La segunda ola demostró que la pandemia no cede a los decretos de Papá Estado

EL INTERMINABLE DEBATE SOBRE LOS LÍMITES DEL PODER

Los gobiernos y la pandemia

La sociedad enfrenta un dilema que aún no logra resolver. La idea de que el Estado “todo lo puede” se ha puesto a prueba en un momento alarmante y las conclusiones son demoledoramente irrefutables. 

La fantasía de aquellos que creen que los problemas desaparecen delegando potestades a los gobernantes para que ellos se conviertan en una suerte de “mesías” salvador de la humanidad ha quedado demasiado al descubierto.

El coronavirus ha desnudado la incapacidad e ineficacia de esa utopía. Esquivar a esta dolencia es una cuestión muy singular, más vinculada a las conductas personales que a los designios del iluminado de turno.

Cuando se analizan los grandes números del planeta todo resulta más elocuente. A excepción de algunas estadísticas de dudosa reputación queda claro que independientemente de la diversidad cultural, la letalidad y la replicación de la enfermedad se ha comportado dentro de ciertos parámetros internacionales bastante estandarizados.

La visión de que las cuarentenas duras fueron exitosas ha caído en desgracia. No existe ninguna evidencia empírica que lo haya demostrado. Sigue siendo esa una mirada sesgada que patrocina una perspectiva intervencionista sin información científica que lo respalde.

La impotencia frente a lo inmanejable ha hecho que los gobiernos incurran en una simulación que consiste en “hacer como que hacen”. Intentan instalar una agenda en la que las cifras ceden gracias a la acción que implementan siendo que el desempeño del virus ha seguido su propia dinámica de la mano de la indiscutible complicidad ciudadana.

Como suele pasar en otros ámbitos, el Estado poco puede hacer para colaborar con el progreso general. Sin embargo, sus errores pueden generar daños irreversibles y complicar aún más un cuadro originalmente difícil.

La aparición de las segundas y terceras olas plantean un reto gigante. Algunas comunidades lo entendieron y eludieron sus fórmulas fracasadas. El aprendizaje y la inteligencia hicieron su parte, mientras otros no se cansan de insistir con las viejas recetas de las que solo obtendrán nuevas derrotas.

Habrá que decir que muchas veces los gobernantes no son los principales promotores de estas regulaciones. No las ejecutan por capricho, sino para contentar a sus seguidores. Son sus electores los que demandan esas restricciones casi siempre desde un lugar tan egoísta como poco empático.

Es lamentable ver cómo personas que tienen asegurado su sustento y desde posiciones económicas bastante cómodas pretenden encerrar a los demás, a esos que no solo no desean estar confinados, sino que precisan circular para de esa manera garantizar los ingresos de sus familias.

Lo más ruin de esa postura es que apelan al monopolio de la fuerza que administra el Estado para forzar a todos a seguir “sus” criterios haciendo gala de un absoluto autoritarismo y un gran desprecio por la libertad ajena.

No menos cierto es que la mediocre política contemporánea está en su salsa. La especulación electoral hoy es la prioridad. Sacar provecho de la coyuntura y provocar al adversario para que tropiece es ahora la regla.

No existen soluciones mágicas. Nadie puede impedir que el covid-19 se propague redactando leyes. Esa pretensión es no solo una enorme falacia, sino que esconde un cinismo completamente inaceptable.

Decirle a la gente que un decreto las protegerá y que las normas reducirán las muertes es mentir deliberadamente. Los números hablan por sí mismos y desmienten ese tipo de arrogantes afirmaciones. Se trata, al fin y al cabo, de apelar a la sensatez de los habitantes y no a la alquimia gubernamental.

Los defensores del “Estado del bienestar” deberían reclamarle a esos dirigentes que se llenan la boca hablando de solidaridad y del rol indelegable de los gobiernos para que hagan lo que hay que hacer.

Fortalecer el sistema de salud, proveer vacunas, invertir en insumos, apoyar a los trabajadores que “ponen el cuerpo” para dar la batalla en el terreno donde se está librando, debería ser el norte de su brújula.

Sin embargo, han seleccionado el camino más nefasto poniendo excusas al argumentar que el drama es global, justificándose a través del trillado recurso de victimizarse y atacando a los que realmente se sacrifican ejerciendo sus profesiones en la trinchera más peligrosa.

Va siendo hora de reconocerlo. Los individuos son los únicos y verdaderos responsables de sus propias decisiones. A veces aciertan y en otros casos fallan. Los gobiernos no pueden evitar que eso suceda, aunque así lo quisieran, pero podrían contribuir y no convertirse en un escollo adicional.

Los estudios más serios del mundo hablan de la magnitud de los contagios en reuniones sociales y familiares. No es la actividad comercial la que genera la mayor reproducción de casos y, por lo tanto, cualquier disparate que los gobiernos instrumenten no tendrá un enorme impacto positivo.

Si algo quieren hacer para sumar, tal vez deban poner todas sus energías en acelerar el proceso de vacunación, en hacerlo con mayor eficiencia y llegando cuanto antes al destinatario al que se intenta cuidar.

Un sistema hospitalario con más profesionales, mejor entrenados e incondicionalmente apoyados tiene más chance de hacer la diferencia que esos grandilocuentes discursos repletos de soberbia que no ayudan en nada y solo multiplican las angustias y la desesperanza dividiendo a la sociedad.

Artículo publicado en El Litoral

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