¿Por qué la economía es una ciencia “imperialista”?

HUMANIDAD E IMPERIALISMO DE LA ECONOMIA

Generalmente se entiende que si uno habla o escribe sobre “economía” los tópicos que necesaria y a la vez excluyentemente aborda son por ejemplo los relativos a la inflación, los impuestos, el desempleo, la recesión, el gasto público, el comercio internacional, el mercado bursátil, los precios de la nafta o las fusiones corporativas.

Sin embargo, la economía trasciende ampliamente este rango limitado de temáticas. Ningún economista serio consideraría que la esencia de su trabajo pasa por el producto bruto interno o las tasas de interés. No. La economía va mucho más allá.

La economía es una disciplina esencialmente “humana” que se enfoca en la realidad que todos los días afrontamos: un mundo en que constantemente elegimos, decidimos y actuamos para asignar recursos de tiempo, energía y dinero, todos ellos limitados y escasos, a la consecución de múltiples y variados objetivos.

La economía, tal como queda absoluta y maravillosamente expuesto en la monumental obra de Ludwig von Mises, es susceptible de reconducirse al concepto de Praxeología, o ciencia de la acción humana. Y esa acción no tiene lugar en medio de tablas estadísticas o gráficos de funciones matemáticas, sino en contextos de incertidumbre, conocimiento imperfecto, y preferencias cambiantes.

En tren de formular una analogía “filosófica”, un mundo mucho más cercano al de Heráclito que al de Parménides.

Comparada así con la psicología o la sociología, la economía en sentido amplio aporta también un ángulo de análisis distinto. Mientras que, en pinceladas gruesas, la psicología o la sociología estudian las acciones humanas en cuanto definidas o modeladas por factores inconscientes, el pasado personal, o bien el rol de la familia o de los grupos de pertenencia, los economistas aportan al conjunto la ponderación de costos y beneficios. En otras palabras, se enfocan en el rol de la “especulación” respecto del resultado positivo de una acción, al menos “ex ante”.  Palabra tan denostada y que en verdad impregna cada instante de nuestras vidas.  Y es desde esta perspectiva desde donde se aprecia la amplitud última de la economía.

Timothy Taylor, editor en jefe del Journal of Economic Perspectives, caracteriza así pues la economía como una ciencia “imperialista”, que entiende sus dominios sobre otras. Si lo pensamos desde la perspectiva praxeológica, el curioso apodo tiene sentido. Y al propio tiempo  nos permite salir de esa acotada visión según la cual la economía sólo se enfoca en lo que compramos, vendemos, gastamos, donamos, ahorramos o invertimos.

Podemos entonces empezar a abarcar con una mirada “económica” las más diversas temáticas: el transplante de órganos, las congestiones de tráfico, la elección de una pareja, la decisión de tener hijos, si cometer o no una infracción, los actos de caridad, la elección de regalos, las conductas de rebaño, el sentido de una votación o la búsqueda de la felicidad.

Y todo ello, desde el igualmente básico reconocimiento de que es el interés personal el que guía nuestros actos. Separar ese “interés personal” de sus nefastas asociaciones con un “pecado capital” es un paso fundamental.

Como escribió Albert Hirschmann en “Las Pasiones y los Intereses”, ese cambio en la valoración moral del interés personal no sólo como algo legítimo sino como algo digno de encomio se encuentra en la raíz del desarrollo mundial de las últimas dos centurias. 

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