Qué es la igualdad para el liberalismo, de Sócrates a Tocqueville

La concepción liberal de igualdad

En el presente artículo quisiera referirme a la concepción de la tradición de pensamiento liberal acerca de la igualdad humana. Para comenzar acaso cabe subrayar que el filósofo inglés John Gray sostiene que la tradición liberal, si bien no posee una naturaleza única, “presenta una serie de rasgos distintivos que lo diferencian de otras tradiciones intelectuales”, rasgos a los que se aludirán a continuación.
Gray destaca que el liberalismo es “individualista, igualitario, universalista y meliorista”. Sin ánimo de ofrecer exhaustivos comentarios acerca de los adjetivos en cuestión, para las presentes líneas quisiera poner el foco sobre el carácter igualitario del liberalismo.

La tradición de pensamiento liberal en general sostiene, en pocas palabras, que los hombres son moralmente iguales por naturaleza y, por tanto, rechaza la existencia de diferencias legales que en determinados órdenes políticos nieguen su igualdad natural.


Al efecto de comprender la moral igualitaria del liberalismo, quisiera exponer un muy breve desarrollo acerca de la idea de igualdad a lo largo de cierta parte de la historia del pensamiento político.

Es posible encontrar antecedentes de una concepción igualitaria similar a la expuesta por la tradición liberal durante la Antigüedad Clásica, particularmente en Grecia y en Roma. El propio Gray destaca el legado igualitario de los sofistas griegos, indicando que ellos “tendieron a sostener la igualdad universal del hombre”.

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De hecho, Gray considera que con los sofistas “se desarrolló la primera doctrina de la igualdad política”, lo que los griegos denominaron isonomía, vale decir, igualdad de derechos políticos.

Hayek desarrolla esto explicando que el aludido ideal de igualdad “implicaba una libertad bajo el imperio de la ley”, y se manifestaba claramente en la igualdad de los ciudadanos frente a ella.

Vemos, así, desarrolladas en la Antigua Grecia ciertas ideas en torno a la igualdad humana desde las perspectivas moral, jurídica y política.

Por otra parte, debemos añadir el posterior desarrollo de las ideas de igualdad durante la Antigua Roma. Ante todo, un valor medular de la filosofía política desarrollada por los estoicos romanos consistía en la afirmación de la igualdad del género humano.

Cicerón sostuvo que “no hay en la naturaleza parecido tan grande ni igualdad tan completa como la que existe entre los hombres; solo hay una definición posible de la naturaleza humana”.

En cuanto al cristianismo, Gray explica que es una religión que desde sus inicios se vio “doctrinalmente comprometida con una creencia en la igualdad original de todas las almas” y que, por tanto, favoreció el ideal de la igualdad humana. Carlyle explica que el cristianismo sostiene que “los hombres son todos semejantes, porque todos son hijos de una naturaleza divina; y son todos capaces de lo más elevado y están todos hechos para el mismo fin divino, la comunión del alma con Dios”.


Por su parte, uno de los paladines del liberalismo político, John Locke, apuntó que “nada hay más evidente que el que criaturas de la misma especie y rango hayan de ser también iguales entre sí, sin subordinación o sujeción de unas a otras”, y, por tanto, que “siendo todos los hombres iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones”. Locke dedujo la ley de naturaleza (law of nature) (la necesidad de preservar la vida, la salud, la libertad y las posesiones) de la libertad e igualdad en la que se hallan los individuos en el estado de naturaleza (state of nature).

Tiempo más tarde, pensadores de la Ilustración cuestionaron los fundamentos de las instituciones políticas absolutistas, que establecían manifiestas diferencias entre los gobernantes y los gobernados. La Ilustración afirmó una completa igualdad moral humana y, por tanto, buscó establecer una estricta igualdad jurídica, retornando de este modo a antiguos ideales grecorromanos de igualdad ante la ley, aunque no por ello abandonando del todo la moral igualitaria propia del cristianismo.

La Declaración de Independencia de Estados Unidos (Declaration of Independence) de 1776 afirma que el hecho de que “todos los hombres son creados iguales” (all men are created equal) constituye una “verdad evidente por sí misma” (self-evident truth). Por otra parte, durante la Revolución francesa la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789 asegura que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común”.

Semejantes expresiones quedan a todas luces plasmadas en nuestra propia Carta Magna: el artículo 16 de la Constitución Nacional establece que “la Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento; no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas”.

Habiendo consignado todo esto, se hace manifiesto que, al favorecer la igualdad del género humano, el liberalismo se encuentra en una profunda deuda intelectual con la tradición de pensamiento occidental en general, y con el pensamiento grecorromano, cristiano e ilustrado en particular. Sin embargo, también se hace menester llevar a cabo una distinción de trascendental relevancia, puesto que el concepto de igualdad puede acarrear muchos sentidos y, consecuentemente, generar numerosas confusiones.

Si bien la tradición liberal sostiene la creencia en la igualdad del género humano, ello no implica una igualdad coactiva proveniente de intromisiones inapropiadas del poder político, puesto que de este modo se estaría avasallando la libertad natural de los gobernados, un derecho inalienable. En tal sentido, Giovanni Sartori observa que “el liberalismo en cuanto tal requiere igualdad de derechos y leyes iguales, mientras que desconfía de las igualdades dispensadas gratuitamente desde lo alto y de los modos desiguales de igualar”.

En efecto, la tradición liberal ha siempre favorecido una concepción de igualdad ante la ley, y no de igualdad a través de la ley, vale decir, una igualdad moral y jurídica en lugar de una igualdad meramente material. Las desigualdades materiales suelen ser naturales en toda sociedad abierta, y la intromisión en la propiedad de los particulares generalmente ocasionan mayores inconvenientes que los que se buscan remediar. A ello es lo que Alberto Benegas Lynch (h) alguna vez denominara “guillotina horizontal”, vale decir, la igualación coactiva desde las esferas del poder político.

Quisiera recordar que constituye un deber de todo liberal el resaltar la igualdad humana, al tiempo que rechazar igualitarismos que avasallen derechos. Alexis de Tocqueville ya había advertido que “la igualdad produce dos tendencias: la primera conduce hacia la independencia; la otra lleva por un camino más largo, más secreto, pero más seguro, hacia la esclavitud”.

Debemos ser cuidadosos con la clase de igualdad por la que optemos, puesto que podríamos estar dirigiéndonos “a la servidumbre o a la libertad, a las luces o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria”. Que quede en nuestras manos decidir nuestro destino.

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