Los traumas que contagió la pandemia

La cuarentena en nuestras psiquis

El impacto psicológico de la cuarentena es amplio, decisivo y sus efectos se verán en días, meses, incluso años después de concluido el aislamiento.

Estos días que permanecemos, forzada o voluntariamente aislados y fuera de la vida cotidiana que habíamos construido, es una experiencia que ya tiene un lugar en nuestro psiquismo y se manifestará luego, de diferentes maneras, con algunos comportamientos previsibles y otros que nos sorprenderán, pues siempre hay algo que sorprende del comportamiento humano.

Nos enfrentamos a la expansión vertiginosa de un virus que en pocas semanas se convirtió en una amenaza global, nueva y desconocida, sin la experiencia, los elementos, ni el conocimiento suficiente para afrontarlo. Un virus que hizo del contacto humano una operación mortal, que instaló el temor de los unos a los otros, sin que tengamos hasta ahora otro remedio que distanciarnos de nuestros seres queridos y alejarnos lo más posible de las demás personas.

Estamos salvando el cuerpo y está bien hacerlo, pero algo más profundo deja de existir cuando nos desconectamos abruptamente de los seres, de los objetos, de la rutina, del trabajo, de la ciudad y del mundo para encerrarnos en un contexto de cuatro paredes que requiere, hoy, de nuestra mayor capacidad de adaptación para lograrlo, dicho esto en el sentido más darwiniano de la palabra.

Encierro e incertidumbre

La amenaza se expande por el planeta y se encarna en nosotros; necesitamos distanciarnos unos de otros para evitar el contagio del COVID-19, y el aislamiento -único recurso- se convierte así en el experimento de encerrarnos a convivir con el miedo al virus, con la angustia por un mañana plagado de dudas, sin que nadie pueda ni sepa dar una respuesta al trauma. La humanidad está padeciendo la emergencia de nuevas preguntas que no encuentran respuestas, bordeando o cayendo dentro de ese vacío de los significados que daban a cada quien su razón de ser y estar en el mundo.

Sin estar preparados para el impacto, la realidad de la pandemia arrasa de repente nuestras certezas y arrebata nuestros planes en un solo golpe. Esto que estamos viviendo se llama trauma, en el más concreto sentido de la palabra.

De pronto, todo pareciera estar desconfigurado, el mundo detiene su marcha, las personas se aturden, se paralizan, se meten en sus casas con lo imprescindible, hay que sobrevivir al caos, huir de los contagios. Solos o acompañados, entre cuatro paredes, en la ciudad o en el campo, en la pobreza o el lujo, niños, jóvenes o ancianos, sin distinción de razas ni de credos, pueblos y mandatarios, oriente y occidente, sin fronteras y frente al virus, la especie humana se encuentra desamparada.

El efecto tabula rasa

El paisaje surrealista de las calles deshabitadas trae la imagen nostálgica de la gente caminando en la vereda, paseando en las plazas, corriendo en los parques, a los abuelos cargando a sus nietos, los colectivos llenos, el tráfico. Se extraña el arte, la música, la pintura, las canciones, las orquestas, las aglomeraciones, los partidos, los deportes, el club, las juntadas, y se extraña como nunca en esta querida Argentina las rondas de mate y las guitarreadas, los recitales, los bailes, cantar el Himno en la plaza de a cientos y si somos miles, mejor.

Se extraña el trabajo, el oficio, la profesión, la manera en que cada uno se gana la vida, aunque siempre nos quejemos de cuánto tenemos, para todo en este país, que transpirar la camiseta, pero nunca imaginamos que tendríamos que transpirarla solos o que haya que guardarla justo ahora que creemos que hace más falta que nunca ponernos de pie.

­Cómo nos cuesta a nosotros, argentinos, este encierro del que salimos a los balcones y a la puerta de la casa, todas las noches a las 21 para aplaudir y agradecer a las personas que trabajan y arriesgan sus vidas en los hospitales y clínicas, a los científicos que libran una batalla sin tregua contra el virus, a los funcionarios que hacen una labor inteligente, responsable y humanitaria! Hay que ver lo que significa para nosotros, argentinos, esos minutos de encuentro, ese respiro, esa libertad ansiada, la salida breve del encierro compartido que resuena en un aplauso sostenido. Hicimos de estos minutos, un encuentro patriótico, humanitario y jubiloso que enciende una luz de fraternidad y esperanza en los días oscuros del aislamiento.

