La curva que también aplasta: angustia, estrés y depresión tras 110 días de encierro

La salud mental, la otra víctima de la cuarentena

La mayor parte de los gobiernos del mundo han elegido los aislamientos preventivos obligatorios como estrategia para combatir el avance del coronavirus, pero ¿Qué pasa con la salud mental? ¿Por qué sólo se escucha a los médicos? ¿Qué hay de nuestra libertad y responsabilidad individual?

El 20 de marzo comenzó la “cuarentena más larga del mundo” en Argentina, en un contexto en el cual la mayor parte de los países del mundo decidieron tomar la decisión de llevar a cabo esta metodología del aislamiento social obligatorio, a causa de la pandemia que tiene al COVID-19 como protagonista. Desde este primer momento, el presidente conformó un equipo de asesores integrado exclusivamente por médicos para combatir el virus. Así, las diferentes restricciones del confinamiento se tomaron, según sus propias palabras, para “cuidar nuestra salud”.

Pero ¿ausencia de enfermedad es estar saludable? ¿solamente los médicos pueden opinar sobre la salud? ¿qué es la salud? La OMS, muy criticada por estas horas, tiene algo que decir al respecto: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”, reza en el Preámbulo de su propia Constitución. Esta definición, por más que estemos de acuerdo en los manejos poco serios de la OMS en estos últimos años, es la más aceptada a nivel mundial y entienden a la salud como algo integral, en palabras de Gavilán, y no sólo como ausencia de enfermedad física.

Las medidas de confinamiento tomadas por el Estado han llevado a suspender varios estudios médicos que las personas tenían programados, suspensión de algunos tratamientos de enfermedades crónicas, limitación de la atención médica sólo para urgencias, prohibición a los médicos de atender en sus consultorios particulares, entre otras cosas. Visto esto, una vez terminado el aislamiento seguramente tengamos que enfrentarnos a un sin número de enfermedades no tratadas correctamente e incluso no descubiertas que acarrearán graves problemas sanitarios. Pero hasta acá solamente hemos hablado de la salud física, ¿qué pasa con la salud mental?

Si bien no se encuentra una definición oficial de salud mental hasta este momento, que está incluida dentro de la definición más amplia de salud antes expuesta, en Argentina rige desde 2010 la Ley Nacional de Salud mental que la define como “un proceso determinado por componentes históricos, socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”. De esta manera, de forma más coloquial, afecta la forma en que pensamos, sentimos y actuamos cuando enfrentamos la vida. También ayuda a determinar cómo manejamos el estrés, nos relacionamos con los demás y tomamos decisiones. Ahora bien, ¿qué pasa con la salud mental cuando nos obligan a estar aislados del resto, encerrados en nuestras casas?

Al respecto son muy interesantes los datos aportados por el Observatorio de Psicología Social de la UBA, que hablan de que un 70% de los argentinos ya experimentaban malestar psicológico con apenas 50 días transcurridos de cuarentena; hoy llevamos más de 100. Un 60% de los argentinos que recibían terapia la abandonaron una vez comenzada la cuarentena, ya que no está incluida como actividad esencial por el gobierno y, en muchos casos, se dificultan las sesiones virtuales (falta de privacidad personal, no tener los ingresos para costearla, incomodidad del paciente, entre otras razones).

A su vez, se incrementó el uso de medicación sin prescripción médica del 10,5% al 13,5%, así como también el consumo de alcohol, del 8,1% al 11,5%.  Asimismo, más del 76% de los encuestados manifiestan que padecen alteraciones del sueño, las más frecuente de ellas son el insomnio y las pesadillas. Por último, otro dato interesante, es que un 80% menciona que su vida sexual empeoró. Todos estos números, según el informe, empeoran conforme avanza la cuarentena.

