Prohibido aprender a leer: la ley que impedía conocer la libertad

PROHIBIDO APRENDER A LEER …  

Hubo un tiempo en que en algunos lugares, “jugar a la maestra” podía tener graves consecuencias. Porque si algo tenían claro quienes ansiaban perpetuar el sistema de esclavitud era que permitir que los esclavos aprendieran a leer era “peligroso”. 

De aprender a leer un periódico, por ejemplo, los esclavos podrían conocer sobre la exitosa revuelta que había tenido lugar bajo el liderazgo de Toussaint Louverture en la colonia francesa de Santo Domingo, que había concluido con el fin de la esclavitud y la fundación del estado independiente de Haití.

De aprender a interpretar señales o mapas, los esclavos podrían acceder más fácilmente a información sobre la red conocida como “el ferrocarril subterráneo” (undergound railroad) que mediante una ruta de casas seguras habilitaba el escape hacia estados libres, Canadá o Mexico.

De poder leer ciertos manifiestos abolicionistas los esclavos tal vez hubieran tomado conciencia de los argumentos sobre la esencial igualdad de los seres humanos más allá de razas o tonos de piel.

Así pues, a la intrínseca inequidad de la esclavitud vinieron a sumarse leyes que prohibían enseñar a los esclavos a leer, bajo sanciones que iban desde multas a prisión para los “docentes”, y los previsibles y consabidos latigazos públicos para los “alumnos”. Para los padres, que los niños jugaran “a la maestra” con los esclavos era en la práctica una actividad “de riesgo”. 

Es en este contexto que resulta particularmente conmovedor el relato de una de las abolicionistas más significativas de su tiempo, Sarah Grimke, cuyo padre tenía importantes plantaciones en Carolina del Sur, y por lógica consecuencia, una amplia dotación de esclavos.

Desafiando la prohibición, y siendo casi una niña, Sarah igual le había enseñado a leer, en secreto, a su esclava personal.

Años después, Sarah escribiría en relación a aquellos tiempos: “Experimentaba una especie de maliciosa satisfacción al enseñarle a mi dama de compañía por la noche, cuando se suponía que ella estaba ocupada peinándome y cepillándome los rizos. Con las luces apagadas y el ojo de la cerradura tapado, tiradas sobre nuestros estómagos, junto al fuego, y con el libro de lectura ante nuestros ojos, desafiábamos las leyes de Carolina del Sur”.

No fue la única rebelde, por cierto. John Berry Meachum, por ejemplo, para eludir las leyes del estado de Missouri, estableció una Escuela Flotante a bordo de un vapor en el medio del río. Otra rebelde, Mathilda Beasley, estableció una de las “escuelas secretas” del estado de Georgia, a las cuales los esclavos podían concurrir teniendo cuidado de disfrazar libros y útiles en canastos y de dar los rodeos apropiados.

Como siempre, puesta ante la contradicción entre lo legal y lo legítimo, la justicia y la libertad fueron encontrando caminos y al día de hoy sería insostenible postular públicamente una convocatoria a mantener a una persona en el analfabetismo. Sin embargo, los “amos” también han encontrado otros caminos.

Los gobiernos populistas necesitan de masas si no iletradas, al menos manipulables, incapaces de reflexionar, meras repetidoras, Sus herramientas para lograrlo son más sutiles, pero no por ello menos mezquinas e insidiosas.

Si en algún momento el desafío era que los esclavos aprendieran a leer, hoy hacen falta muchas “Sarahs, Johns y Mathildas”, que enseñen a todos a pensar. 

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