiona.

No les interesa para nada erradicar la pobreza, ni siquiera intentar minimizarla. Hasta habría que asumir que ese esquema de pauperización tan vergonzosamente extendida les resulta completamente funcional a sus intereses de corto plazo y empata con sus talentos proselitistas.

Tampoco les preocupa demasiado la inflación. De hecho, hacen exactamente lo opuesto a lo indicado, a sabiendas de que están cometiendo una mala praxis, pero también conscientes de que hacer lo correcto les limitaría esos recursos que precisan para distribuir discrecionalmente. Ni hablar del tema del desempleo. Entienden perfectamente las normas que deben modificar, pero no tienen el coraje para abordar el asunto como corresponde, ya que siempre evitan pagar cualquier clase de costo político.

No quieren tampoco mejorar el funcionamiento de la Justicia. Ese sistema opaco que sigue vigente es el que exactamente necesitan para llevar adelante sus fechorías con completa impunidad. Si fuera transparente e independiente no les resultaría lo suficientemente útil para manipularlo. Ofrecer una educación o una salud estatal de calidad no está en sus planes. Hacerlo no está en su ADN ni en su misión. Ellos no sufren las consecuencias de un modo directo ya que finalmente terminan enviando a sus hijos a escuelas privadas y se atienden ante la enfermedad en ese puñado de clínicas selectas que pueden costear sin inconvenientes.

Todo esto es muy paradójico porque la inmensa mayoría de ellos se la pasan despotricando contra el individualismo, argumentando sobre lo nefasto que resultan este tipo de personas que solo son capaces de pensar en sí mismas y que no tienen conciencia social alguna. Explican con lujo de detalles las bondades derivadas de ese sentimiento que adolecen, la solidaridad y especialmente predican ese altruismo que les resulta tan ajeno. Recitan siempre que esos valores esenciales permiten que una sociedad moderna se desarrolle dentro del marco de la equidad.

Evidentemente no esperan ser ellos mismos los que aporten algunas de esas cualidades, y confían en que otros deberían hacer lo que, por el momento, no están dispuestos a construir ni a exhibir con solvencia.

En definitiva, se trata de gente bastante cruel que no tiene clemencia alguna por los demás. Podrán decir lo contrario y hasta ofenderse, pero poco importa lo que se dice cuando los hechos se ocupan de aportar elementos irrefutables. Las palabras se las lleva el viento y lo que habla por sí mismo son los hechos tangibles, esos que no aparecen jamás. Las pruebas más aplastantes que corroboran estas críticas a la actitud de los líderes de hoy se pueden ver todos los días en las largas filas que hacen los ciudadanos de a pie para cobrar un salario de empleado público, inscribir un hijo en una escuela oficial o hacerse atender en un nosocomio estatal. Sólo los desalmados tendrían tanta tolerancia con este tipo de humillaciones con las que someten a sus propios “votantes” sin pudor alguno.

La ausencia de empatía es muy elocuente. Los discursos pueden ser maquillados pero la gente toma nota de lo que ocurre a diario. Posiblemente todo esto explica ese enorme desprestigio que ha crecido desde hace décadas y que ha convertido a la política en una mala palabra. No es cuestión de enojarse con el mensajero, ni de transformar a los observadores en enemigos. Sería más fácil hacer algo de autocrítica y empezar por corregir las causas en vez de renegar contra las opiniones discordantes. A estas alturas ya es indudable que no quieren transformar la sociedad ni que se metieron en la política para cambiar la realidad de los más vulnerables. Al menos no es eso lo que dicen sus acciones visibles. Lo que se ve es “show”, un montaje cotidiano repleto de cinismo e hipocresía. No es la idea denostar sin piedad a los que están actualmente en el ruedo, sino invitarlos a reflexionar para que primero revisen lo evidente, y luego logren cambiar su actitud de raíz recuperando la imagen que supieron edificar quienes contribuyeron de gran manera en el pasado, con sus visiones de futuro, a hacer de este territorio un ámbito de oportunidades para todos sus habitantes. Por su parte la gente, tendrá que hacer también su mea culpa, porque no se ha llegado hasta aquí sin su complicidad. Tal vez sea hora de subir la vara, de ser más exigente con quienes se postulan y pedirles lo que hasta aquí no aparece con claridad, un proyecto, un plan, un camino que conduzca hacia ese sueño en el que todos puedan prosperar gracias a su esfuerzo personal.

  • Articulo publicado en El Litoral

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