La ficción del encierro, el desierto de la ciudad tiene una ventana a la vida cada noche de cuarentena cuando se hacen las 21, constatamos que no estamos solos con el miedo, ni solos en la acción más altruista de que somos capaces, puesto que el sacrificio del aislamiento es un bien que cada quien se hace a uno mismo y también lo hace al resto de la humanidad, evitando la propagación del virus.

La recuperación posterior al encierro dependerá del modo que hayamos vivido la cuarentena, esto es, del incentivo moral, de la confianza y del respaldo de los gobiernos, de la calidad de las soluciones presentes y futuras, la vuelta al trabajo, a la escuela, a la vida social, familiar y cotidiana; dependeremos la mayoría de la mutua fraternidad, dependerán los gobiernos y las sociedades del respaldo recíproco y de las naciones entre sí. Si esto no ocurre, el desánimo, la depresión y el agotamiento recaerán en la sociedad y se perderá también el capital humano, que es la fuerza motora, productiva y de mayor progreso de las naciones.

Almas al desnudo

La cuarentena hoy es el menor de los males aunque cueste aceptar que esta pesadilla lo sea, pero lo entendemos pese a que nunca es fácil sufrir y entender a la vez. Acá estamos, la inmensa mayoría de los argentinos haciéndole frente a esto, sí, así como somos, tan emocionales e impulsivos, acatando de una forma increíble medidas muy duras para nuestra natural indisciplina, poniendo la razón y la fraternidad por encima del egoísmo. El acatamiento a las medidas es un acto de libertad y de responsabilidad cívica que no debe confundirse con la obediencia de los rebaños; la sociedad exige el mismo respeto y el mismo respaldo en materia tanto de salud, como económica y de transparencia del Gobierno en presupuestos y gastos.

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Estamos acostumbrándonos a un cambio brutal e inesperado, a la existencia de un peligro de muerte y a la amenaza de que nuestra economía, después de la pandemia será parecida a la de las posguerras.

La sociedad espera muestras de mutua solidaridad y respaldo de parte del Gobierno nacional hacia los argentinos, con gestos, tal como el Papa lo manifestó hace unos días. Basta ver el ejemplo del Gobierno uruguayo que decretó un recorte del 20% el sueldo de los estatales para afrontar el coronavirus para comprobar el efecto positivo que produjo en medio de la tragedia. Los gestos de grandeza o de miseria se grabarán con más fuerza en este tramo de la historia, que ya es un hecho imborrable en nuestras memorias. Cómo no recordar ahora, una frase de Albert Camus en “La peste”: “Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”.

La poscuarentena

Días o meses, incluso años posteriores a este período de encierro, a veces sentiremos malestares, irritabilidad, insomnio, desgano, agotamiento, evitación del contacto, temor latente al contagio y rituales compulsivos de higiene. El psiquismo tiene sus tiempos y su propio ciclo para procesar la cuarentena que es el factor más predictivo de los síntomas del trastorno por estrés agudo.

Es importante tener presente que la cuarentena es transitoria y que puede ser un tiempo fecundo para organizar la vida cotidiana, realizar otros hábitos, nuevos aprendizajes, explorar la creatividad, la recreación, la espiritualidad y la capacidad para reflexionar. Tenemos la libertad de incidir favorablemente en nuestras vidas en este tiempo y en favor de la recuperación poscuarentena.

Después de la pandemia, cuando los fantasmas del trauma regresen con la impresión característica que dejan en el cuerpo, en las emociones y en la mente; del tránsito que hagamos hoy, dependerá que el futuro nos encuentre más humanizados, que hayamos evolucionado y aprendido no sólo a salvarnos los cuerpos, también con una conciencia más amplia y profunda de nosotros mismos, mismos, del mundo, de la naturaleza y de los demás, capaz de hacernos pegar el salto más alto y el más significativo que la humanidad haya podido dar.

Somos protagonistas de un tiempo que nos plantea un nuevo modo de ser y de estar en el mundo.

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