Según datos obtenidos de entrevistas de diferentes profesionales de la salud mental en los medios, los síntomas más comunes producto del aislamiento obligatorio son la angustia, la ansiedad, el insomnio y la depresión. La cuarentena se presenta como un “stand by”, una puesta en suspenso de la vida cotidiana de las personas. Una suspensión donde el virus aparece como un agente estresor importante, ansiógeno, que combinado con el bombardeo mediático de noticias apocalípticas, afectan en gran medida el aparato psíquico del sujeto. El miedo a ser contagiado y contagiar, irrumpe en la psiquis generando una catarata de pensamientos repetitivos sobre el asunto. Por supuesto que un presidente y sus funcionarios que alertan sobre la significante muerte a cada momento, no ayudan para nada. Un presidente que en un primer momento se burló y ninguneó la angustia de los argentinos y que luego tuvo que hacer eje en sus discursos de esta.

Este “stand by” antes mencionado funciona como catalizador de distintos pensamientos, además de los ya aludidos con respecto al virus, también se convierte en un tiempo de reflexión, que puede ser positivo como martirizante, según la estructura de personalidad y la singularidad del sujeto.

La mayor parte de la población se encuentra en un proceso de duelo de los planes que elaboró para este 2020 tales como negocios, viajes, nuevas actividades, entre otros proyectos. Es un tiempo donde reina la imprevisibilidad, la incertidumbre, el no poder proyectar un futuro porque nadie sabe cuándo se va a terminar un aislamiento que parece interminable ni qué va a pasar cuando efectivamente finalice. ¿Qué es eso de la nueva normalidad? ¿Tendremos que vivir aislados, en desconfianza con el otro? ¿Vamos a poder juntarnos con amigos como antes, salir a comer o a un boliche? Forman parte de algunas de las preguntas que todos nos hacemos.

A todo esto, se le suma los pensamientos cuya génesis se encuentra en la variable económica. No hay dicotomía tal entre salud y economía, con respecto a la salud mental, la ansiedad o depresión generada por la incertidumbre laboral y de la propia economía familiar o individual constituye un vehículo de varios malestares psíquicos.

El encierro ha sido investigado anteriormente en relación a las privaciones ilegales de la libertad o en los efectos que genera este cuando se trata de sujetos institucionalizados en establecimientos psiquiátricos de régimen cerrado o en prisión. Si bien el contexto actual es diferente, algunos de estos resultados pueden extrapolarse al confinamiento por el covid. Por ejemplo, en las instituciones antes mencionadas, suelen observarse fenómenos de regresión psíquica producto del encierro, que en el aislamiento preventivo y obligatorio se puede detectar en los niños que ya han adquirido el control de esfínteres pero que vuelven a orinarse en la cama.

Si el aislamiento social obligatorio decretado tuvo alguna utilidad, está claro que a esta altura ya genera más problemas que los que previene. Se avecina una crisis social, sanitaria y económica muy fuerte. El Estado en el lugar del Padre que brinda protección constituye ya una mirada retrógrada que nos atrasa un siglo. El Estado hoy debe ocupar otro lugar, brindar la información necesaria para que los propios individuos puedan hacerse cargo de su propio cuidado. Fomentar la responsabilidad individual creando sociedades maduras que pueden enfrentar con una mayor resiliencia tanto las crisis sanitarias como las catástrofes naturales, entre otros sucesos con potencialidad traumática.

 Por último, me gustaría finalizar con una serie de recomendaciones aportadas por los especialistas en salud mental. Es importante entender que la angustia es un fenómeno universalizado por la pandemia, todos estamos en menor o mayor medida angustiados. Esto explica los cambios de humor repentinos, y otras manifestaciones de esta. Es un momento en el que es normal sentirse un poco mal y aceptarlo. Tengamos paciencia y tolerancia con uno mismo y con el otro. También es importante el poder seguir con la vida diaria lo más normal que se pueda: armarse rutinas, respetar los días de semana como días de trabajo y estudio, y los fines de semana como días de descanso y ocio. Poder darse tiempos de dispersión durante el día, no sobre-informarse sobre la situación del coronavirus, estar en contacto con familiares y amigos a través de las herramientas que nos provee la tecnología, son algunas de las recomendaciones en las que coinciden la mayor parte de los profesionales.

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