Pese a restricciones y sindicatos, el trabajo es una acción libre regulada por el mercado

El trabajo como sinónimo de libertad

Arbeit macht frei” o simplemente “El trabajo os hará libres” rezaba un conocido portal hacia la muerte que se encuentra en la entrada de Auschwitz y que recuerda a la forma que se emplearon en los campos de trabajo y al exterminio durante la dictadura nazi como irónica y cínica bienvenida a los presos deportados allí, a través de dicha inscripción en su acceso.

En 1919 en Italia reinaba el caos y el país se encontraba al borde de una guerra civil. El desempleo crecía día a día, se convoca huelga tras huelga y la clase media italiana temía que el comunismo pronto estuviera en el gobierno. Benito Mussolini expresaba: “El fascismo es la precisa negación de la doctrina que formó las bases del denominado socialismo científico o marxista”

El 21 de abril de 1927 el Gran Consejo del Fascismo promulga la “Carta del Trabajo Italiano”, más conocida como “La Carta del Lavoro” en donde aborda temas como el Estado corporativo y su organización, el contrato colectivo, las garantías del trabajo y la educación e instrucción con orientación al principio de colaboración en el cual el patrono y el prestador de obra deben contribuir proporcionalmente a los gastos mediante un proceso totalmente centralizado por parte del Estado.

¿Acaso no rezaba la frase de que el trabajo nos haría libres? Las dudas comienzan a surgir cuando vemos estos precedentes históricos con partidos y referentes políticos que hicieron énfasis al concepto del trabajo como una libertad humana, pero a la vez cometían genocidios y creaban milicias privadas que iban armados con pistolas, cuchillos y aceite de ricino los cuales utilizaban como método de tortura.

Entonces ¿dónde conectamos al trabajo con la libertad? ¿Acaso no es la libertad la herramienta que necesitamos para poder venerar al trabajo? La famosa Carta del Trabajo no resultó en el mejor ejemplo de libertad y trabajo, sino más bien se había convertido en una herramienta más de opresión y sometimiento al poder estatal disfrazado de entidad benefactora de los trabajadores y productores.

En 1935 la Falange española crea la CONS (Central Obrera Nacional – Sindicalista) que consistía en un sindicato vertical con una relevancia muy limitada. Luego el 26 de enero de 1940 se promulgaba la Ley de Unidad Sindical que establecía que tanto trabajadores como empresarios se encuadrarían en la misma organización de trabajo.

Luego los nazis implementaron el sistema del fascismo Italiano el cual mediante la ilegalización de los sindicatos que existían hasta el momento impusieron que todos los trabajadores y empresarios debían pertenecer al mismo sindicato de forma obligatoria, prohibiendo el derecho a huelga y los cierres patronales, así como las negociaciones colectivas entre empresarios y trabajadores.

Gran parte del modelo sindical italiano también fue tomado por Juan Domingo Perón, quien entre los años 1935 al 1939 fue agregado militar en Italia y tuvo la oportunidad de analizar con detenimiento al modelo establecido por Mussolini, el cual consistía por sobre todo en el “unicato”, es decir, ese sistema de influencias políticas basadas en prebendas y castigos, que desde los órganos del poder constitucional mismo tenía por finalidad hacer descansar en el Poder Ejecutivo al eje central de toda la vida de un país, en la figura del Presidente de la República como jefe indiscutible y por supuesto, del partido político gobernante, sin necesidad alguna de una declaración expresa y formal. La consolidación de este poder se asienta en dicha figura en donde en cada rubro o actividad existía un solo representante, por lo tanto, existía un solo sindicato por actividad misma.

Volvemos al punto conector: ¿En dónde reside la esencia de la libertad en el trabajo? Para desarrollar este aspecto debemos en primer lugar colocar el enfoque en el concepto de trabajo como el desarrollo incluso de la humanidad del hombre a través del tiempo.

Escuchamos a gritos la frase “Derecho al trabajo”, lo cual consiste en ese derecho que es natural y no positivo, de que el hombre pueda aplicar su actividad a la generación de riquezas y que sin tener a la libertad de por medio sería imposible que logre su cometido, lo cual consiste única y exclusivamente en el progreso individual que luego se transforma en colectivo, porque aquel hombre que no se sienta libre de realizar su trabajo como se lo propone, de acuerdo a las reglas también naturales del mercado, irá contra la razón y esto no redituará en los estímulos necesarios para poder perfeccionar sus obras.

El trabajo deber ser única y exclusivamente una actividad LIBRE, estimulada tan solo por el mercado, pues resulta muy lógico y pragmáticamente demostrado que quien produzca mucho, con una buena calidad y a un precio accesible, será premiado por éste, mientras quienes vayan en contra a estas reglas exigidas por los demandantes, solo hallará el castigo, a no ser que el intervencionismo estatal haga lo suyo y mediante el dinero público trate de salvar a quien no se ha predispuesto a satisfacer las necesidades de los consumidores, abaratando sus costos con un dinero que no ha sido generado por su sistema de producción y sí con dinero de los demás quienes han cumplido con el mercado.

A todo esto podemos sumarle la fiel historia del sindicato, que como bichos rastreros están buscando generar siempre sus propios beneficios en detrimento del pacto de organización para la producción y avasallando a las libertades que dan origen al real derecho al trabajo, el cual a través del tiempo se ha difuminado perdiendo la nitidez y su verdadero oriente, debido a ideologías y ambiciones políticas que históricamente han tratado al trabajo como una herramienta de coacción a la masa productiva conformada por empresarios y trabajadores, utilizando a estos últimos como conejillos de indias llamados proletariado.

Sin libertad el trabajador no tiene iniciativa, ni esperanzas. Sin libertad no puede asegurar su progreso, tampoco tiene un interés personal porque quien trabaja en precarias condiciones para un provecho ajeno se vuelve a veces conformista y perezoso. Sin la libertad perdemos todos, ya que no existirá aumento de la producción y se mantendrá una lucha constante entre “opresores y oprimidos” como los llamaba Marx, cuando en realidad se trata de un equipo productivo para el desarrollo individual y social en conjunto.

Sin libertad sería imposible que sigamos enamorados de nuestros trabajos, porque no podríamos ver a la recompensa como fruto del mismo. Irónicamente estamos viviendo en una situación actual en la cual seguimos luchando por defender a la libertad de trabajo y un Estado centralizado nos coacciona a no hacerlo, nos retiene y nos demanda horarios, nos quita la libertad de producir lentamente cuando esto ya ocurrió en el siglo pasado y se supone que debimos aprender de la historia.

El primero de mayo, se celebra el Día Internacional del Trabajador debido a un acontecimiento histórico que ha prevalecido históricamente con un tinte ideológico. Es hora de que dejemos de lado a las ideologías cuando hablamos de trabajo y nos centremos en entender que el valor real del mismo radica solamente en su propia libertad como derecho natural del hombre.

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