Las falsas cuarentenas y las nuevas formas de esclavitud

Libertades y derechos individuales

Por Carlos Sabino*

Un poco de historia

Desde los más remotos tiempos de los que tenemos noticias, la humanidad ha sufrido el embate de enfermedades contagiosas cuyos agentes transmisores, generalmente, son invisibles para el ojo humano o imposibles de detectar con facilidad. Parásitos, bacterias y virus han amenazado la existencia de las poblaciones humanas, ocasionando infinidad de muertes y severos daños a las personas.

Contra la propagación de enfermedades ha sido tradicional implementar una medida llamada cuarentena, consistente en el aislamiento de las personas en riesgo y de sus acompañantes, para evitar la transmisión de este tipo de plagas.

La primera cuarentena de la que se tenga noticia cierta fue impuesta por los llamados Guardianes de la Salud Pública en la República independiente de Venecia, en 1348, ante los avances de la llamada peste negra, también conocida como peste bubónica. A los barcos que llegaban a la ciudad no se les permitía desembarcar pasajeros por un lapso de 40 días, un tiempo prudencial para que los viajeros se repusieran… o se murieran.

Esta pandemia, según estimaciones, causó la muerte de más de más de un tercio de la población de Europa, posiblemente unos 100 millones de personas.

Aún en tiempos más antiguos, para escapar de las muchas plagas que azotaban a la humanidad, se conocía el consejo de actuar cito, longe, tarde, palabras en latín que significan “vete pronto, lejos y tarda en regresar”. La recomendación era valiosa, para quien estuviera en condiciones de ponerla en práctica, aunque traía como contrapartida el peligro de difundir la enfermedad hacia nuevos lugares, pues quien huía de la peste podía ser, sin saberlo, portador del agente que la producía.

Las cuarentenas, en tiempos más modernos, se complementaron con otras medidas que permitían combatir mejor las epidemias. Célebre fue la acción del doctor Gorgas, en Panamá, que resultó decisiva para poder finalizar con éxito la construcción del canal interoceánico.

Gorgas se ocupó de crear hospitales higiénicos donde se pudiera aislar con efectividad a los enfermos, y de que se drenaran pantanos, se usaran mosquiteros y se trataran adecuadamente los sistemas de suministro de agua, con lo que se pudo controlar la difusión de los mosquitos que transmitían la fiebre amarilla y el paludismo o malaria.

Durante las epidemias fue frecuente que la población, sobre todo la menos culta y más supersticiosa, atribuyera las plagas a ciertos agentes, humanos o sobrenaturales. Se hablaba de la ira de Dios y su castigo, de ciertos grupos humanos como los judíos o los inmigrantes, del gobierno o de quienes pertenecían a diferentes creencias religiosas o políticas. En Guatemala, cuando todavía pertenecía a la Federación de Centroamérica, estas acusaciones acabaron con el gobierno de Mariano Gálvez en 1838, por ejemplo.

Lo nuevo de la pandemia actual

La situación que se ha vivido, y aún se vive, con la pandemia desatada por el COVID-19, es diferente y única en la historia humana. La respuesta ante la enfermedad ha sido lo que podría llamarse una cuarentena “inversa”, un confinamiento no solo de los afectados por el virus, sino de toda la población de países enteros, en casi todo el mundo. Así se ha procedido no solo en China, donde comenzó la epidemia, sino en países democráticos y autoritarios, grandes o pequeños, sin distinción, en todos los continentes. ¿Por qué se ha producido esta reacción tan drástica e indiscriminada? ¿Hasta qué punto se han afectado los derechos y las libertades de las personas?

¿Qué efectos han producido estas medidas? Se tratará de dar respuesta, en este capítulo, a las dos primeras preguntas formuladas, pues la tercera –sobre los efectos producidos- se tratará más detenidamente en otras secciones de este informe.

Lo primero que conviene señalar es que la pandemia actual no es, ni remotamente, la más peligrosa que haya sufrido la humanidad. Unos pocos datos bastan para sustentar esta afirmación. Hacia octubre de 2020 el COVID-19 ha afectado a una parte muy reducida de la población mundial, unas 4 personas por cada mil habitantes, y la tasa de mortalidad ha sido relativamente baja, de alrededor del 3%, bastante menor que la de otras enfermedades contagiosas, antiguas o modernas.

