¿Adónde está la república democrática que no la podemos encontrar?

Sobre los políticos, las instituciones y la República democrática argentina

El término que termina con el título de este ensayo es proveniente de Montesquieu, de su Espíritu de las Leyes (1748), y plantea una forma ideal de democracia bajo un régimen moderado el cuál debe su sustancia y esencia a lo que él conocía como la virtud.

Cotidiano es escuchar que en las democracias el pueblo es soberano, que el legislativo, en representación de ese soberano sanciona leyes, idealmente, en pro del bien común. Sin embargo, no escuchamos cotidianamente sobre la virtud en la democracia, aquello que para nuestro autor era el motor de la vida en esta forma republicana, era aquello que propiciaba el buen funcionamiento de sus instituciones y permitía a sus individuos vivir en libertad

¿Qué implica ser un ciudadano virtuoso para Montesquieu? ¿Qué implica que esta virtud sea aquella que mueve las pasiones en la República democrática?

El amor a la patria y a la igualdad son los pilares básicos de este concepto, pero ¿Hace alusión nuestro autor al nacionalismo? ¿A la igualdad al estilo marxista? ¿O se encamina hacia Liberte, Egalite y Fraternite?

Vemos aquí cómo el verdadero amor por la patria no involucra el odio a otras patrias, involucra el servicio público, el respeto por las leyes, la vida política activa, el respeto por el prójimo y su proyecto de vida, así como sus opiniones; sobre esto se basa la igualdad, sobre la igualdad ante la ley, sus juicios imparciales, firmes y justos, la igualdad de derechos políticos, sin privilegios ni favoritismos, la igualdad de opiniones que está fundamentada en la libertad de opinar así como de disentir. La virtud es por tanto el respeto de la libertad y la igualdad para con los individuos, así como el respeto por el sano funcionamiento de las instituciones nacionales, propiciando el bienestar de la República sobre las privatizaciones de lo público. La virtud es ser buen ciudadano y buen gobernante, saber ser soberano y representante del soberano. ¿Hemos cumplido los argentinos con esta consigna de Montesquieu? Dejaré aquí que el lector juzgue la respuesta que más conveniente crea.

Continuemos un poco más en esta línea, planteando un segundo concepto que Montesquieu considera a su vez una República, la aristocrática. La estructuración de esta forma moderada se basa idealmente en la soberanía en pocas manos, es una parte del pueblo la que elige a ‘los mejores’. Aquí es donde tomaré una licencia que me da el autor y diré que las democracias actuales tienden a parecerse a las Repúblicas aristocráticas debido a que la ciudadanía participa en las decisiones eligiendo a quienes cree ‘los mejores’ para el cargo. La salvedad teórica que permite Montesquieu es que estas aristocracias serán ‘mejores’ a medida que estas se acerquen más a la democracia para convertirse en una Gran República y encauzar a todo el pueblo hacia estas vías eleccionarias.

El porqué de asumir este riesgo teórico se debe a que claro está que en nuestras instituciones lejos están nuestros representantes de ser iguales a nosotros; estos tienen claros privilegios, sean estos buenos o no, derivados de su poder y capacidad de influencia, así como prestigio y reconocimiento. Teniendo este pensamiento de ‘casta’, es que quiero considerar a nuestra democracia más como una aristocracia. Ahora bien, volviendo al autor, el alma de esta forma de gobierno se basa en la virtud tal como fue explicada antes, salvo que en este caso buscamos virtuosidad en estos ‘mejores’. El pueblo, súbdito de una forma u otra de este sistema, está contenido por un marco legal y normativo que le permite vivir en libertad y ser parte de la vida política, pero sin el máximo grado de involucramiento (Siendo este la República democrática). Sobre esta base encontramos que, para prevenir los abusos del privilegio y el poder, los representantes, conscientes de la virtud que han de encarnar, deben sentirse en pie de igualdad con el pueblo. La psicología social de esta ‘casta’ debe funcionar de forma tal que no se consideren más que los ciudadanos debajo de ellos, sino que, como sus iguales, que hablan por ellos y buscan sus mejores intereses; vemos aquí que, para nuestro autor, la soberbia es pecado, por lo que la moderación es virtud. La moderación de las pasiones y del ego guiará a ‘los mejores’ al ‘mejor’ gobierno posible. ¿Ha cumplido la ‘casta’ de nuestros representantes con este principio? Una vez más dejaré que el lector responda de forma conveniente.

