La victoria de AfD en Sajonia-Anhalt refleja el malestar de una parte del electorado alemán con la inmigración masiva, la pérdida de identidad nacional y las políticas progresistas, y no puede explicarse mediante una simplista equiparación con el nazismo de 1933.

Ulrich Siegmund, el hombre que ha conducido a AfD a la victoria en Sajonia-Anhalt, no es, pese a lo que insinúan algunos comentaristas, un heredero de aquellos jerarcas del Nacional Socialismo que arrastraron a Alemania al abismo en 1933 con el nombramiento de Adolf Hitler como Canciller del Reich. Esa comparación, además de históricamente torpe, es interesada. Siegmund presenta un proyecto nacional conservador, incómodo para la izquierda europea, que vive en las antípodas ideológicas de ese universo político.
Esa confusión nace de una pereza intelectual que se ha hecho costumbre. Todo lo que supone la defensa de fronteras, de la identidad cultural o de la continuidad histórica lo etiquetan, sin matices, como extremismo. Con ese juego de sombras, algunos periodistas buscan sugerir que AfD es una reedición del viejo partido nazi, olvidando que aquel era un proyecto socialista de Estado, o sea, centralizador, colectivista e intervencionista, alimentado por una maquinaria totalitaria que, en realidad, nada tiene que ver con el ideario de AfD. Estamos frente a un partido de corte nacional y liberal, defensor de la economía de mercado, de la propiedad privada y de la reducción del Estado.
La distancia entre ambos mundos es tan grande que solo la propaganda intenta vincularlos. El socialismo totalitario del siglo XX —el soviético, el camboyano, el cubano y tantos otros— dejó tras de sí un reguero de muerte que superó los cien millones de víctimas, según los recuentos historiográficos más aceptados. Aquello sí fue una maquinaria ideológica que trituró pueblos enteros en nombre de la igualdad. Por el contrario, AfD se mueve en un registro completamente distinto, buscando preservar la cultura alemana y criticando la inmigración descontrolada, en oposición a esa ingeniería social que algunos gobiernos europeos han convertido en dogma. Hoy destruyen buena parte de lo que Europa ha logrado después de siglos y esfuerzo.

Siegmund surge, en este contexto, como un dirigente de estilo sobrio que pretende gestionar el caos. Su discurso apunta a un proyecto de recuperación de lo que denomina la normalidad alemana, frente a la deriva promovida por las élites progresistas de Berlín y Bruselas. Su éxito electoral es natural y se explica por el desprecio hacia el pueblo alemán, la familia tradicional y el orgullo de nación, así como también por la inseguridad creciente. El pueblo percibe la inmigración masiva como una imposición que diluye la identidad y erosiona la cohesión social. La izquierda, en este escenario, ha perdido la capacidad de representar a las clases trabajadoras.
Y, frente a la acusación de genocidas que algunos articulistas deslizan con total ligereza, es evidente que solamente buscan deslegitimar cualquier proyecto político que no comulgue con ese progresismo y su Agenda 2030. Buscan manipular al pueblo diciendo que la defensa de una frontera es equivalente al exterminio y que preservar la cultura es sinónimo de odio. Han convertido la mentira en herramienta política. Aspiran a transformar a AfD —o a cualquier otro partido— en un monstruo moral, mientras silencian los horrores cometidos por regímenes que sí fueron explícitamente socialistas y que sí practicaron la violencia como política de Estado.
Nada tiene que ver, pues, esta defensa de la civilización occidental con los delirios izquierdistas y totalitarios del siglo XX. Ninguno de ellos habla de las alianzas que ciertos sectores de la izquierda mantienen con organizaciones que celebran, justifican o aplauden la violencia. Nada que ver, por ejemplo, con el gobierno español que gobierna con los herederos del terrorismo. Tampoco hablan esos periodistas del grupo terrorista Hamás, responsables de cientos de asesinatos y secuestros, como los del sábado 7 de octubre de 2023. Porque nadie debería olvidar a esos 1.205 israelíes asesinados y a las 251 personas secuestradas y llevadas a Gaza.

Todo esto solamente lo consigue la ambigüedad moral de la izquierda, quienes buscan convertir al agresor en víctima y al asesino en símbolo. Esto explicaría perfectamente por qué AfD crece y por qué muchos ciudadanos observan que la izquierda se ha entregado a causas que no les protegen y que, en realidad, los ponen en verdadero riesgo.
Estimo que Siegmund no es un heredero de aquel 1933, por el contrario estamos ante un síntoma de este año 2026, en donde la sociedad busca orden, paz, identidad y soberanía. Con su victoria no se anuncia un retorno al pasado, sino una reacción al presente y, sobre todo, a las ingratas políticas actuales.



