Entre el lodo y el moho: ¿y si la que “no sale viva” es la democracia?

La detención del periodista cordobés Eduardo Prestofelippo tiene ese tufillo que suelen tener las habitaciones vacías, herrumbradas y viejas: esa mezcla de moho y encierro que obliga a fruncir el ceño cuando se llega a ellas. Es que la situación parece una foto sepia del peor pasado de la Argentina: cerraduras violentadas, declaraciones casi forzadas en comisarías, “operativos” policiales, incautación de celulares, instaurar el miedo, propagar el silencio, “servir” de ejemplo para que otros aprendan a callar a tiempo.

La justicia federal ordenó la detención de Prestofelippo por “resistencia a la autoridad y desobediencia en flagrancia”. Está acusado de “amenazas” e “incitación al odio y la violencia” aunque la denuncia del abogado de Cristina Kirchner, Gregorio Dalbón, fue la motivación principal para acelerar el allanamiento a su domicilio y la detención del periodista.

La crónica dice que el periodista se negó a un allanamiento en su domicilio -donde se le pensaba secuestrar celulares y otros soportes tecnológicos- y que la fuerza policial irrumpió a los golpes y con cerrajeros a su domicilio. Que lo llevaron a la comisaría a declarar y que aún está ahí, considerado un delincuente, tras las rejas. Prestofelippo había dicho, también apelando a la violencia -en este caso verbal- que la vicepresidente “no iba a salir viva” de un eventual estallido social.

Los atenuantes vendrían después (aclaró que se refería a “viva” en términos políticos, no vitales) pero el daño (para él y para la opinión pública K) ya estaba hecho. La reacción a la detención de “El Presto” fue inmediata: las redes desbordaron mensajes con las etiquetas #liberenalpresto, #escandalo, #A24Prestofelippo durante 24 horas ininterrumpidas. Se convocó a una marcha de repudio en Patio Olmos, epicentro anticuarentena de los cordobeses. Desde la página change.org se instó a firmar por su liberación, hubo transmisión en directo en Youtube e Instagram para que no se acallen las voces disidentes y la comunidad liberal, en una inusitada e inmediata armonía, se unió para defender al influyente periodista.

Ese contraste fue abrumador. El “moho” de prácticas vetustas y oxidadas del pasado chocó de frente con la reacción tuitera propia de estos tiempos. No hay forma de poner en calabozos “físicos” a los millares de voces digitales que piden libertad.

En un punto, las redes desatan, paradójicamente, los que desde el ejercicio del poder pretenden anudar.

Cuesta entender que la libertad de expresión ya no puede silenciarse aunque encarcelen sus voces. Hay recursos más modernos para no escuchar lo que no se quiere oír. Si no quiero escuchar a El Presto -o a quien sea- mi “inquisición digital” me permite silenciar, bloquear, no seguir y borrar sus comentarios. Palabras bastante duras de por sí, pero que en la virtualidad ejercen el rol del criterio propio.

Pero cuando un gobierno -o una forma de ver la política o de ejercer el poder- recurre a métodos de la época de las sanguijuelas y la sangría, no hay razonamiento posible. Ese empecinamiento en “ir por todo”, en creer que un “castigo ejemplar” disciplina la tropa y la somete, en elegir mirar siempre el lado oscuro del futuro, recortando derechos.

Cada vez que una noticia como la detención de “El Presto” gana los diarios y las redes, Argentina está un poquito más cerca de la Venezuela de Chávez. Más cerca del moho, de la tragedia política, de la extinción como república. En algunos temas nos rozamos peligrosamente, como en la manipulación intelectual de querer convencer a los argentinos de que la reforma judicial busca más justicia cuando es todo un ardid burocrático para proteger a la vicepresidente. En otros, la cercanía es más sutil, como cuando se intenta acallar a un opositor que -digamoslo- carga sus mensajes con una agresividad desmedida para lo que la República necesita.

Entre una habitación vacía y oscura, silenciada a la fuerza y la hiperventilada verborragia de un opositor, siempre es mejor lo segundo. Ejercer la libertad de no escucharlo (o leerlo, o seguirlo, o “likearlo”) es una elección mucho más saludable que acallarlo tras las rejas. Lo primero es un acto de libertad individual. Lo segundo es temerario: la que puede no “salir viva” es la democracia

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