Los nuevos linchadores jacobinos salen al balcón

Existe una receta más volátil que el trotyl, una mezcla tanto más peligrosa que cualquier arma biológica, una fórmula de la que se debe temer de forma reverencial: la pareja “Bien Común” sumada a “Emergencia”.

Para que estos ingredientes se junten deben ocurrir dos cosas, la primera es un poder centralizado que determine aquello que sea el bien común. La segunda un miedo tal como para legitimar aquello que se vaya a constituir como la emergencia. Si estas dos cosas se dan y, para mayor abundamiento, se potencian entre sí, agarrate Catalina: estamos en zona de jacobinismo inminente.

Los días que el mundo lleva confinado nos han regalado espectáculos penosos. Cientas de miles de denuncias de vecinos dedicados a patrullar desde sus balcones a quienes pasean mucho a los perros, tienen sexo en la terraza, caminan cerca de otra persona, se van a pasar la cuarentena a otra casa. Cartelitos en los ascensores, videos en las redes, condenas, insultos, hashtags. 

Con menos de un mes de aislamiento el ejército de Torquemadas se puso a tiro de delación de unas normas que nadie conoce ni puede determinar claramente.

Limites insospechados

La contracara de esto es otorgar al Estado unos poderes sobre la vida de los individuos de límites insospechados. No resulta razonable que un decreto de emergencia sobre una cuarentena le permita al poder centralizado tener el control sobre dónde reside o no una persona, el lugar de su casa donde tiene sexo, las veces que defeca su perro, si tiene ganas o no de aplaudir a los enfermeros, si compró clavos miguelito en una ferretería no cercana de su casa…a ver si entendemos que (por ejemplo) la justicia argentina ha determinado que quien viole el aislamiento social obligatorio, o sea, la cuarentena, y salga sin justificación a la calle en un auto, está en condiciones de perderlo. Sí, de perder su propiedad. La resolución 27/2020 rige para todo el fuero federal y el procurador Casal nos recuerda que:

La contracara de esto es otorgar al Estado unos poderes sobre la vida de los individuos de límites insospechados

El juez podrá adoptar desde el inicio de las actuaciones judiciales las medidas cautelares suficientes para asegurar el decomiso del o de los inmuebles, fondos de comercio, depósitos, transporte, elementos informáticos, técnicos y de comunicación, y todo otro bien o derecho patrimonial sobre los que, por tratarse de instrumentos o efectos relacionados con el o los delitos que se investigan, el decomiso presumiblemente pueda recae”.

El procurador Casal envió una instrucción general para todo el fuero federal y que es de aplicación nacional, para que en el mismo momento en que el se detiene al infractor el personal de la fuerza de seguridad actuante proceda al secuestro del vehículo. ¿Se entiende el sinnúmero de arbitrariedades que pueden derivar de esto?

Vamos de nuevo, dos elementos: “el bien común” (decreto de cuarentena) y la emergencia (coronavirus). Ya con esto le otorgamos al Estado la potestad sobre nuestros movimientos, acciones, bienes. Todo. ¿Cuánto tiempo? Los que el “bien común” y la “emergencia” necesiten. Hace temblar las rodillas.

Un miedo real

“El miedo es un excelente suero de la verdad”

El miedo al contagio y en consecuencia a la muerte es un miedo real. Y no como los miedos dementirita que vienen en el decálogo mediático-progresista en general. Todo el alarmismo de plastilina (político, climático, demográfico) que nos viene acosando hace años: Que el volumen de la población mundial rebalsararía los continentes, que el sol nos iba a derretir, que los océanos nos iban a tapar o que las bolsas de plástico iban a acabar con la vida en el planetano vaciaron una sola góndola. Nadie salió despues de ninguna cumbre climática a comprarse todo el alcohol en gel. Pero bastó una alarma de pandemia y el primer grupo de muertes paraque terminemos peleando por el último rollo de papel higiénico.

El miedo es un excelente suero de la verdad. La prueba de sinceridad más eficaz sobre lo que realmente somos y en lo que realmente creemos. Una alarma real nos hace el favor de desenmascarar las pulsiones sociales más inconfesables.

