Cómo transformar un cascotazo verbal en un disenso constructivo, una tarea urgente

Disenso le dicen. Disenso es la palabra que eligen para darle nombre a ese intercambio de “falacias, etiquetas, insultos y chicaneos” que políticos de uno y otro lado se tiran en los debates, sobre todo si son televisados. “Solo parecemos registrar cuán soez y chabacano resulta el discurso dominante cuando se nos expone a una mirada internacional y las bajezas nos catapultan a primera plana en medios extranjeros. Ahí de repente todavía nos reencontramos con un resto de pudor, a mi juicio, último bastión para empezar a pensar en subir aunque sea de a un escaloncito el nivel del debate“, analiza Alba Pérez Romero.

La abogada y académica, justamente, comenzará una serie de cursos en el Instituto Amagi y el primero de ellos será “El poder del disenso”. “Desafortunadamente, los debates locales no superan la altura de un vuelo rasante”, considera Pérez Romero. ¿Quién subestima a quién? ¿Por qué no se puede disentir con argumentos y se recurre a la chicana, que es una herramienta que rompe y no construye?

“Uno pone la televisión en países europeos, por ejemplo, y se queda boquiabierto ante el nivel, no solo lingüístico, sino conceptual que se maneja, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un medio masivo. Y si pensamos que los productores europeos dependen en igual medida que los locales de que la gente mire sus programas para sobrevivir, el alto nivel general de los debates indica que el público está en condiciones de comprender y procesar mensajes mucho más complejos que los que pululan en nuestro entorno doméstico”.

“Disentir” finalmente, es sentir diferente. No es tan grave. Sin embargo, es necesario hacer un curso para entenderlo. Con el aval de la Fundación Naumann, el mismo forma parte de una serie de clases donde se debatirán temas centrales de la vida política: el disenso, el debate, el arte de difundir ideas. Contribuir, de esa forma, a que la grieta no se cierre tirándole “piedras” semánticas, sino dándole solidez y contundencia a proyectos superadores. Menuda tarea para una sociedad que recibe “cascotazos” verbales en todas sus variables pero, sobre todo, a través de las redes sociales.

– ¿Quién tendría que asistir a “El poder del disenso”? ¿Los políticos o los votantes?

Ambos”, afirma categóricamente Alba Pérez Romero. “O mejor dicho, todos. Porque salvo que hayamos abdicado ovejunamente de nuestras convicciones en el altar de las mayorías, a las cuales habríamos sacrificado nuestra personalidad y nuestro pensamiento, es evidente que si somos individuos en algún momento vamos a querer disentir.

¿Qué sucede si, como sociedad, no aceptamos el disenso?

– Necesitamos ser conscientes de hasta qué punto podemos sentirnos presionados, y saber cuáles son los riesgos -sobre todo psicológicos- que corremos, desde el ridículo hasta el ostracismo, pero también precisamos conocer cuáles son las alternativas con las que contamos para no tener que someternos agachando la cabeza sin más, o peor aún, terminar tratando de “autoconvencernos” de que aquello que alguna vez nos hacía ruido en el alma es en realidad “lo correcto” porque no soportamos la disonancia cognitiva.

Aprender a disentir es aprender a ser fieles a nuestras convicciones, lo cual es ser fieles a nuestra propia identidad. Y puede que por el camino vayamos ganando adeptos y cosechando adhesiones impensadas, en un efecto multiplicador.


Pero como todo proceso, no se adquiere de un día para el otro. Disentir es una tarea tan ciclópea y abarcativa como la educar. “Si vamos a las bases, precisamos desde ya un giro de 180 grados en el sistema educativo, liberándolo de la contaminación intrínseca producida por las garras estatales en los contenidos, sea cual sea el tipo de institución que los imparta. Por lo demás, en lo inmediato, y desde nosotros mismos, podemos empezar a revertirlo darnos cuenta de cuando simplemente alguien “nos quiere llevar al fango” y en ese momento hacer un alto y trazar la línea entre lo que puede ser una verbalización apasionada y convencida (nuestra o del interlocutor) de lo que es mera agresión (de nuevo, nuestra o del interlocutor). Adquirir una especie de “cajita de herramientas” de nociones y destrezas que nos ayuden a desarticular con rapidez argumentaciones inválidas y meros palabreríos cargados de valor también constituiría a mi juicio un mecanismo de cierta utilidad”, afirma.

-¿Qué herramienta es vital para construir un buen disenso?

  • Honestidad
  • lealtad
  • fundamentación

Esos factores enumera la académica, aunque no son los únicos. La pasión y la convicción son otros dos aliados indispensables para disentir. “Excluyo la agresión, el toreo prepotente, la chicana fácil”. Es obvio, aunque -paradójicamente- son las más usadas sobre todo en el discurso político.

Disentir es saludable. Enriquece la mirada, estimula el intelecto, enriquece la información, amplía el espectro de alternativas que consideramos y ayuda a tomar mejores decisiones”, enumera Alba.

No se trata de tolerar ni de permitir. Se trata de dar la bienvenida y abrazarlo si es -en primer lugar- intelectualmente honesto y luego, si se expresa de modo adecuado, sin ‘tonitos’ , ironías, sarcasmos ni agresiones gratuitas”.

Las redes sociales, transformadas muchas veces en cloacas lingüísticas, no resisten un archivo. “So pretexto de expresar disenso lo que se encuentra es un campo de batalla para un despliegue desbordado de expresiones airadas e hirientes que no tenemos por qué soportar ni habilitar”

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