Un gobierno sin brújula y una sociedad que gira en círculos, ¿adónde vamos a parar?

PESE A LAS ENORMES DIFICULTADES, EL GOBIERNO SIGUE SIN PLAN

La inconcebible estrategia de improvisar

La lista de problemas que esperan ser resueltos es muy extensa, pero eso no ha logrado perturbar a quienes gobiernan sin brújula mientras parecen disfrutar de esa peligrosa y suicida dinámica exponiendo a todos con su perverso juego. 

A estas alturas nadie, en su sano juicio, debería desconocer la gigantesca gravedad de los inconvenientes que la comunidad toda padece a diario. Lo discursivo jamás alcanzará para tapar el sol con un dedo. Sólo un grupo de necios y canallas puede seguir entretenido con ocultar la verdad.

Los que hoy gobiernan han sido elegidos por los votantes para enfrentar los dilemas del momento y no para hacerse los distraídos, buscar responsables en el pasado y sólo aguantar un puñado de años para que nada explote ahora mismo y transferir finalmente la crisis al que los suceda en el poder.

Sin embargo, la actitud que emerge sin disimulo es pésima y la más irresponsable de las alternativas, esa que se ha instalado desde hace décadas como un pésimo hábito brutalmente arraigado en la clase política contemporánea.

Al final del día todos parecen estar convencidos de que sólo deben “administrar” la coyuntura, ganando algo de tiempo extra, evitando los eventuales colapsos, esos que invariablemente aparecen de todos modos.

El cóctel del presente parece ser de los peores. 

Los obstáculos no sólo no consiguen ser superados, ni siquiera amortiguados, sino que se acumulan agregándole nuevos agravantes de tanto en tanto, sin que se pueda visualizar alguna luz al final de ese complejo y agobiante camino.

Una inflación sostenida y una moneda devaluada, desocupación estructural de la mano de salarios paupérrimos, recesión prolongada sin horizonte a la vista, un sistema de salud debilitado y una educación obsoleta, instituciones frágiles y además corruptas, líderes mediocres y también cobardes, forman parte de una nómina sólo parcial de las tragedias sociales que se sufren a diario y de las que casi nadie aspira a tomar nota.

Aquel talento que otros dirigentes supieron tener, esos que no podían resolver casi nada, pero al menos disimulaban, tenían algo de pudor o intentaban implementar ciertas medidas paliativas, se ha extinguido.

Los que ahora gobiernan no sólo no solucionan esas situaciones tan evidentes, sino que tampoco tienen la habilidad de minimizar el daño. 

La torpeza, la negligencia y la absoluta ineficacia son demasiado elocuentes.

Antes, al menos tenían algo de recato y proponían programas que luego fracasaban. 

Hoy, sin descaro alguno, se ufanan de su metodología improvisada, afirmando que no tienen plan, y que tampoco lo necesitan.

Han perdido la poca dignidad que alguna vez tuvieron.

De todas formas, ellos creen haber encontrado su fórmula perfecta. Viven dentro de su propio microclima convencidos de que son adorados por los propios y simultáneamente muy respetados por sus adversarios.

La creación permanente de una suerte de realidad paralela, esa que se esfuerzan en edificar mediante la narrativa que suponen manejar con tanta destreza, manipulando conceptos, malversando palabras y gestando una épica fabulosa, ya no funciona como antes. Su receta está agotada.

Probablemente en el pasado eso se pueda verificar en ciertas circunstancias, pero desde hace un tiempo ese relato no encaja con la percepción de una ciudadanía que está hastiada ante tanta ineptitud.

La gente ha apostado muchas veces a la esperanza y de hecho sigue en esa búsqueda desesperada deseando creer en alguien, en ese conjunto de individuos que tenga la vocación suficiente y las ideas claras para ponerse al frente del combate para lidiar con todo lo que haga falta y generar el clima imprescindible para lograr la anhelada prosperidad.

Es difícil, en este contexto, plantear un escenario optimista. Los que ahora gobiernan no tienen la capacidad para hacer nada bueno al respecto. 

Ya no se trata de si pueden poner algo de voluntad a la tarea, sino de la completa ausencia de un criterio básico para dedicarse a cada uno de los asuntos.

Como en tantas otras ocasiones, la llave maestra la tiene la sociedad.

El duelo postergado, ese que impide dar vuelta la página y que insiste en renovarle el crédito a los mismos inútiles de siempre, funciona como un inexplicable freno para abrirle la puerta a una expectativa diferente.

Hasta que las personas no consigan entender la relación directa que existe entre sus inadmisibles conductas cívicas y el resultado de ese proceso, se seguirá girando en círculos y nada bueno sucederá ni cambiará mágicamente.

Si se quiere efectivamente un nuevo rumbo, habrá que estar dispuesto a pagar los costos derivados de ello, a abandonar la inaceptable inercia empobrecedora y a iniciar el sendero incierto de un flamante recorrido, plagado de múltiples escollos que si se logran sortear recién podrán dar paso a un futuro promisorio repleto de oportunidades para todos.

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