Flagelos como la tuberculosis, la malaria y hasta la gripe común o influenza, muestran por su parte una incidencia actual de similares o mayores proporciones. Así, esta última enfermedad causa unas 650.000 muertes anuales: el COVID, por lo que puede estimarse, no llegará siquiera a duplicar esta cifra en todo 2020. La malaria, una enfermedad curable y controlada desde hace tiempo, causa casi la misma cantidad de víctimas anuales y la tuberculosis un millón y medio de fallecidos por año, más que el virus al que enfrentamos actualmente.

No es pues la gravedad de la enfermedad la que ha provocado una reacción tan intensa en todo el mundo. ¿Qué es, entonces, lo que ha ocurrido?

Hay que recordar, para empezar, que la primera reacción general ante la amenaza fue sencillamente de pánico. Pánico ante lo desconocido, algo que ya se había insinuado en anteriores episodios de enfermedades contagiosas, como el SARS o el SIDA, por ejemplo, pero que no habían producido una reacción semejante. Un pánico alimentado por la ignorancia, pues poco se conocía, a comienzos de este año, sobre los importantes detalles que facilitan la prevención y la cura frente a una nueva pandemia, y por otros factores, que luego analizaremos, que tienen que ver con los valores y actitudes que hoy día prevalecen en el mundo.

A este ambiente, un tanto crispado ya, se sumaron dos circunstancias que vale la pena tomar en cuenta. Por un lado, que nos hallamos ante un mundo en que las comunicaciones viajan a la velocidad de la luz, plagado de informaciones verdaderas o falsas, bien o mal intencionadas, que dieron a la pandemia el carácter de noticia mundial. Y este mundo globalizado impidió, además, que la vieja fórmula de “pronto, lejos, tarde” pudiera ser aplicada ahora. No había adónde ir, pues todo el mundo estaba afectado ya, o a punto de ser afectado, por el virus; no quedaban lugares lejanos a donde escapar.

El segundo factor de importancia en la drástica respuesta que se adoptó fue el papel que actualmente ha asumido el estado en todo el mundo. Hoy, a diferencia de lo que ocurría hace justo un siglo –cuando brotó la pandemia de la llamada “gripe española”- la salud es considerada como una responsabilidad del estado.

Todos los países tienen un sistema estatal de salud, casi siempre gratuito, y a él se le encomendó, implícita o explícitamente, responder ante la pandemia. Ante un público temeroso, pero que a la vez exigía respuestas contundentes, los gobiernos quedaron en capacidad de actuar del modo más extremo y riguroso. Algunos gobernantes trataron de responder de una forma más moderada y sensata, pero la opinión pública, en términos generales, se mostró contraria a lo que se percibió como una actitud despreocupada e irresponsable. De este modo se produjo una combinación de circunstancias realmente muy desfavorable a las libertades individuales: gobiernos que estaban dispuestos a adoptar cualquier medida con tal de no aparecer como indiferentes y, por su parte, una ciudadanía acostumbrada a delegar en ellos algunas de sus básicas responsabilidades individuales, que exigía protección y seguridad.

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Por esta razón se adoptaron diversas medidas que fueron desde la suspensión de actividades económicas, toques de queda, paralización del transporte público, confinamiento de personas mayores de edad, prohibiciones de reuniones -incluso familiares- hasta el confinamiento total, vigilado estrictamente. Sobre el valor y la efectividad de tales disposiciones queda abierta una duda, que parte de la siguiente pregunta: ¿qué hubiera pasado si, en vez de actuar de este modo, se hubiese recomendado al público tomar responsablemente ciertas medidas para su propia protección, nada más, como ocurre con todas las otras enfermedades existentes? Es imposible saberlo, claro está, pero en todo caso es una duda razonable, que presentamos para no caer en la falsa postura de asumir que no había otra alternativa a proceder como se lo hizo.

