El día después del banderazo del #17A: ¿y ahora qué?

Hartos. Si hay una palabra que no tiene grietas es esa. El primer semestre del gobierno de Alberto Fernández los argentinos lo pasaron encerrados. Y el segundo, todavía está en veremos. Los pronósticos económicos son todos pesimistas y lo único que crece es la cantidad de contagiados y no hay discusión sobre que hay superávit de restricciones.

El banderazo del #17A tuvo múltiples consignas: anticuarentena, anti gobierno, no a la reforma judicial, no a las restricciones para circular, no a no poder elegir qué vacuna usar, no a miles de razones. Todas válidas, porque el derecho a decir y pensar no está en discusión.

Además, el hartazgo provoca eso: los niveles de intolerancia se achican hasta transformarse en críticas furibundas a todo. Porque el hastío genera impotencia y esa impotencia se traduce en gritos desesperados: más justicia, más respeto a los derechos individuales, menos control, menos restricciones, más conciencia. Más libertad, en definitiva.

Y se pide a cualquier precio, porque muchos de los que marcharon ayer tenían la espada de Damocles en sus espaldas recordándoles que estaban expuestos en forma directa al COVID-19. Y si hay algo que todos deben asumir es que el virus es imprevisible y, como la suerte que es loca, al que le toca, le toca.

La marcha de ayer irrumpió en medio de los peores números de contagio. No importa si se “cree” o no en los números, si los testeos no son suficientes o si las camas de terapia intensiva alcanzan o no. La realidad es que el coronavirus está entre nosotros y se desparrama impúdicamente por toda la Argentina. Incluso, entre los manifestantes.

El día después de la marcha dejó lecturas diferentes, claro, según quien las haga. Algunos dirigentes dicen que fue “el mayor banderazo de la historia en contra del gobierno nacional” y otros prefirieron tomar distancia y no apoyar explícitamente la marcha, pese a que están en contra de la cuarentena. Otros, horrorizados, miraban desde las ventanas (de sus casas o de sus pantallas) cómo se exponían voluntariamente a un contagio masivo, culpándolos de todos los males presentes y futuros.

Y son “bandos” opositores al gobierno de Fernández. El analista Jorge Giaccobe señaló que el 45% por ciento de la población está en desacuerdo con la cuarentena, la misma cifra que indica que quiere que el gobierno de Alberto Fernández pierda los comicios el año próximo.

La economía sí que está en el top ten de las preocupaciones de todos, opositores y oficialistas. Los números no cierran ni a presión y los especialistas hablan de estadísticas que asustan más que la propagación de un virus mutante y mortal.

Sin ir más lejos, la economista Natalia Motyl sacó una radiografía de la Argentina económica y la imagen mostró un cáncer avanzado: La población desocupada se incrementaría en 18 millones, con una tasa de desempleo de 13%, el menor crecimiento económico de los últimos cincuenta años y Latinoamerica contará más pobres en todo lo largo y lo ancho de su territorio: casi el 40% no llegará a satisfacer sus necesidades vitales.

Ese es el hartazgo que se gritó ayer. Esa es la catarsis necesaria.

La pregunta que queda es ¿qué sucede el día después?

Nada. Sigue la cuarentena eterna. No hay autocrítica, no hay lecturas objetivas, no hay replanteos. Sí hay más odios, más enfrentamientos, más hartazgo.

Y en quince días, posiblemente, más contagiados.

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