Los cien de Astor: Balada para un loco de la libertad

Astor: Del prejuicio a la universalidad.

Corría el mes de noviembre de 1969 y la Argentina transitaba velozmente hacia una de las décadas más violentas de su historia. El prejuicio y  resentimiento de algunos, obstaculizaba la plenitud cultural de los sesenta. El boom cultural argentino, sufría su propia grieta.

La cita era en el mítico estadio Luna Park de la Ciudad de Buenos Aires, sede del Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción. El ambiente era denso, masivamente intolerante. La gran final estaba cercana.  “Dos o tres que se decían comunistas, empezaron a panfletear la popular, diciendo que Balada para un loco era un tango bacán, aristocrático, porque hablaba de Callao, de Arenales. No hablaba de Almagro, o Villa Crespo. Y eso era como una hinchada de fútbol. Empezaron a insultarme”, recuerda Amelita Baltar, inolvidable intérprete de esta exitosa y singular obra, creación de Astor Piazzola y Horacio Ferrer.

Esa tórrida tarde porteña, de apretujones, sillazos y botellazos coronó finalmente al “Ultimo tren” interpretada por Jorge Sobral, por sobre la exótica “Balada…”, pero la historia recién comenzaba,  y en pocos días, esta ya había vendido doscientos mil discos.

Piazzola sufría, por aquellos tiempos, una permanente critica, algunos decían que lo suyo no era tango, no lo comprendían, el propio Astor doblaba la apuesta y expresaba: “Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires.”

Sin embargo Aníbal Troilo, “Pichuco” una tarde llamo por teléfono a Piazzola para decirle, que había creado “una segunda Cumparsita”, ante la emoción del propio Astor, por este comentario de uno de los grandes del tango.

La obra de Piazzola ha sido inmensa, reconocida en todo el mundo y nos acompaña, sin diferencia de nacionalidades, pero es porteña. La emoción compartida por la princesa Máxima, durante su feliz y solitaria boda, al escuchar la impresionante “Adiós Nonino”, nos embarga en cada viaje, en cada rincón del mundo, en donde algún músico callejero la interpreta y nos lleva a rebuscar, nostalgiosos, alguna moneda de nuestros bolsillos.

Se cumple el centenario del nacimiento de Astor Piazzola, un creador inconmensurable de la música argentina, llamada eufemísticamente música ciudadana por unos, o tango por otros, pero que refleja lo más profundo de Buenos Aires, esa ciudad diversa y universal, cuyo semblante supo traducir cabalmente y vaya si lo hizo, con su “Verano Porteño”, que nos contagia su  febril agobio.

Ya se terminaron los días del prejuicio y la incomprensión. Astor nos dejó a principios de los noventa desde su amada Buenos Aires. Su música es universal, se interpreta por todos, el mundo la hizo suya, en libertad, sin etiquetas ni sectarismos, sin barras bravas ni barbarie.

¡Salud, maestro!

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