En todo caso es posible afirmar, después de tantos meses, que las medidas extremas que se tomaron no impidieron el desarrollo de la pandemia, sino que simplemente han retrasado su expansión y su posterior fase de amortiguamiento. Las cifras de los países que aplicaron una cuarentena más larga y más estricta, no son mejores, sino en general peores, que las de los lugares sobre se adoptó una política más moderada. Pero, en cambio, han producido efectos nocivos de una magnitud incalculable: en la economía, las relaciones interpersonales, el papel del estado y hasta en la salud de la gente. Y aquí vale puntualizar que la economía no es algo que esté más allá de la vida cotidiana de las personas: cuando decimos economía, y se habla de magnitudes abstractas como el PIB, nos referimos a lo que hacen los agentes económicos, los productores y los consumidores, los individuos que trabajan, compran y venden. Que somos todos.

No hay pues una oposición o disyuntiva entre “economía” y “salud”, pues son las mismas personas las que padecen enfermedades y las que consumen o producen.

El individuo frente al estado

Los derechos individuales básicos, el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, han quedado severamente afectados, o por lo menos suspendidos indefinidamente, durante los meses en que se han tomado estas medidas de confinamiento y de restricciones a la actividad humana. ¿Podrán restablecerse? Lo grave de la situación es que esta vulneración de los derechos no ha sido impuesta por la exclusiva voluntad de gobernantes totalitarios sino con el apoyo, la anuencia o, al menos, sin la protesta activa de la mayoría de los ciudadanos. La gente ha reaccionado transfiriendo al estado sus responsabilidades, si no expresamente, al menos sin reclamar de un modo activo contra lo que se estaba haciendo. Y luego se ha encontrado con que le era imposible echar marcha atrás: una vez que se establece un confinamiento forzoso queda prácticamente anulado el derecho a la protesta; una vez que se impiden determinadas actividades económicas no hay ya modo de retomar los negocios como si nada hubiera pasado.

Las libertades individuales al libre tránsito, el derecho a la protesta y la disposición libre de la propiedad quedaron así violadas por las disposiciones de gobiernos que actuaron y actúan de un modo que podrían envidiar los sátrapas de la antigüedad o los reyes absolutos. Lo han hecho escudados en un mandato a la protección de la salud que se interpretó sin posibilidades de discusión, arbitrariamente, sin permitir siquiera el escrutinio de la ciudadanía.

El derecho a la libertad es inconcebible sin su contraparte, la responsabilidad individual. Y es lógico que, ante una pandemia, esta responsabilidad lleve a extremar los cuidados personales: usar elementos protectores, distanciarse de las posibles situaciones de contagio, tomar medidas preventivas de diversa índole. Es natural que la gente lo haga, unos más, otros menos, de acuerdo a la información disponible y a sus propias convicciones.

El problema no es ese. Una persona puede confinarse a sí misma a su casa, y tal vez esto sea lo más conveniente para ella en determinadas circunstancias, pero esto es muy diferente a que, desde el estado, se la obligue a permanecer encerrada. En relación a los derechos individuales es esencial distinguir entre lo conveniente y lo obligatorio. Algo puede ser conveniente o recomendable, y es legítimo que se trate de convencer a la gente para que lo haga, pero otra cosa, absolutamente diferente desde el punto de vista moral y político, es obligarla a que proceda de determinada manera.

Al borrar la distinción entre lo voluntario y lo obligatorio se pasan por alto sustantivas diferencias individuales, porque lo que puede ser conveniente para unas personas puede ser muy negativo para otras.

Las estadísticas, en tal sentido, suelen ser engañosas, porque son simples agregados que no distinguen las circunstancias específicas de cada caso. Pero, aparte de esto, existe una diferencia fundamental: lo obligatorio conlleva la sanción represiva, las multas –que pueden ser expropiatorias por su cuantía- o el encarcelamiento. El no cumplimiento de una acción recomendable, por otra parte, solo puede llevar a una sanción moral por parte de la sociedad, a una crítica o un reclamo, pero a nada más.

