Los gobiernos “retan” a los ciudadanos por la inflación… que ellos generan

La inflación argentina 

Las economías, históricamente, se desenvuelven siempre en los contextos de las situaciones políticas. Ello no significa, como equivocadamente se interpreta, que la sola voluntad política puede “torcer” a los principios fundamentales del ortodoxo arte de las buenas prácticas de la administración de las economías, especialmente de las cuentas publicas. 

La muy relevante contribución positiva, que sí puede y debe efectuar la política a la economía es la de asegurar la mayor confianza posible de una sociedad en la potestad de su propio poder público. La de considerar al gobierno como capaz de sostener la vigencia, en el largo plazo, de un conjunto suficiente de reglas económicas estables, relativamente racionales y fáciles de interpretar.

Antes, eran los explícitos reyes y/o reinas los que las dictaban a las reglas económicas en sus dominios territoriales. Ahora son los presidentes y/o los primeros ministros de los países, mediante las diversas instituciones económicas de sus sistemas de gobiernos, de diferentes calidades relativas, los que las fijan y obligan a su cumplimiento.

Aquellas reglas económicas que permitan las mejores y mayores interacciones posibles de los ahorristas con los bancos y los inversores; de los consumidores con los comerciantes y los productores; de los empleados con los empleadores y los empresarios, etc; serán las que propiciarán un mayor progreso conjunto relativo de las sociedades.

Como una necesaria presentación general de la complejidad del actual contexto político de Latinoamérica, resulta adecuado lo que el politólogo Juan Iramain nos comenta acerca de una reunión de su especialidad realizada en los EEUU en el 2015. Allí, un expositor iniciaba su alocución con un intrigante: “recuerden 3 números: 60, 30 y 0”. 

Luego explicaba: El 60% son las personas de la región que ya se consideran, y definitivamente, a sí mismas como pertenecientes a la llamada clase media; El 30% son las que realmente lo son y el 0% era la expectativa del crecimiento económico promedio de la región de aquellos años, luego del “súper ciclo” de los elevados precios relativos de los alimentos, de la energía y de los minerales. 

Agregaba luego aquel expositor un número más: el 13. Era la cantidad de países de la región en los que sus presidentes estaban habilitados a competir por su reelección, en contextos de una frustración general y con economías débiles. Era obvio que iban a gastar más que sus ingresos para superar el mal humor social en el corto plazo e intentar así sostener su poder político. 

Hoy, 5 años después, son los índices de inflación los que están señalando tanto a los gobiernos, y a sus instituciones, que ahorraron en la bonanza y que están transitando la muy compleja circunstancia social, al menos con una baja inflación anual (de un promedio de 1 dígito en casi toda la región), como también a aquellos otros países, como el nuestro, que lo hacen con alta inflación, por no haber ahorrado durante el ciclo favorable y financiarse después con excesos de emisión monetaria y/o de deuda pública.

Dejando de lado a Venezuela por la creciente desmesura de su ya muy prolongada hiperinflacion, quedamos solos en Latinoamérica con una alta y continúa inflación de 2 dígitos desde hace 15 años. Con la llamada “ilusión monetaria” ya perdida, nuestra moneda es únicamente utilizada para las transacciones menores y cotidianas y solo nos evita ser una economía de trueque (un sistema que la humanidad dejó atrás hace alrededor de 3.000 años). Ya no lo consideramos al peso como una unidad de cuenta de ningún bien o servicio relevante, ni como una reserva de valor económico de nuestros ahorros ni, por ende, de nuestras inversiones. 

Se trata de una ya explícita y profunda crisis de confianza de la sociedad en su propia moneda nacional; lamentablemente con fundamentos muy válidos, por el irresponsable comportamiento histórico de las propias instituciones públicas que la administraron. Pero, la inflación no sólo tiene un origen monetario; también opera luego la inflación llamada estructural, que es la que ocurre cuando se intenta corregir a los precios relativos distorsionados, pero muchos de ellos resultan nominalmente inflexibles a la baja, “empujando” al resto de los precios al alza.

Por último, también operan las expectativas negativas, llamada la “inercia inflacionaria”; porque la economía es un sistema que reacciona, y cada vez más inmediatamente, a las predicciones que se efectúan sobre ella. Queda claro, que la confianza sigue siendo la insustituible materia prima de cualquier moneda.

A este fundamental concepto ya lo comprendía cabalmente, hace más de 3 milenios, cualquier Rey que se disponía a acuñar su propia moneda. Si alguien la imitaba, se consideraba que falsificaba a la misma firma del propio Rey, que violaba a su soberanía y era considerado un muy grave delito de “lesa majestad”, que se castigaba incluso con la pena de muerte. 

Esa era la justificada importancia que los reyes asignaban a sus monedas. Porque la “salud económica” de las mismas, al ser aceptadas como la unidad de las transacciones, de la cuenta de los stocks y de la reserva de valor económico de los ahorros, incluso hasta por parte de los súbditos de otras comarcas distantes de otros reyes, seguramente menos confiables, ampliaban así a sus imperios aún más que mediante sus propios ejércitos.

Objetivamente, las variaciones de nuestros precios domésticos, desde la sanción de la ley de la denominada “caja de conversión” de 1899, acompaño, incluso hasta algunos años después de concluida la Segunda Guerra Mundial, el ritmo de los precios de los países con las monedas consideradas más estables.

Hasta entonces, nuestras variaciones de los precios internos respondían exclusivamente a las causas externas, como las guerras o las crisis económicas internacionales. Pero, a partir de 1946, hace más de 7 décadas, adicionamos a las causas exógenas también a las razones internas referidas: los desequilibrios por la inflación monetaria, por la estructural y por la derivada de las expectativas negativas. Existen, al menos, 3 clases de inflación y las tenemos a todas. 

Por eso resulta, cuanto menos paradójico que, recurrentemente, sean nuestros propios gobernantes, los que apenas asumen el poder político “reten” a sus propios ciudadanos por la inflación, por su fundada falta de confianza en una moneda que los mismos gobiernos enfermaron sistemáticamente para financiar el gasto público. Además, estos recurrentes “retos” se efectúan hasta involucrando, erróneamente, a la psicología. Una ciencia que hizo, hace y hará continuos y muy importantes aportes a la economía.


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