En una ceremonia marcada por la ausencia forzada de la líder venezolana, su hija Ana Corina recibió el Premio Nobel de la Paz 2025, un reconocimiento global a la lucha por la libertad y el Estado de Derecho en Venezuela. Adriana Rodríguez, activista política con un firme compromiso en la defensa del liberalismo clásico y miembro de la red Ladies of Liberty Alliance (LOLA), escribe sobre la histórica jornada.

Oslo, 10 de diciembre de 2025. — Hay silencios que aturden y ausencias que llenan estadios. Hoy, en el Ayuntamiento de Oslo, la silla vacía de María Corina Machado no fue un símbolo de derrota, sino el testimonio más elocuente de la naturaleza de su lucha. Mientras la nieve cubría la capital noruega, el calor de millones de venezolanos se hizo sentir cuando Ana Corina Sosa, su hija, subió al estrado para recibir el Premio Nobel de la Paz 2025 en nombre de su madre y de una nación entera que se niega a rendirse.
Este galardón no es solo un reconocimiento a una líder política; es la validación global de una tesis que hemos defendido desde el liberalismo clásico: no puede haber paz verdadera sin libertad, y no hay libertad sin la vigencia del Estado de Derecho y el respeto a la dignidad individual.
Escribo estas líneas no solo como observadora, sino como testigo y parte de este engranaje. Tengo ya una década trabajando en el equipo de María Corina Machado, Vente Venezuela. Mis primeros pasos los di en el terreno, en Vente Nueva Esparta, bajo la guía de líderes como Luis Tarbay. Esa experiencia inicial se transformó en una diáspora activa, continuándola en Argentina durante los últimos siete años de la mano de grandes referentes como Adriana Flores y el inmenso equipo de Vente Argentina.

Aposté desde el primer momento a este proyecto por los valores y principios que constituyen la esencia misma de María Corina. Lo que vi en ella no fue un cálculo político, sino una mujer valiente, fuerte y “echa’ pa’lante”; una mujer capaz de dejar sus miedos a un lado para luchar por lo que cree. Durante años, muchos la subestimaron, la tildaron de radical por decir la verdad en tiempos de complacencia. Yo la respeto y la admiro, no solo como la “Dama de Hierro” que el mundo celebra hoy, sino como la persona honesta y coherente que transformó la forma de hacer política en Venezuela.
La ceremonia de hoy ha sido histórica por romper moldes. El presidente del Comité Noruego del Nobel, Jørgen Watne Frydnes, fue contundente al señalar que este premio marca una reorientación necesaria: premiar la lucha activa por la democracia como fundamento de la paz. Su discurso no fue diplomacia vacía; puso nombre y apellido a las víctimas del régimen: Samantha Sofía Hernández, Juan Requesens, Alfredo Díaz. Recordó al mundo que en Venezuela los niños son encarcelados y que la disidencia se paga con la vida.
Pero el momento cumbre llegó con las palabras de Ana Corina Sosa. Al recibir la medalla de oro, no habló de venganza, sino de reencuentro. “Estoy aquí para contarles una historia”, dijo, y esa historia es la de la separación forzada de millones de familias. Su discurso nos recordó que la lucha de María Corina no es por el poder per se, sino por un propósito sagrado: que los venezolanos puedan volver a casa.
María Corina Machado, favorita en las casas de apuestas, recibió el Premio Nobel de la Paz
Fue inevitable no conmoverse al escuchar el piano de Gabriela Montero, Danny Ocean y las notas del “Alma Llanera” resonando en Escandinavia. En ese momento, las fronteras se desdibujaron. La lucha de María Corina logró lo que parecía imposible: que el mundo no mirara hacia otro lado. Hizo de nuestra causa, la causa del mundo libre.
Lo que se vivió en 2024, y que hoy se premia en 2025, fue la demostración de ciudadanía más pura. María Corina rompió todos los moldes y superó obstáculos inimaginables. Fue capaz de unir a un país fracturado, visitando cada rincón, escuchando y elevando su voz para contar las historias de los olvidados.
Con trabajo duro, resiliencia y un amor inquebrantable por su país, logró ganarse el respeto y la admiración de cada venezolano, sin importar su estatus económico, social e incluso ideológico. Como bien señaló el Comité, la oposición democrática, liderada por Machado y validada en las urnas a través de Edmundo González Urrutia, utilizó las herramientas de la democracia —el voto, la organización ciudadana, las actas— para deslegitimar a la barbarie.
¿Hay posibilidades de cambio en Venezuela?
Hoy, María Corina recibe el Nobel en la clandestinidad, protegida por esa misma gente que ella defendió. Es la primera vez en la historia que una galardonada no puede asistir por estar perseguida por un régimen en ejercicio mientras recibe el premio. Esto envía un mensaje poderoso a todos los líderes democráticos del planeta: la indiferencia ante la tiranía ya no es una opción.
Como bien dijo Ana Corina en su discurso: “La libertad no es algo que debamos esperar, es algo en lo que nos convertimos”. Es una elección personal que se renueva cada día.
Este Nobel, como dice María Corina, es de todos. Es de los “comanditos”, de los testigos de mesa, de los presos políticos, de los que cruzaron el Darién y de los que nos quedamos organizando la esperanza desde el exilio. La libertad de Venezuela es hoy, más que nunca, una responsabilidad compartida.
Hoy el mundo es testigo de la historia. Hoy el mundo por fin puede ver lo que yo y tantos venezolanos que hemos tenido la dicha de conocerla y trabajar con ella sabemos desde hace más una década: lo valiente, lo inteligente, lo fuerte y, sobre todo, la gran mujer que es María Corina Machado.
El Nobel es nuestro, pero la tarea de reconstruir la república apenas comienza. Y la haremos, como ella nos enseñó: hasta el final.



