Uno de los desatinos legislativos más peculiares del Reino Unido fue el que ocurrió en 1753 con la “Ley para Mejor Prevenir el Matrimonio Clandestino”, también conocida como la ley de Lord Hardwick. Ley a la cual se debe que hoy en día la localidad de Gretna Green, ubicada casi sobre la frontera entre Inglaterra y Escocia, sea aun hoy un destino romántico por excelencia para la celebración de matrimonios.

Pero ¿cómo sucedió tal cosa? ¿Qué estableció –y no dudamos que con las mejores intenciones- la llamada “ley Hardwick”? Pues ni más ni menos que una serie de restricciones y limitaciones para la celebración de los matrimonios, reforzadas además (estimaban ingenuamente sus redactores) por significativas penalidades para quienes violasen sus disposiciones.
Así, pues, por ejemplo, se estipuló que los contrayentes debían tener un mínimo de 21 años para casarse sin consentimiento de sus representantes, que la ceremonia debía ser pública, que debía tener lugar obligatoriamente en la parroquia a que pertenecía alguno de los contrayentes, que el acto debía ser presidido por un oficial de la iglesia anglicana … Toda una larga lista de normas.
¿Y qué nos sucede a los seres humanos cuando intentan limitarnos con interminables listas de requisitos o restricciones? Pues huimos! ¿Y a dónde huimos? Naturalmente hacia donde la legislación sea más benévola, y sobre todo más respetuosa de nuestra libertad. Y en este caso, las parejitas inglesas locamente enamoradas resolvieron que ante las amenazas de la ley Hardwick lo más práctico era huir raudamente a Escocia, donde se podía contraer matrimonio a partir de los 15 años (con las únicas limitaciones de no ser parientes próximos y no mantener otra relación de igual tenor), y la ceremonia podía ser pública o privada, con o sin testigos, simple, y práctica.
Así, entre las varias localidades fronterizas elegidas por los “fugitivos” para sellar su amor (a las que también se sumó inicialmente la Isla de Man), la que advino destino por excelencia fue Gretna Green. Lo que sí llevaron consigo estas parejitas inglesas, como referencia tradicional a la presencia de los párrocos que oficiaban usualmente los matrimonios en sus tierras de origen, fue la búsqueda de alguna “figura de autoridad” ante la cual realizar la ceremonia, figura que hallaron en el “herrero” del lugar. En efecto, los herreros eran artesanos prestigiosos en la época, y su taller se convirtió en lugar privilegiado para la elocución de estos urgentes votos de amor. (urgentes sobre todo si algún progenitor airado venía detrás de los novios)

El herrero “sellaba” el pacto entre los contrayentes con un golpe sobre el yunque, dando por concluido el evento “a todos sus efectos legales”. Y el yunque es un elemento que a modo de mobiliario fundamental se encuentra incorporado aun hoy a todos los salones donde estas ceremonias se siguen desarrollando en forma cotidiana.
La célebre escritora Jane Austen alude a estos matrimonios de “fugitivos” en tres de sus novelas, “Orgullo y Prejuicio”,”Sensatez y Sentimientos” y “Mansfield Park”, y también lo hacen los tratados de Derecho Internacional Privado cuando bajo la etiqueta de “matrimonios de Gretna Green” engloban a los celebrados “en fraude a la ley del domicilio”. Pero sí, exactamente, cruzar fronteras es lo que los seres humanos haremos toda vez que en el lugar en que vivamos los legisladores insistan una y otra vez con coartar nuestros derechos, nuestra propiedad, nuestra libertad.



