Porque lo último que se pierde es la esperanza, es imperioso gritar: ¡futuro a la vista!

Porque lo último que se pierde es la esperanza, es imperioso gritar: ¡futuro a la vista!

ANTE UN PANORAMA DESOLADOR ES VITAL MIRAR PARA ADELANTE

La imperiosa necesidad de un futuro esperanzador

Abundan las pésimas noticias desde comienzo de año y es inevitable entonces cargarse de malas energías frente a tanto desconsuelo, pero por idénticos motivos es central dar vuelta la página, intentar ver el vaso medio lleno y poner la creatividad en funcionamiento para construir lo que viene con un realismo épicamente pragmático. 

No es un dato irrelevante que debiera ser ignorado ni tampoco una percepción subjetiva de una parcialidad. A estas alturas es una evidencia incontrastable que se impone a diario y que proyecta un peligroso pesimismo social bastante difícil de evitar y mucho más aun de eliminar.

Cualquier conversación de rutina invariablemente recala en las penurias del presente e inmediatamente se dispara una catarata de frases poco optimistas que se hacen eco de la ausencia de una visión que pueda orientar, al menos, hacia una luz al final de ese anhelado túnel.

Todas las descripciones no hacen foco en lo que está pasando sino en la escasa expectativa de que algo pueda modificarse. Claro que eso está muy vinculado con el desprestigio de la política y la falta de credibilidad respecto de sus discursos vacíos y de esas promesas tantas veces incumplidas.

Eso hace que la solución de fondo sea bastante más compleja, porque ya no alcanza con que la política proponga un porvenir repleto de oportunidades. Los interlocutores están desgastados y ya han incurrido en demasiadas mentiras como para que alguien dé crédito a estos renovados planteos.

Todo lo que dicen los dirigentes es escuchado con absoluta desconfianza, asumiendo siempre que se trata sólo de un burdo ardid para sumar votos, pero que esas consignas no tienen chance alguna de convertirse en algo parecido a una realidad tangible para la gente de a pie.

En ese contexto, por momentos el ciudadano se siente atrapado, como en un laberinto sin salida. Su día a día es muy trabajoso, excesivamente traumático, plagado de incertidumbre y con un horizonte sombrío.

Aquellos que podrían eventualmente transformar la dinámica actual e imprimirle otro vuelo no son confiables y por lo tanto su palabra no tiene valor. Sin interlocutores a la vista la orfandad cívica aparece con tanta crueldad que no deja casi margen para que alguien pueda ofrecer algo.

Si bien todavía se puede identificar una porción relevante de la comunidad inclinada a creer en una suerte de sendero mágico, en esos atajos imaginarios que eluden todo tipo de esfuerzos y que la gente merece lo mejor solo por existir, crece también a gran velocidad la idea de que no habrá premio sin esmero, no llegará el progreso sin sacrificios previos.

Quizás en ese fenómeno aun incipiente esté la clave de lo que viene. Es posible que ese proceso aun sea insuficiente, pero va tomando ímpetu y probablemente pueda allí verse una ocasión inmejorable para destrabar este dilema tan sofisticado que no permite visualizar un rumbo positivo

Nadie tiene la fórmula perfecta para esto. Todos, cada uno a su manera, tendrán que confluir para que eso pueda nacer. La sociedad deberá madurar aprendiendo de sus errores, esos que nunca asume como propios endilgándole a los conductores de turno el monopolio de las culpas.

Algo similar tendrá que suceder en el ámbito de la política. La autocrítica que jamás emerge tendrá que mostrarse a flor de piel alguna vez si es que desea recuperar una dosis mínima de credibilidad y de ese modo lograr apoyo popular para llevar a cabo un programa de gobierno sustentable.

Hay cierta coincidencia, al menos esto se escucha en privado y por lo bajo, que el país precisa de grandes reformas. No sólo de una aislada o un par de ajustes menores, sino de una nómina de cambios simultáneos que deben implementarse coordinadamente para generar un shock de confianza.

Sin esa bisagra que permita doblar la curva, dejar atrás las recetas fallidas del pasado y creer mínimamente en que existe una posibilidad al menos de revertir décadas de fracasos, nada bueno podrá ocurrir pronto. Ese logro no aparecerá por mera voluntad ni como producto de la llegada de un mesías, sino que vendrá de la mano de una conjunción de factores que deben articularse adecuadamente entre sí casi al mismo instante.

Un grupo significativo de instituciones de la sociedad civil dispuestas a ser protagonistas del cambio, una clase política con coraje resuelta a hacer lo que hay que hacer admitiendo que habrá costos que pagar y una ciudadanía preparada para soportar algunos malos tragos durante la transición con suficiente paciencia serán los ingredientes esenciales para que este desafío sea verdaderamente exitoso. No será fácil que esto pueda acontecer a la brevedad, pero sin esa combinación tan específica y particular no parece demasiado razonable esperar que ese deseo de todos alguna vez se convierta en lo soñado.

Tal vez sea tiempo de ponerse manos a la obra, dejar de lado los estériles lamentos y consensuar qué rol le toca a cada actor de este ensamble imprescindible para transmitir esa esperanza a la que todos, de alguna manera, quieren subirse hoy mismo para empezar mirar el futuro con una renovada ilusión.

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