El control de precios de Diocleciano, el edicto que derrumbó el imperio romano

Mantener un imperio nunca fue barato.

Las cuentas del Estado eran tremendas: los emperadores tenían que pagar a los soldados y a los votantes que elegían ciertos magistrados. Además, construir, mantener y hacer funcionar fastuosas obras y servicios públicos, de puentes y caminos hasta baños y circos en todo el dilatado imperio, además de mantener a raya a los enemigos y controlar aliados en sus dilatadas fronteras, todas y cada una, eran políticas costosas. En el año 300, Diocleciano se agarraba la cabeza cada vez que tenía que pagar los costes de la carne, el grano, la cerveza o las salchichas que consumían la tropa del imperio romano. Ni hablar del precio de la seda púrpura que, como se trataba de un colorante rojo vivo extraído de una serie de moluscos que segregan un jugo de ese tono, era carísimo. O sea, era un producto muy deseado y escaso, dos condiciones que elevaban el precio de mercado.

La cuestión fue que, en el siglo III, la moneda romana valía menos que el peso argentino del siglo XXI. A cada emperador se le había ocurrido la idea de acuñar su propia moneda para devaluar su valor metálico y, así, obtener efectivo. La devaluación empezó a hacer más estragos que la guerra. Había monedas de distintos nombres, acuñadas de distintas formas, cotizaciones y colores, tantas que todavía aparecen. A partir del denario, Diocleciano decidió crear un sistema basado en las monedas de plata y sus derivados. El sistema impositivo creado para estabilizar la moneda fue engorroso y, por supuesto, fracasó cuando le dio el golpe de gracia: el control de precios para más de 1300 productos.

El “Precius Cuidadus” de Diocleciano es historia antigua. Como todos los intentos de los Estados para contener la inflación que creó el mismo Estado. Pero el emperador estaba obstinado en “matar” la inflación a machetazos de precios máximos: solo se rindió cuando se dio cuenta que la economía del imperio romano quedó tan debilitada que terminaría por sucumbir a su reinado.

El Edicto sobre Precios Máximos, también conocido como el Edicto sobre Precios o el Edicto de Diocleciano (en latínEdictum De Pretiis Rerum Venalium) fue una norma promulgada en el año 301. ​ Los primeros dos tercios del Edicto doblaron el valor de las monedas de cobre y de bronce, y establecieron la pena capital contra los especuladores, a los que culpaba de la inflación y a los que comparaba con los bárbaros que amenazaban el imperio. Se prohibió que los mercaderes llevasen sus productos a otros mercados en los que pudieran vender a precios más altos, y el coste del transporte no podría utilizarse como excusa para incrementar el precio final de los bienes.

Diocleciano no quiso entender razones. La gigantesca emisión y el aumento de precios resultaron imparables y socavó el imperio a fuerza de regulaciones, controles, privilegios y otras prohibiciones que -en la Antiguedad como en la modernidad- nunca sirvieron más que para reforzar un populismo atroz.

Diocleciano prohibió a los campesinos que dejaran de sembrar para que no haya escasez de trigo. También prohibió a los hijos de los campesinos que dejaran de ser campesinos. Sembró semillas de control y cosechó la maleza del feudalismo. Y como veía que nada detenía la inflación, impuso la pena de muerte para el que violara el control de precios. Pero fracasó.

La escasez, la carestía y el derrumbe fueron inevitables. La inflación no le teme a los emperadores, presidentes ni reyes. Diocleciano pagó caro su edicto de precios máximos. Pero al menos podía decir que no leyó el diario del lunes. Ninguno de los políticos populistas del siglo XXI podrá argumentar esa excusa.

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