No podemos darnos el lujo de sucumbir al embrujo de la tentación totalitaria

La Tentación Totalitaria

Las prácticas social demócratas tienen en forma permanente una continua amenaza sobre ellas, la tendencia a evolucionar al totalitarismo como método de gobierno, que no es más que la concreción de la antigua teoría que adjudica al comunismo, se llame como se llame y se vista como se vista, una fuerte tendencia a fagocitar a las mismas.

En América Latina, especialmente con la estabilidad democrática, se vive este proceso de colonización del Estado. Cuba, Venezuela o Nicaragua lo tienen muy arraigado. Perú, Argentina, Bolivia y México están en camino. ¿Qué ocurrirá en Chile y Colombia? ¿Por qué ocurre esto? ¿Y por qué con tanta frecuencia? Si el mantenimiento del poder es la cuestión predominante, políticos y gobernantes entran en complicidad con los impulsores del pensamiento único, los mentores del Estado bajo control.

El pensador francés Jean-François Revel se ocupó de estudiar esta tentación en su ensayo “La Tentación Totalitaria” (“La Tentation Totalitaire”, Robert Laffont, 1976), que, sugiero, debería ser una lectura obligada de quienes deseen comprender con cierta profundidad orígenes, desenvolvimiento y consecuencias de ésta mecánica. Hay que situarlo en su época, pero ello no impide hacer notar la vigencia de su análisis al día de hoy y, sobre todo, la de su idea fuerza: el comunismo es el peor enemigo del socialismo democrático, y este, un peligro latente para la concepción democrática.

En ésta “tentación totalitaria” es evidente la ingenuidad de los que aceptan el quiebre de las reglas morales y los procedimientos del Estado de derecho, instituidos durante siglos de costosa y dolorosa evolución, justificado en pos de objetivos inmediatos, como seguridad, erradicación de la pobreza, o acabar con la corrupción.

Es esperable que los pueblos sucumban a la misma, seducidos por un discurso populista. Vivir el descarnado experimento de descuidar normas éticas y sus instituciones democrático-liberales, los condena a sufrir la pérdida de sus libertades y de su bienestar. La dura realidad, sin cantos de sirena, de un pueblo sometido que ensaya un tardío despertar, es que ya está atrapado por el poder inconmensurable de una dictadura. Retornar a la democracia insumirá muchos años de angustiosos sacrificios.

No existiría una ciudadanía embaucada sin ambiciosos embusteros, demagogos populistas prestos a vender “excelentes proyectos”, incumplibles, invalidados por las normas morales y las instituciones de la democracia liberal. Algunos son personajes inescrupulosos persiguiendo agigantar su poder sin importar el costo. Otros, hipnotizados en su buena fe por los frutos que esperan de sus proyectos de reingeniería social, cabe decir que son los menos, prácticamente inexistentes.

El libro de Revel trata de poner en evidencia y valorar la fuerza de éste fenómeno. El  destape de la cerrilidad stalinista constató lo que era un secreto a voces: asesinatos, persecuciones y desplazamientos por millones de opositores o camaradas opuestos a las ideas imperantes. Hambrunas y ejecuciones por motivos de raza o nacionalidad.

Semejantes dislates debieron llamar a la realidad a los intelectuales de la Europa democrática, sin embargo, en su mayoría, sus ilusiones socialistas los mantenían rehusando  el horror soviético, en pos de impulsar el control centralizado de la riqueza y la producción, defender la lucha de clases, el partido único y la dictadura del proletariado. Todo en pro de una mítica igualdad con generalizado bienestar. A todo éste cuadro se enfrentó Revel.

Hoy, en todo el mundo, la tentación totalitaria sigue seduciendo a una ciudadanía embelesada por un propósito inmediato, aún a costa de sacrificar normas morales, derechos y garantías constitucionales instituidos para controlar al Estado y su avance sobre el individuo. Si bien no toda desviación de la ética y de los procedimientos del Estado de derecho conduce a un autoritarismo despiadado, su acumulación es un peligroso trayecto en esa dirección. Se impone la prudencia al aceptar cambios y mensurar adecuadamente sus consecuencias antes de quebrar normas o procedimientos fundamentales.

En la actualidad, Venezuela es un ejemplo de cómo caer en la tentación totalitaria. La elección del presidente Chávez y su discurso populista en pos de alcanzar el bienestar general con la renta petrolera, incitó a la ciudadanía a ceder a la misma, otorgando más poderes al Líder.

Las primeras víctimas, como usualmente sucede, fueron las libertades de información y prensa, el derecho de propiedad y los controles y equilibrios entre las instituciones del Estado.

Mientras la renta petrolera permitió una distribución arbitraria y populista de la misma, las medidas contra las normas morales y el Estado de derecho eran aceptadas sin cuestionamientos. Con la caída  del precio del crudo y una matriz productiva destruida, la renta es insuficiente. Escasez, delincuencia e inflación descontrolada son moneda corriente. Los cuestionamientos sociales son reprimidos con violencia. Asesinatos y presos políticos anuncian el fin de los últimos vestigios de democracia.

Hoy está en discusión la extinción de dominio. Inclusive en Argentina con un gobierno reconocido por la ciudadanía por su respeto a las instituciones democráticas, como el de Macri. Autoridades de los tres poderes, funcionarios de fuerzas de seguridad, legisladores, y muchos ciudadanos, arguyendo notables propósitos, exigen abandonar garantías constitucionales que protegen derechos fundamentales de los ciudadanos, con el plausible fin de acosar al narcotráfico, la corrupción y otras formas de crimen organizado, obnubilados, aún sin saberlo, por la tentación totalitaria.

Pero a no olvidar que instrumentos y competencias concedidas al gobierno pueden ser usados por ideologías diferentes a las que detenten el poder a la hora de aprobar las mismas. Además, con finalidades muy divergentes con las que ahora se contemplan.

Cuando Allende llegó a la Presidencia en Chile no necesitó ninguna legislación adicional para estatizar la producción. Las leyes estaban ahí.

Vale preguntarse, subyugados por la tentación totalitaria ¿Hasta dónde nos puede llevar quitar al Leviatán las cadenas que han protegido nuestra libertad?

Nosotros para nada somos inmunes a la tentación totalitaria. Seamos conscientes de sus potenciales costos y evitemos sucumbir a sus embrujos.

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