Mientras el dilema sea emisión o deuda, la decadencia será inevitable

El único dilema de siempre del sector público: ¿emisión o deuda? 

A un año del inicio de la pandemia del coronavirus, y de la prolongada y generalizada cuarentena argentina asociada a ella, que impuso un importante agravante a nuestra ya histórica y muy elevada volatilidad económica, se han disparado complejos e inciertos tiempos políticos en nuestro país. 

Tiempos en los que no solo los sistemas de los partidos políticos ya no existen como tales y las mismas ideas políticas están siendo reemplazadas por una rígida militancia de relatos ideológicos extremos, sino que también la actual clase política demuestra, en general y salvo excepciones, un elevado desconocimiento y un muy escaso interés por los fundamentos del crecimiento económico de las sociedades y por las condiciones extra económicas necesarias de su insumo crucial: la productividad global.

Resultaría entonces pertinente y oportuno tratar de generar algunas pocas “anclas” de, al menos, una relativa objetividad preideológica. Hace pocas semanas, una muy relevante figura política de nuestro país dijo que “Argentina era una nación donde morían las teorías económicas”; criterio este que, en una mayor medida, es generalmente compartido por muchos otros importantes decisores políticos locales, incluso de diversas preferencias partidarias.

Ello se agrava con la fase en la que ya ha ingresado actualmente la puja política argentina: la de la judicializacion extrema de las decisiones gubernamentales de política económica, confundiendo con las de corrupción.

Ya sean las primeras actos de gobierno tales como las ventas de divisas, que aún no se disponen, a futuro, llevadas a cabo por una administración; o por el excesivo endeudamiento con el FMI de otra gestión pública. Absolutamente todos los gobiernos nacionales de, cuando menos las últimas 4 décadas, heredaron de las gestiones anteriores tanto un stock de deuda pública, siempre creciente, como un flujo de déficit fiscal. También todos ellos se han enfrentado, simultáneamente, tanto a las cuotas de la amortización del capital ya adeudado y de los intereses convenidos, como al dilema de cómo disminuir el continuo déficit corriente de las cuentas públicas.

Asimismo, todos ellos ya han aportado sus sucesivas cuotas de nuevos y mayores impuestos sobre las familias y las empresas privadas para buscar el equilibrio del sector público, generando así un muy elevado nivel de presión fiscal, que se estima alcanzó ya tanto a su máximo grado de tolerancia social como a un correlativo gasto público muy superior al que se puede estimar como sostenible.

Obligando así a la economía argentina a una elevada informalidad y al ahogo de la actividad privada, productiva y formal, generando las periódicas crisis repetitivas, si bien siempre con posteriores lógicas recuperaciones, pero también siempre incompletas e insuficientes, que van colocando así a un cada vez mayor número de las familias argentinas en la penosa situación de la pobreza e incluso indigencia.

Cualquier libro de finanzas públicas señala que un aumento temporal de los gastos de un gobierno, financiado con el aumento de la base monetaria por encima de la demanda genuina de dinero, aumenta en forma permanente el nivel general de los precios. La tasa de inflación puede enfocarse así como un “señoriaje abusivo” del gobierno, a modo de un impuesto sobre los saldos de dinero en efectivo de las personas y las empresas. 

Asimismo, el mismo aumento de los gastos de un gobierno, pero financiado con más deuda pública también incrementa de forma permanente a los precios y no resulta sostenible si la producción potencial del país disminuye o incluso si permanece fija, y así crece la tasa de riesgo de nuestro país y los pagos de los intereses por la deuda pública se incrementan continuamente, conduciendo a un déficit creciente, que siempre precisará de nuevos préstamos.

Contrariamente a la referida y generalizada creencia, ya sea genuina o fingida, de una inédita excepcionalidad de Argentina, de la mayoría de nuestra actual clase política, pocos países en el mundo muestran una consistencia más sólida y robusta entre las acciones de política económica efectuadas y los resultados previstos por la economía como el nuestro; ello se verifica plenamente en cuanto a la persistencia de un creciente gasto público, continuamente superior al que resultaría sostenible, y la sola utilización de las referidas herramientas de emisión monetaria y/o de más deuda pública como únicos mecanismos de su financiamiento.

Si la puja política de Argentina continuará siendo predominantemente entre el dilema de más emisión monetaria o de más deuda pública para financiar a un siempre creciente gasto público; que además en términos de su calidad, es cada vez mayor en transferencias y subsidios y menor en obras y servicios; lo único sostenible será la persistente decadencia y subdesarrollo que observamos hace décadas de nuestro país. 

En realidad el referido dilema es un “tri lema”, pues existe también la voluntariamente ignorada tercera herramienta: la de la reducción del gasto público que no implica menos obras y servicios públicos. Pero, ella parece solo destinada, al decir de Andrés Malamud, a la serendipia de la aparición de un especial liderazgo político, claramente por fuera de los estereotipos de la actual clase política doméstica. 

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