Tal vez lo peor es que nos hace perder la perspectiva respecto de las prioridades y problemas. Porque la alarma, lo urgente no tiene plazos, certezas ni institucionalidad. Lo urgente justifica todo y mucho más si estamos muertos de miedo. Pero también nos permite ver las enormes deficiencias que arrastraba nuestro sistema de vida. Descansamos en los Estados un poder enorme. Les delegamos la educación de nuestros hijos, la protección frente al delito, y sobre todo nuestra salud. Ese poder gigante está haciendo agua. La epidemia lo delató, no existió previsión ni coordinación. La ausencia de protocolos efectivos para cuestiones básicas, como la salud pública ha quedado en evidencia.

La cosa es que la peligrosidad del coronavirus es primordialmente su capacidad inmediata de colapsar los sistemas de salud que ahora vemos que eran muchísimo más frágiles de lo que se pensaba. Y ojo que el coronavirus no es una invasión extraterrestre, es un virus, de esos quenos vienen asolando desde que bajamos de los árboles. Algo que pasa cada año de modo tal que un evento pandémico era altísimamente probable. Los medios para tratar o prevenir el 90% de los casos de COVID19 son simples, baratos y accesibles: paracetamol, camas, respiradores, barbijos. Los bienes más preciados por los que el mundo, hoy, se desvive, pone sanciones y batalla son los recursos más básicos. Los barbijos que en este momento enfrentan las cancillerías de los países en enero de este año salían centavos.

Los gobiernos enfrentan, con sus recursos disponibles, y también con sus miserias incluyendo las mezquindades de sus líderes, un desafío que vuelve irrelevante casi cualquier otra acción que tuvieran planificada. La pandemia les recuerda que era para éstas ocasiones que existían y habían sido creados, y claramente, no estaban a la altura.

Y es por esta razón y no por otra que la mayoría de los líderes mundiales han dado marchas y contramarchas, incluyendo a los responsables de los organismos internacionales especializados.

La OMS, otro problema

Un capítulo aparte merece la Organización Mundial de la Salud, la OMS que viene teniendo una performance discutible, cuando no lamentable. Dimensionó mal el problema en el comienzo. Se dejó presionar por China avalando mentiras estadísticas a pesar de contar con denuncias y documentos probatorios (ya hay demandas por corrupción y complicidad con el régimen). Basó sus pronósticos en proyecciones y modelos que son seriamente cuestionados y promovió un protocolo de aislamiento para achatar la curva que no consideraba que la mayoría de la población mundial no estaba en condiciones de encerrarse en una casa durante una cuarentena. Es triste pero es real.

Las mezquindades políticas que derivan de no haber tomado las previsiones adecuadas crecen en forma de atajo, formas de justificar la torpeza o inacción, formas de sacar ventaja y formas de ganar tiempo: uno de esos atajos es la falsa dicotomía entre economía y salud. Como si desde la voluntad centralizada se pudiera apartar una de la otra. Un ensayo de laboratorio, como si fueran valores enfrentados. Esto tampoco es un debate exclusivamente argentino, al fin y al cabo, ante el miedo y la emergencia somos todos muy parecidos.

El dilema de fondo sería sacrificar la economía a largo plazo a cambio de incrementar la capacidad de cuidar la salud en el corto plazo. Es evidente que este planteo no puede ser binario. Las penurias económicas preexistentes en el mundo no son iguales y sin embargo la planificación central de los gobiernos ha aplicado similares recetas. Pero una cosa es planificar y otra cosa es que la realidad acate. Planificaron para los que tienen casa, agua potable, electricidad, heladera, ahorros, una vida más o menos buena, una conexión digital o física con los centros urbanos, buena salud. Planificaron para los susceptibles al hashtag y al asedio mediático.  En el mundo todo y en Argentina más.

La porción de la humanidad que carece de una, dos o todas esas cosas quedaba fuera del esquema. En África más del 80%, en América Latina entre el 40 y el 50%, y en Asia un porcentaje similar. El proverbial “quedate en casa” traducido en más idiomas que la Biblia es tan frívolo como la preparación de la clase dirigente mundial. Sí, en un laboratorio, en un gráfico, si todos se quedan adentro la curva se achata. Lo vimos en miles de videos y mensajitos de whatsapp. En la realidad, se trata de una medida pensada sólo para quienes tienen los recursos. Un alarde de frivolidad.