La actividad del estado se basa, en última instancia, en el uso de la fuerza: no es un estado aquella entidad que no puede reclamar para sí el uso legítimo y exclusivo de la violencia, según la conocida definición de Max Weber. En un estado de derecho existen plenas garantías para los ciudadanos, pero cuando se declara un estado de excepción, de calamidad, de emergencia o de urgencia –los nombres varían según las legislaciones nacionales- quedan suspendidos muchos de tales derechos. Eso es lo que ha sucedido durante esta pandemia y por eso las consecuencias deplorables que ha tenido desde el punto de vista jurídico y social.

Los gobiernos han podido pasar por encima de las limitaciones que les imponen las leyes vigentes. Han decidido en algunos casos que todas las personas permanezcan en sus casas, o que tengan que hacerlo solo los mayores de cierta edad o quienes padecen enfermedades o condiciones específicas –como la hipertensión o la diabetes-, han dispuesto qué actividades productivas tienen que paralizarse por completo o en parte, han trazado una absurda línea entre lo que es “esencial” y “no esencial” en la economía, han cerrado fronteras y han limitado la circulación de personas, vehículos y transportes colectivos. En suma, en prácticamente todo el mundo, han quitado de un plumazo todos los derechos humanos básicos, impidiendo la libre circulación y las actividades productivas, imponiendo medidas que ni siquiera suelen tomarse cuando hay un estado de guerra. Y, para colmo, lo han hecho por tiempo indefinido, sin límite preciso para volver a la normalidad.

De pronto, ante una amenaza incierta y difícil de evaluar, miles de millones de personas hemos pasado a vivir en estados totalitarios, y por tiempo indeterminado. Porque no se ha fijado el término de las restricciones impuestas ni las condiciones concretas en que habrán de terminar. Esto último debe destacarse porque nadie sabe, ni puede saber, la evolución que tendrá la pandemia. Los contagios podrán seguir durante largo tiempo, lo mismo que las muertes que se producen ante la ausencia de tratamientos que resulten efectivos para la prevención y la curación. ¿Seguiremos entonces así, indefinidamente, por un largo tiempo, con restricciones a nuestros movimientos y una empobrecedora paralización económica? ¿Se convertirán el distanciamiento social y otras restricciones en la nueva “normalidad” con la que tendremos que vivir?

Hay un elemento más que agrava estos interrogantes, pues debe tomarse en cuenta que la emergencia de nuevas enfermedades ha sido una constante en la historia humana. Recordemos, además de las que hemos mencionado hasta aquí, la aparición aterradora de la poliomielitis o el SIDA durante el siglo XX. Cabe preguntarse, por eso: ¿volveremos a este confinamiento, negador de derechos, cuando mañana, o dentro de unos años, aparezca una nueva plaga?

¿Habremos de cancelar entonces el estilo de vida y, sobre todo, las libertades de las que hemos gozado hasta ahora como algo casi natural e inviolable?

El trasfondo cultural

Dos elementos han permitido, como decíamos, que la pandemia actual haya tenido una respuesta tan drástica y generalizada, tan novedosa y universal. Porque, como se dijo, nunca se implantó una cuarentena general a países enteros, y –por otra parteno ha habido variaciones mayores en cuanto a las medidas tomadas, ya se trate de dictaduras o de democracias, salvo muy pocas excepciones. El primer elemento es la posición que el estado asume en las sociedades modernas, bastante diferente al que tenía hace un siglo; el segundo, más complejo de analizar y ligado íntimamente al primero, es el comportamiento de las personas, sus valoraciones y actitudes.

Al estado se le ha entregado, en las sociedades modernas, casi todas laicas, la responsabilidad última por la salud, actividad que antes solo desarrollaba marginalmente y que asumían instituciones religiosas y privadas. A pesar de que en América Latina existe la medicina privada, de muy buena calidad en muchos lugares, al desatarse la pandemia casi todos los gobiernos decidieron tomar la extrema medida del confinamiento general, de la cuarentena total. Las sociedades, en general, aceptaron bien estas medidas: las exigieron en algunos casos o, al menos, las aceptaron sin mayor discusión o protesta. ¿Por qué? Básicamente porque se trataba de la salud. La protección de la salud, puesta por encima de cualquier otra consideración, resultó, en un ambiente confuso de pánico y de poca información confiable, la clave para que se pudieran vulnerar de un plumazo las libertades individuales.

