El mayor flujo de divisas formales desde el sector petrolero ha aliviado la presión cambiaria frente al bolívar de forma estructural, reduciendo la brecha y sus distorsiones. Mientras tanto, el dólar en efectivo y las criptomonedas pierden centralidad en el sistema informal, obligando a la banca y los canales financieros a reinventarse con alternativas accesibles para la población.

Por Luis Vicente León. En los últimos tiempos se ha consolidado un cambio estructural importante en el mercado cambiario de Venezuela, y es momento de reconocerlo sin rodeos. Existe un mayor suministro directo de divisas formales —principalmente proveniente del sistema petrolero— que ha aliviado de manera significativa la presión sobre el tipo de cambio.
Mientras este flujo se mantenga, tiene el potencial de seguir reduciendo (y posiblemente eliminar) la brecha cambiaria, junto con muchas de las graves distorsiones que ha generado durante años. Este mayor ingreso de dólares formales explica, en buena medida, la revalorización relativa del bolívar que se ha observado recientemente.
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Sin embargo, no se trata solo de un tema de volúmenes o montos. También ha cambiado la forma en que operan las transacciones. El efectivo en dólares físicos y las criptomonedas han dejado de ser el eje central del sistema cambiario informal.
El dólar en efectivo no desaparece: una porción importante de la liquidez sigue circulando en billetes ya dentro del país, “presos” en el territorio nacional. Ese stock se recicla, pasa de mano en mano, con entradas y salidas menores (principalmente por viajeros con montos pequeños), pero sin variaciones drásticas ni entradas masivas nuevas ni salidas relevantes. No hay un flujo adicional significativo de billetes físicos.

De igual forma, la oferta extraordinaria que antes provenía de criptoactivos —sobre todo ligada a operaciones petroleras en el mercado informal— también se ha frenado notablemente. Esto no implica la desaparición del ecosistema cripto: mantiene intactas sus ventajas globales (comodidad, rapidez, bajos costos y privacidad) y, de hecho, podría recuperar terreno en escenarios donde las transacciones formales se concentren cada vez más en cuentas externas y sistemas como SWIFT, a los que la mayoría de la población venezolana no accede fácilmente por limitaciones de recursos o por las crecientes barreras de cumplimiento normativo.
En este contexto, la banca y otros canales financieros tienen una oportunidad (y una necesidad) de innovar: desarrollar tarjetas internas en dólares, cuentas electrónicas en divisas, esquemas de cripto para pagos, transferencias o inversión. Estos mecanismos recuerdan etapas previas exitosas, como las cuentas custodia que emulaban cuentas en el exterior cuando los vínculos internacionales eran imposibles, o el explosivo desarrollo de pagos electrónicos que la banca venezolana impulsó para sortear la escasez crónica de efectivo en bolívares, a pesar de todos los obstáculos (fallas eléctricas, conectividad irregular, etc.).
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Aún es prematuro predecir con exactitud cómo se reordenará completamente el ecosistema. Lo que sí resulta innegable es una verdad elemental: la economía funciona como un río. Se le pueden imponer barreras, desvíos y diques, pero tarde o temprano siempre encuentra —o se abre— su cauce natural. El actual alivio cambiario es una señal clara de que ese proceso ya está en marcha.



