La discusión sobre la Carta Orgánica del Banco Central, impulsada por el Gobierno, expuso una vez más las dificultades de la política argentina. Alberto Benegas Lynch cuestionó el rol histórico de la entidad y la defendió como herramienta de financiamiento de los gobiernos, mientras Ramiro Castiñeira aportó el dato de los 13 trillones por ciento de inflación acumulada en 90 años y pidió mirar hacia adelante.

La discusión por la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central volvió a exponer una de las dificultades más persistentes de la política argentina: incluso cuando existe coincidencia sobre un objetivo, la discusión termina contaminada por las disputas partidarias, las heridas del pasado y las dificultades para construir confianza entre quienes deberían estar buscando acuerdos.
Todo comenzó con la exposición de Alberto Benegas Lynch, quien cuestionó el papel histórico del Banco Central y sostuvo que su autonomía, lejos de haber protegido a los argentinos, terminó convirtiéndose en una herramienta de financiamiento de los gobiernos. “El Banco Central ha sido la vaca sagrada del siglo XX y ha estafado a la gente, porque en definitiva le bajó el poder adquisitivo del dinero y nos ha empobrecido”, afirmó.
En esa línea, Benegas Lynch defendió la reforma de la Carta Orgánica impulsada por el Gobierno y cuestionó los objetivos sociales que actualmente contempla la normativa. Según su interpretación, esas funciones le dieron al kirchnerismo y a otros gobiernos herramientas para utilizar los recursos del Banco Central para financiar la política.
Francisco de Miranda, un liberal sudamericano de fuste
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Veinte siglos después, su figura —y su trágico final— sigue siendo el espejo brutal de lo que América Latina hace con sus mejores hijos. Por @ABENEGASLYNCH_h https://t.co/I6z4T2W15M pic.twitter.com/JbzGREnnrr
En medio de esa discusión apareció el economista Ramiro Castiñeira, director de Econométrica, quien defendió la necesidad de avanzar con una reforma que limite la utilización política del Banco Central. Para poner en perspectiva el problema argentino, Castiñeira aportó un dato impactante: “Argentina acumula 13 trillones por ciento de inflación” a lo largo de aproximadamente 90 años.
Según explicó, durante ese período la Argentina atravesó distintos gobiernos y prácticamente todos contribuyeron, en mayor o menor medida, a períodos de inflación elevada. La excepción más clara, señaló, fue la convertibilidad durante el gobierno de Carlos Menem, cuando se consiguió una estabilidad de precios comparable con la de otros países.
“Estamos hablando de una estabilidad de precios notable”, sostuvo Castiñeira al recordar aquella etapa. Y agregó que incluso hubo períodos de deflación.

Para el economista, sin embargo, la discusión importante no está en revisar permanentemente quién tuvo la culpa en el pasado, sino en establecer reglas que impidan repetir el problema. En ese sentido, comparó la reforma propuesta en la Argentina con el funcionamiento del Banco Central de Brasil.
“Lo importante es hacia adelante. Después, llorisqueo para atrás no tiene sentido”, afirmó. Y explicó que Brasil mantiene reservas superiores a los 300.000 millones de dólares y una inflación mucho más baja porque, según su interpretación, su Carta Orgánica limita la utilización política de los recursos del Banco Central.
La entrevista, sin embargo, volvió a quedar atrapada en la discusión política. La pregunta era si una defensa técnica de la reforma podía convivir con cuestionamientos al macrismo, especialmente cuando el Gobierno necesita construir alianzas con sectores que fueron determinantes para la aprobación de algunas de sus leyes.
Más allá de la salud mental y la precariedad laboral, un fenómeno silencioso se consolida entre los 18 y 30 años: cada vez menos citas, parejas y relaciones. La distancia no es solo física, sino ideológica. https://t.co/aauekT5VPF pic.twitter.com/Kdhp2dqJhW
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La cuestión de fondo es que hay coincidencias que deberían ser bastante sencillas. Es difícil encontrar a alguien que defienda la inflación como una política deseable. También resulta difícil sostener que el Banco Central no debería tener autonomía suficiente para cuidar el valor de la moneda.
Pero el problema aparece cuando esas coincidencias se convierten en acusaciones cruzadas y en una revisión permanente de quién fue responsable de qué cosa durante las últimas décadas.
Castiñeira insistió en que la Argentina viene atravesando un proceso de corrección de una situación extraordinariamente grave. “La inflación pasó de 300 a 30. Evidentemente está corrigiendo la situación”, afirmó. Al mismo tiempo, reconoció que el proceso no avanza a la velocidad que muchos desearían.

Según explicó, un informe del FMI sobre episodios de inflación elevada e hiperinflación muestra que los países que llegaron a niveles de tres dígitos suelen tardar entre cuatro y seis años en regresar a una inflación de un dígito. En ese marco, sostuvo que la Argentina podría acercarse a ese objetivo hacia 2028 si mantiene el proceso de equilibrio de las cuentas públicas y logra evitar la emisión monetaria destinada a financiar al Tesoro.
Ahí apareció otra de las discusiones centrales: qué está haciendo hoy el Banco Central y hasta qué punto dejó atrás el mecanismo tradicional de emisión para financiar al Estado. Castiñeira sostuvo que la autoridad monetaria está atravesando un proceso de reorganización después de años de utilización de sus herramientas para financiar el déficit.
Pero, más allá de las cuestiones estrictamente técnicas, quedó una enseñanza política en la discusión. No alcanza con tener razón en el diagnóstico. Tampoco alcanza con coincidir con una reforma. En política, la forma en que se construye una mayoría puede ser tan importante como la propuesta que se quiere aprobar.
Entrevista de Alberto Lotuf.