La gente aceptó esto porque, en la actualidad, predomina una marcada aversión al riesgo. Para evitar peligros que solo se presentan muy raramente suelen adoptarse conductas, realizar procedimientos y emplear toda clase de productos que, en definitiva, implican costos que solo sociedades relativamente ricas pueden absorber. En tiempos anteriores la gente se transportaba, se divertía y vivía, en general, corriendo riesgos que hoy resultan inaceptables. Esta nueva actitud, que algunos comparten aunque otros no, pero que la mayoría asume sin mayor reflexión, ha desembocado en la desproporcionada respuesta a una epidemia que, si bien llega a letal, no tiene la terrible incidencia de otras enfermedades.

A esta extremada aversión al riesgo hay que sumar lo peculiar que tiene la situación actual. Porque es difícil oponerse contra severas medidas de restricción a las libertades, pues el mismo confinamiento lo hace casi imposible, pero además no es lo mismo protestar por razones políticas –gobernantes que usurpan poderes o permanecen ilegalmente en el poder, por ejemplo- que contra gobiernos que restringen las libertades por el supuesto bien de los ciudadanos. En este último caso quienes intentan rebelarse pueden ser fácilmente tildados de irresponsables por su exposición a riesgos que no parece aceptable correr.

Gracias a los medios de comunicación actuales, además, los efectos de las restricciones a la libertad han podido ser de algún modo suavizados: clases por internet, teletrabajo, reuniones virtuales de todo tipo y otros recursos, como la facilidad de tener comunicaciones de larga distancia, han hecho que las personas se inclinen a tolerar por más tiempo los confinamientos impuestos.

El ser humano, siempre adaptable, ha logrado encontrar también cierto consuelo en vivir de un modo más sosegado, escapando a los tormentos de las ciudades superpobladas de hoy, de un ritmo de vida que se ha ido acelerando en los últimos tiempos provocando estrés y otros problemas, personales y sociales. Tal vez, lo decimos apenas como una conjetura que sabemos casi imposible de probar, la especie humana ha encontrado ahora que puede cambiar mucho de su estilo de vida y que debe aprovechar mucho mejor los recursos tecnológicos que posee.

Conclusiones

La respuesta del mundo ante la pandemia ha sido tan extrema y tan brutal, puede decirse, que entraña un peligro cierto para la libertad. El hecho de que ha sido impuesta sin mayores debates o discusiones, por la decisión unilateral de unos pocos, abre un interrogante sobre la importancia que los seres humanos concedemos a nuestra libertad. Su prolongamiento, indefinido de hecho, refuerza esta preocupación: ¿viviremos siempre así, restringiendo nuestras actividades y mov imientos, ante la aparición de nuevos agentes patógenos que inevitablemente se producirá, motivados por la aversión a correr cualquier clase de riesgos? ¿Aceptaremos vivir de un modo limitado para evitar, paradójicamente, el enfermarnos?

Son solo preguntas sin respuesta, que solo tienen como propósito exponer las legítimas inquietudes que surgen de lo acontecido. Lo cierto es que, de un modo transitorio -aunque indefinido- por razones atendibles -pero también muy discutibles- se han conculcado libertades que creíamos casi naturales, evidentes, inalienables.

Es hora, por lo tanto, de afirmar los valores liberales ante los peligros que, por cualquier excusa, pueden amenazarnos en lo sucesivo. Es imperioso recordar que la libertad personal está indisolublemente unida a la responsabilidad que cada uno tiene sobre su propia vida. Responsabilidad que, al cederse al estado o a cualquier otra institución, nos lleva a una nueva forma de esclavitud, inconcebible hasta ahora pero más profunda aún que la que existía en los siglos pasados.

Carlos Sabino expuso el material precedente en el informe 2020 de #RELIAL, relacionado a la pandemia y sus efectos en Latinoamérica y en la libertad. El informe completo puede leerse acá

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