Y cuando surgen las voces que advierten que “ojo con el remedio, que puede ser peor que la enfermedad” sale disparada la acusación jacobina: ¿te importa más la economía que la salud? 

Ante la vida precaria, que se mantenga en movimiento el mecanismo más elemental de la economía, es pensar en la salud. El coronavirus no es la única enfermedad que existe ni es remotamente el único drama social. Cuidar la economía es cuidar, específicamente, a los sectores más vulnerables, es no dejarlos sin el dinero diario, el transporte, el servicio de salud preventiva. Parar el mundo no parece ser la mejor forma de acotar el daño en materia de cantidad esperable de fallecimientos por coronavirus o por cualquier otra cosa de la que ya se moría la gente, hasta hace 2 meses atrás.

Las seguras y monstruosas consecuencias de cortar de cuajo las fuentes de ingreso de cientos de millones de personas sumidas en la pobreza, serán devastadoras, no dentro de un año, si no ya. Y no exclusivamente en términos económicos, sino en marginalidad, crecimiento de la violencia doméstica, peligro de la paz social y, en consecuencia, de la gobernabilidad.

Y se trata de gente que, de todas maneras, no puede respetar las partes más elementales del decreto de cuarentena porque ni tienen agua, ni tienen la alacena provista, ni tienen casa. En situaciones de emergencia no se puede atacar al sector privado poniéndole un pie en la cabeza sencillamente porque es el sector privado el que tiene que contener las fuentes posibles de recuperación. O piensan que imprimiendo dinero y tirándolo de los helicópteros se sale de una crisis? Si la receta fuera esta, no se entiende la razón por la que los países más míseros no la aplican: fabrican su dinero local, lo reparten y listo. No, ¿verdad? Sabemos que no funciona así y sabemos que la fuerza que mueve al mercado se
está diluyendo.

La responsabilidad de la tele

Si bien el mundo se debate ahora en la posibilidad de testear masivas cantidades de personas para ver cuántos contagiados hay, existe un testeo gratuito que funciona muy bien. El kit del linchador jacobino que ya ha permitido identificar muchos casos positivos de delatores vecinales. Y los medios han sido vehículos infectos de esta locura. Gente que filma a otro saludando al vecino y lo manda a la tele …¡y la tele lo transmite! Sabíamos que los medios masivos eran una cloaca, no pensábamos que estaba tan pútrida.

Un término muy acertado ha cobrado vida en estos días: Malvinización. Un efecto fervorfanático sobre el “bien común” que sumado a la “emergencia” sirve para que masivamente se digiera esta violación de derechos y garantías fundamentales y esta incertidumbre propia del no plan. Y esa malvinización es monocorde en los medios que legitiman el fervor linchador 24×7, esto ya lo hemos vivido.


La carta de una planificación hiper-centralizada, de una sola cabeza, el piloto de tormentas es controversial. Es susceptible a excesos y carece de eficacia en su acción. En cambio, un redimensionamiento del rol de Estado, una medida que muestre que el esfuerzo es compartido y una cuarentena con reglas claras que ponga el ojo sobre la población en riesgo pero que no condene al hambre al 50% del país sería un barajar y dar de nuevo. Y esto acompañado de medidas honestas como las que tomó el presidente uruguayo que bajó salarios y jubilaciones de los funcionarios públicos, “según siga esta situación económica en nuestro país”.  

En función de las enormes pérdidas del poder adquisitivo de los ciudadanos, tiene lógica que quienes viven de los aportes del sector privado tengan una rebaja en los sueldos dado que la economía real se ha desplomado”. 

O se apuesta por la sensatez o por el aplauso del manantial linchador jacobino. El primero es duro y exige honestidad y mucho trabajo, el segundo es un aplauso fenomenal garantizado y un inmediato y elevado nivel de aprobación en las encuestas, pero a largo plazo sabemos como termina.

Karina Mariani para La Nación

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