¿Realmente quién necesita un único partido liberal?

Una mirada sobre la coyuntura del liberalismo argentino: Partidos políticos liberales y orden espontáneo

Hace tiempo se ha instalado un debate, a mi juicio estéril, sobre la necesidad de un partido liberal único que represente al espacio.

No me resulta fácil desentrañar la lógica con la que razonan aquellos que consideran que el liberalismo requiere, de forma urgente, un solo partido que reúna a la totalidad de los referentes con vocación de poder.



No entiendo porque motivo en la política debería regir una regla opuesta a la que promovemos para la vida en sociedad. Seriamos incapaces de insinuar que todos los bares se organicen para que solo uno de ellos provea de café a todos. Tampoco pediríamos que ofrezcan una sola bebida, dando prioridad a la que le guste a la mayoría eliminando el resto de los sabores sin apoyo masivo solo porque no tienen una demanda significativa.

Ciertos personajes piden a gritos el partido único liberal mientras despotrican contra cualquier personaje de la aldea que no acepte integrarse a ese conglomerado ahora mismo. Lo hacen de un modo imperativo como si se tratara de un mandato divino.

Los think tanks también son muchos y diversos. No veo allí a nadie proponiendo que cada institución deje de lado sus propios sueños para fusionarse abandonando sus perfiles y matices. Por el contrario, al menos en mi caso, celebro el nacimiento de nuevas fundaciones que creen en la batalla cultural ya que cuantas mas voces aparezcan mas chances tendremos de transformar la realidad.

No comprendo como funciona esa disociación mental .

Claro que no faltará el que diga que la política obedece a otros patrones sociológicos y que la comparación no es pertinente. Es un entorno muy manipulado, pero no menos que otros en los que reclamamos mas libertad. Nunca apostaríamos por menos competencia ni apelaríamos al discurso único como bandera.

Sabemos que todo es distinto, pero deberíamos recordar que ese es el mismo argumento que usan los colectivistas para imponer sus delirios cuando quieren legislar sobre cualquier actividad. Esto es diferente y por eso merece ser regulado, suelen afirmar con una actitud que despreciamos.

Alguien dirá que para ser competitivos debemos estar unidos y necesitamos de cierta “economía de escala” para obtener un mayor impacto. Tal vez eso tenga cierto asidero, pero no parece sensato, en ningún proceso, saltearse pasos solo porque la incontrolable ansiedad llama a la puerta.

Para construir una alianza política consolidada primero deben existir las partes y que ellas, voluntariamente, con convicción y habiendo analizado la conveniencia de esa estrategia, decidan avanzar por ese camino.

Habrá que sincerarse.

El mapa partidario del liberalismo argentino muestra hoy demasiado amateurismo. Salvo excepciones, muy pocos tienen experiencias electorales en primera persona. El resto está haciendo tímidos pasos e intentando acumular horas de vuelo con aprendizajes disimiles.

El rol de expertos no le queda bien a casi ninguno. Y no es que sea necesariamente bueno tener experiencia para sumarse a este juego, pero tampoco constituye una virtud no disponer de ningún antecedente.

En todos los rubros se necesita superar etapas. Lo mágico es territorio de la ilusión y algunas pocas veces la suerte colabora. Tal vez sea vital hacer los deberes, pagar los derechos de piso, escuchar a los que lo han intentado para así abandonar la típica soberbia “argenta”, que nos hace creer que conocemos el atajo y que se accede al poder en un chasquido de dedos.

Los liberales no tenemos partidos políticos.

La evidencia dice exactamente lo contrario. Si fuera cierto que sabemos tanto, los resultados serían otros y no estos. No tenemos partidos políticos.

En el mejor de los casos hemos rescatado, con algún pícaro ardid, un “sello” que podría servir como vehículo electoral siempre que el sistema no nos haga una zancadilla como ya ha sucedido varias veces gracias a la perfecta combinación de nuestra ingenuidad con un “establishment” corrupto.

En mi opinión, va siendo tiempo de que apelemos a la coherencia ideológica de la que tanto se suelen jactar algunos y que usamos para reclamar con vehemencia a los demás cuando identificamos sus contradicciones.

La libertad y el orden espontaneo deben hacer su parte. No tengamos temor a la heterogeneidad. Deberíamos estar orgullosos de tener tantos senderos. Es ese mecanismo el que asegura que el mercado podrá seleccionar la mas exitosa propuesta y premiarla con los apoyos que se derivan de su accionar.

Los que quieran armar un partido desde cero que lo hagan.  Los que deseen unirse a los existentes adelante. Los que disfrutan del partido testimonial y antisistema, manos a la obra. Los que prefieran convocar a los conservadores también están habilitados.

No veo razón alguna para criticar a las variantes posibles. No me creo con la potestad de decidir por el mercado del liberalismo que es lo mejor que le puede pasar. En todo caso, tengo una opinión muy personal que no es mas que eso, una percepción individual absolutamente refutable.

Esa mirada de ninguna manera alcanza para decirle a otros que no hagan tal o cual cosa. Creo que algunos proyectos son mas interesantes y viables, pero estoy seguro de que hay que brindarle tiempo a “la mano invisible” para que haga su trabajo buscando equilibrios inestables.

El gran desafío de los liberales es poner en juego la tolerancia de la que tanto hablamos, pero tolerar lo que me gusta no parece un gran reto.

El respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno es una consigna vacía si no somos capaces de aceptar que el plan que ha decidido recorrer cada potencial candidato es su decisión y no la nuestra.

Para saber si convergeremos luego en algo mas amplio que tenga suficiente envergadura, ya aparecerá. Dependerá de los liderazgos, de los talentos y del trabajo consistente, pero también del mercado, ese que solemos defender con mucha fuerza hacia afuera, pero con poca hacia adentro.

Publicado en Club de la Libertad

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