Quiero ahora desarrollar una idea complementaria a nuestro autor pero que, contendrá tanto una salvedad cómo una teorización similar. Dejando por un momento El espíritu de las Leyes (1748), quiero avanzar unos doscientos cincuenta años hasta la publicación de Democracia Delegativa (2011) de Guillermo O’Donnell. En el escrito contemporáneo el autor plantea que los populismos actuales, al carecer de una serie de controles internos al poder y por fuera del poder, propician el surgir de estas democracias donde el líder apuesta todo a la consecución del control total del aparato estatal. De una forma u otra, y aquí es donde haré mi salvedad teórica, el presidente se vuelve monarca debido a que este tiene el control del poder ejecutivo, que le es asignado al cargo mediante la elección; el poder legislativo, que pasa a ser una escribanía del ejecutivo; y el poder judicial, que se ve sometido debido a que el nombramiento de sus más altos jueces viene de la cámara alta del legislativo. El presidente asume la suma del poder público con un marco de normas y leyes preexistentes; una monarquía moderna. Volviendo a Montesquieu, la tercera forma de gobierno moderada era la Monarquía, la cual estructuraba su soberanía de forma unipersonal (El Rey) con una serie de poderes intermedios, siendo estos grupos de presión, que le hacían de contra balance y generaba una fluidez del poder, así como la limitación de la concentración del mismo. Podemos decir, que el Rey en una Monarquía era un Primus inter pares, con un depósito de leyes preexistentes. Dentro de esta forma, no vemos la virtud ni la moderación del monarca, sino que ésta es reemplazada por el honor. Este inspira las más bellas acciones en la base de los prejuicios individuales derivando en las mismas consecuencias virtuosas de gobierno. Es, sobre esta base del honor, que la ambición de los cuerpos intermedios da vida y limita la concentración del poder, ayudando al bienestar general de la sociedad.

Quiero desarrollar la última forma de gobierno en el Espíritu de las Leyes. El Despotismo es para Montesquieu una forma de gobierno corrupta y maliciosa; su estructuración se basa en la soberanía total a manos del tirano, su capricho es ley y todos están a su merced. No existe un Primus inter pares, es un Absolutum inter subditi. Ahora bien, considerando al pueblo como la tierra bajo sus pies, el déspota ha de mantener el terror sobre su reinado, más aún sobre sus ministros y allegados, la virtud es innecesaria en todas sus formas debido a la inexistencia de política practicable y el honor es peligroso, ya que propicia la pérdida de miedo y el levantamiento en contra del déspota. Ante la falta de terror, el pueblo es preso de los intereses particulares y carece de toda defensa contra la corrupción y la apropiación.

Tomando la igualación entre un presidente de una Democracia Delegativa, y un monarca de una Monarquía o un déspota de un Despotismo, tomando estas teorizaciones de O’Donnell y de Montesquieu podemos preguntar ¿Se puede comparar el uno con el otro? ¿Vemos honradez en las acciones de los caudillos o meramente terror y desdicha? ¿Podemos encontrar un Primus inter pares o prima el Absolutum inter subditi? ¿Hasta dónde llega la encarnación del poder de un caudillo? ¿Es el populista un defensor del pueblo por sobre intereses particulares o un defensor de los intereses particulares por sobre el pueblo? El lector responderá convenientemente a estas interrogantes, sin embargo, haré uso de la libertad que plantea Montesquieu y daré una reflexión al respecto.

La libertad para Montesquieu es un concepto con muchas derivaciones. El mismo puede implicar tanto la libertad de los individuos y sus derechos individuales, como la libertad del pueblo a sufragar; a su vez, esta libertad puede tener un aditivo que le da un significado extra, libertad política. Esta clase de libertad es aquella planteada en la República democrática, es la que apela a la limitación del poder con el poder para prevenir la tiranía y el absolutismo, mientras que apela a la división y a la igualdad de los tres poderes en la República.

Esta a su vez enmarca el comportamiento ciudadano dentro de las leyes, generando una expectativa de seguridad y tranquilidad en la sociedad, siempre y cuando el marco institucional se lo permita. Esta libertad es la que hoy carece la Argentina. Discusiones podrán ser planteadas sobre la naturaleza y principio del gobierno de turno, sobre si atienden al despotismo, monarquismo, a la democracia o a la aristocracia, lo que seguro está es que se ha perdido la tranquilidad institucional y la experiencia de la libertad política. La injerencia de un poder sobre otro es constante, se busca regular y privar de capacidad de acción para prevenir que se revelen las peores desdichas cometidas desde el bien público por excelencia, el Estado. Se ha perdido la expectativa de un futuro cierto, se ha perturbado la tranquilidad del espíritu social, siempre enervado por las pasiones derivadas de la enemistad en el griterío público. Griterío porque debate ya no existe, se ha eliminado de raíz la seguridad de la opinión y la opinión en la seguridad pública. Se ha perdido la confianza en la ley y en las penas que deberían pesar sobre los que delinquen. Se ha perdido el sentido de patria, no se conocen más que bandos, pueblos y anti – pueblos, amigos y enemigos. Se ha perdido el respeto en sociedad y a la sociedad como cuerpo civil; abundan a diestra y siniestra privilegios e intereses particulares, privatizando la bondad pública en detrimento de la civilidad, privatizando la estima pública en detrimento del respeto mutuo. Se ha perdido la libertad política, hemos perdido la esencia de nuestra civilidad e institucionalidad, hemos perdido nuestra República.

Dejo al lector el siguiente interrogante para que responda como crea conveniente, ¿Seremos capaces de recuperarla?

Articulo publicado en Club de la Libertad

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