La marcha de la dignidad

Una verdadera democracia no sólo se mide por el nivel de apertura económica y cultural de un país, o de la fortaleza de sus instituciones en garantizar transparencia e imperio de la ley, sino que también descansa en una ciudadanía movilizada.

Los ciudadanos movilizados por causas nobles que hacen a la defensa de las libertades, de las instituciones republicanas de gobierno, contra las injusticias que conculcan derechos garantizados por las Constituciones Nacionales, o bien por el simple hecho de solidarizarse con aquellos que sufren situaciones dramáticas, son dignos de portar la bandera de Defensa de la Democracia.


En efecto, lejos de subestimar la marcha del 17A y a los ciudadanos movilizados tildándolos como simples “odiadores de turno”, “antisociales”, “petardistas sin motivo”, “insensibles anti cuarentena”, u otras etiquetas que debemos escuchar en boca de varios comunicadores y moralistas del orden, los demócratas liberales debemos festejar estas acciones como garantes de nuestros valores democrátricos.


Sin buses ni lideres mesiánicos que apelan al verdadero “odio” contra el otro -contra ejemplo de una verdadera sociedad movilizada democráticamente-, los ciudadanos que se movilizan sólo por defender valores que apelan a cuestiones tan abstractas como la República y la Libertad, no deja de sorprender en nuestra Argentina que ha sido condenada a la ignomia desde hace más de 60 años.


Mucho se ha dicho en estallidos sociales anteriores, que la clase media solo sale a “cacerolear” cuando le tocan el bolsillo, pero esta sociedad argentina ha madurado. Malas noticias para aquellas fuerzas politicas que no entienden -o no aceptan-, esta evolución cívica. ¿Dónde quedaron los dueños de las calles? ¿Dónde quedó el mar de banderas ideológicas que otrora se imponían como únicos motivos de lucha? ¿Cómo explicar que los sectores medios y “acomodados” defiendan causas nobles? Todos estos interrogantes rondan en la cabeza de los que intentan mantener en vida al Antiguo Régimen.

No importan las religiones, ni los idiomas, no tienen cabida las distancias o las historias, mucho menos las medidas gubernamentales que promueven el miedo; sólo se perciben nuevas clases medias movilizadas por otros valores que no estaban en la agenda de los defensores del pasado. Desde Bielorrusia al Líbano, en América Latina o Africa, las sociedades liberales occidentales imponen su marcha frente a los abusos del poder y de la corrupción. Parece no haber posibilidad de detener esta ola de cambio, aunque haya pausas momentáneas o retrocesos de casilleros en el juego de la Historia.


Descalificar a estas movilizaciones sólo por cuestiones de salubridad pública, concepto antiliberal que espanta al reducir a las personas solo al concepto biológico, no cesará la marcha de la dignidad o de los giles.

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