El encuentro distendió las tensiones comerciales y evitó un choque militar inmediato entre las potencias, pero dejó intactas las disputas estratégicas, tecnológicas y regionales. Para Argentina, esto reabre el dilema central de su política exterior: cómo equilibrar el alineamiento ideológico y militar con Estados Unidos sin sacrificar los intereses económicos vitales con China.

El dato más relevante de la cumbre entre Donald Trump y Xi-Jimping fue la consolidación de un duopolio de poder, en un orden mundial en plena reconfiguración. Estados Unidos le reconoció tácitamente a China un estatus de par.
El encuentro sirvió para distender el vínculo, tras la escalada previa en la guerra comercial. Y para establecer un canal de diálogo directo entre ambos líderes. Se reactivará formalmente en una nueva reunión; esta vez, en Estados Unidos, en el último trimestre del año. Los expertos en seguridad internacional consideraron clave la cumbre para mitigar los riesgos de un eventual accidente militar directo, en un escenario de alta volatilidad.
No resolvió, sin embargo, los reclamos cruzados de las partes. China no se comprometió a medidas coercitivas para forzar a su aliado Irán a aceptar un acuerdo de paz. Era la urgencia de Trump. La guerra y el encarecimiento de los combustibles, que aceleró la inflación interna, derrumbaron su popularidad en un año electoral. Xi apenas hizo una declaración genérica sobre la necesidad de la paz y de normalizar el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. Trump evitó decir si concretará la venta de armas pendiente a Taiwán, por 14.000 millones de dólares, un reclamo concreto de Beijing. En todo, caso, la ambigüedad del jefe de la Casa Blanca no conformó a Xi, ni al liderazgo aliado de la isla, cuya soberanía sigue reclamando la China continental.
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Los dos días de conversaciones al máximo nivel tampoco despejaron ninguno de los factores que alimentan la desconfianza mutua entre dos superpotencias que se disputan la supremacía global. Ni las tensiones que provoca el rearme en el pacífico, como señalamos a propósito del conflicto de Taiwán. Ni las restricciones mutuas en la competencia tecnológica. Las que limitan el acceso chino a los microchips estadounidenses más sofisticados que se utilizan en el desarrollo de la inteligencia artificial. Y las que dificultan el abastecimiento norteamericano de tierras raras, un insumo clave de la tecnología en el que China tiene preeminencia.
El resultado es el inicio de una “coexistencia competitiva armada”, según la definición de la revista estadounidense Foreing Affairs, una de las publicaciones especializadas en política internacional y estrategia más prestigiosas del mundo. Las superpotencias –sostiene– han aprendido a regular el tono de sus hostilidades para evitar una guerra abierta. Pero “la competencia de fondo por determinar quién liderará el orden internacional del siglo XXI sigue estando completamente abierta y sin resolución”.

Ese contexto renueva un dilema clave para la política exterior y económica del gobierno argentino: cómo administrar el alineamiento político con la hegemonía declinante de Estados Unidos y los relevantes intereses en juego con la superpotencia emergente. China es el segundo destino de nuestras exportaciones, y el segundo proveedor de bienes importados. En ambos casos, detrás de Brasil. Estados Unidos es el principal inversor extranjero en Argentina. Un socio ideológico afín al gobierno libertario. Y un aliado militar privilegiado.
El gobierno argentino sostuvo una generosa apertura a las importaciones chinas, contrariando las demandas de Estados Unidos. Pero acotó los proyectos chinos en área s claves de infraestructura: la construcción de un pierto de aguas profundas en Tierra del Fuego, de una central nuclear en la provincia de Buenos Aires y en la licitación de la Hidrovía Paraná-Paraguay, por donde transita el 75% de las exportaciones argentinas.
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La novedad más significativa se conoció en los últimos días. Argentina vino achicando en silencio la deuda por 5.000 millones de dólares producto de la activación de un tramo del swap por 18.000 millones entre ambos países. De la contabilidad del Banco Central surge que, tras varias amortizaciones previas, la deuda pendiente, que vence en junio, se redujo a 625 millones de dólares. La desactivación de ese compromiso fue, en su momento, un pedido explícito y público del secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent.
Queda pendiente un capítulo más complejo: avanzar en la desinversión china en las áreas de minerales críticos. Un objetivo al que se comprometió argentina en el acuerdo minero bilateral firmado en 2025 con Estados Unidos. La demora de Javier Milei en confirmar su anunciado viaje a China, acordado en la cumbre del G-20 con Xi-Jimping, no sería ajena a esa agenda. Tampoco el viaje del asesor presidencial Santiago Caputo a Washington, invitado por el secretario de Estado Marco Rubio.



