10/02/2026

La gran feminización de la sociedad

Por primera vez en la historia, las mujeres controlan absolutamente la reproducción humana, dominan cada vez más centros de poder y, según Helene Andrews, están feminizando universidades, empresas, medios y el sistema legal, priorizando empatía y seguridad sobre racionalidad y reglas objetivas. ¿Es esto progreso o amenaza al estado de derecho y la meritocracia?

Por Lucía Santa Cruz. El consenso imperante es que las mujeres siguen sufriendo discriminaciones por parte de los hombres y que deben luchar, incluso con afirmaciones positivas, por una mayor igualdad laboral en el ámbito laboral. Esto, a mi juicio, ha impedido ver la verdadera revolución que se ha producido en la estructura de poder relativa entre hombres y mujeres.

Por primera vez en la historia de la humanidad, son las mujeres las que tienen el control absoluto de la reproducción de la especie humana. Son ellas las que deciden cuándo tener hijos, si es que quieren tenerlos, si conciben uno no deseado, ellas tienen el monopolio de la decisión de abortarlo o no, sin que el progenitor masculino tenga ni voz ni voto. Es más, hoy día las mujeres pueden prescindir totalmente de la participación masculina y concebir a través de donantes anónimos de esperma de largo plazo. Esto es una fuente de poder femenino inconmensurable.

Ha surgido una nueva discusión conceptual respecto a este tema que se ha llamado “la gran feminización de la sociedad”. Por ello se entiende las consecuencias culturales, sociales y políticas del aumento femenino exponencial, especialmente en Estados Unidos, en las universidades, en la empresa, en los medios de comunicación, en la profesión legal y en la mayoría de los centros de poder.

Helene Andrews ha escrito un gran paper que ha causado múltiples y variadas reacciones y controversias, pero que a mi juicio, como todo aquello que desafía lo que damos por sentado e incuestionable, significa un gran aporte para una mejor comprensión de la sociedad en que vivimos.

Según ella, existe una relación ineludible entre esta feminización y el movimiento Woke, y la política de cancelaciones se debe por sobre todo a la aplicación femenina esencial de apelaciones emocionales por sobre la argumentación racional universitaria. Esta feminización cambió la naturaleza esencial de las universidades como lugares que permiten la persecución de la verdad por sobre cualquier otro objetivo y el debate de todas las ideas, por incómodas u ofensivas que sean para algunos, y sobre todo aquellas que desafían el statu quo.

Esto ha llevado a la priorización de lo femenino por sobre lo masculino, de la empatía sobre la racionalidad, de la seguridad sobre el riesgo, del consenso y la cooperación, por sobre la aplicación de reglas objetivas.

Las mujeres tienen una actitud diferente hacia el conflicto, y esto tiene consecuencias como, por ejemplo, que el 71% de los hombres consideran que proteger la libertad de expresión es más importante que preservar una sociedad cohesionada y las mujeres no.

Helene Andrews

El riesgo principal de estos cambios, según la autora, es la feminización del sistema legal y la amenaza para el imperio de la ley. Considera que para el estado de derecho implica aplicar las leyes, incluso cuando contrarían las simpatías de un grupo, y ello no debe depender ni de consideraciones de contexto de algunos, ni de la subjetividad de algunos, no debería estar influenciada por consideraciones de género y debe depender exclusivamente de la evaluación objetiva de las evidencias presentadas.

Ahora, la pregunta fundamental es si efectivamente se ha producido la gran feminización o si es que las mujeres de verdad han ganado sus posiciones en una competencia justa, pues si es el resultado de una ingeniería social artificial que ha inclinado la balanza a favor de las mujeres a través de leyes de antidiscriminación, de cuotas y promociones que de otra forma no habrían obtenido, estaríamos creando un problema grave de legitimidad. Ciertamente no se trata de cerrarles las puertas a las mujeres, sino simplemente de restablecer reglas justas y volver a una meritocracia sustantiva.

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