El zar que no quería la barba y aplicó un impuesto a quien osara llevarla “puesta”

PEDRO SIEMPRE GANA

Que el zar Pedro I condujo a Rusia a la modernidad es un hecho innegable. Pero los métodos … ¡ay los métodos! … Hasta las barbas quedaron “involucradas”!

A la temprana muerte del zar Fiodor III sin dejar descendencia, la familia “ensamblada” que por entonces regia los destinos de Rusia se dividió entre quienes sostenían los derechos al trono de su hermano Iván, (joven mentalmente discapacitado) y quienes postulaban la candidatura de Pedro,  aunque era hijo de un segundo matrimonio.      

La salomónica solución fue entronizar a ambos como co-zares, con lo que Pedro fue ungido con apenas 10 años de edad en forma conjunta con su medio hermano mayor.

El evento, único en toda la historia de Rusia, cuenta con un objeto “testigo”: el trono doble construido especialmente para la ocasión, dotado de una disimulada ventanita para que los asesores pudieran brindar instrucciones, curiosidad que se exhibe en el Kremlin.

Pero Pedro era un niño aun y la regencia quedo a cargo de su media hermana mayor Sofía. Las ambiciones políticas de Sofía colocarían a ambos en un conflicto sin salida pacifica. Depuesta en 1687 por los partidarios de Pedro cuando este apenas contaba 17 años de edad, Pedro debió no obstante esperar la muerte de Iván en 1696 para constituirse como único monarca y disponer plenamente del poder de conducir a Rusia.

Su idea era integrarla al concierto de la civilización occidental. Y he aquí que con apenas 25 años resolvió partir de incógnito, en una extensa gira de aprendizaje, por diversas naciones europeas. Sin embargo, pasado un año, tuvo que volverse apresuradamente de este periplo porque las noticias desde casa no eran las mejores. Su medio hermana y su propia esposa Eudoxia estaban animando una conspiración en su contra! Furioso, Pedro debió interrumpir su proyecto formativo para ocuparse de los conspiradores, respecto de los cuales implementó soluciones “drásticas” aptas para disuadir cualquier conato posterior. Y en cuanto a Sofía y Eudoxia, pues a tomar los hábitos y al convento de por vida!.   

Pero entretanto las vivencias de aquel viaje motivaron y nutríeron su espíritu moderno y reformista de las antiguas tradiciones rusas.

Entre ellas, la de la barba. En efecto, las luengas barbas que tradicionalmente portaban los rusos no se condecían con las modas europeas. Y cuentan las crónicas que en ocasión de una recepción, cual fiel cultor del “Hágalo usted mismo”, Pedro sacó de entre sus pertenencias un estuche de barbero y personalmente comenzó a afeitar a los asistentes.

Imaginamos que el tema se convirtió seguramente en “trending topic” dentro de la sociedad rusa, y lo cierto es que Pedro encontró resistencia en su cruzada.  Pero a poco andar resolvió que si no ganaba por completo la batalla contra el vello facial al menos podía transformar los ornamentos pilosos en fuentes de recursos para sus múltiples proyectos. Y así, imitando lo que ya habían hecho en Inglaterra Enrique VIII e Isabel I más de cien años atrás (porque no, la idea no era nueva) implementó el Impuesto a la barba. Y más aun, un impuesto “progresivo” en función de la capacidad patrimonial de su portador!

Así pues, quien quisiese portar barba, lo único que debía recordar era pagar el impuesto y después, cual oblea de peaje, llevar siempre consigo el “instrumento” que lo acreditaba, consistente en unas fichas de metal dotadas de un simpático diseño gráfico de barba y bigote alrededor de una prominente nariz, que del otro lado exhibía la leyenda “Las barbas son ornamentos ridículos”.

Y más vale no olvidar la fichita al salir de casa, porque si los guardias imperiales atrapaban al barbudo sin ella estaban autorizados para afeitar al infeliz olvidadizo por la fuerza.  El impuesto fue mantenido por los siguientes zares de la dinastía Romanov, a saber: Catalina I, Pedro II, Ana, Iván VI, Isabel I,  Pedro III y Catalina II …   Y cualquier similitud, es pura coincidencia.  

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