La Ley de Hierro que encadena a la democracia y desmantela la oposición

La oposición desmantelada por la Ley de Hierro

Para empezar este breve análisis me voy a remitir a la teoría de las élites. Entre muchos autores hay uno en el cual me detendré por ahora: Gaetano Mosca, quien escribió un libro llamado “La clase política”. Una pequeña aclaración, generalmente cuando se habla de “casta política” se comete una equivocación. Casta es un concepto que se usa para aplicar a grupos sociales dominantes, cerrados y hereditarios. En países como el nuestro lo que hay es una clase política. Estas son abiertas, uno puede, con ciertas dotes políticas y siendo de otra asociación o clase social, entrar en la clase política y lo mismo al revés, una persona que esté en la clase política puede salir. En cambio, la casta es cerrada.

Siguiendo con la idea de Mosca, este autor sostiene que toda sociedad dominada políticamente tiene una clase política gobernante y es aquí donde se introduce esta idea de que hay una ley de hierro, vale decir, es inevitable. Cada sociedad tiene que tener una jerarquía organizada. Mosca nos ofrece una aproximación socio-política de las características que tiene esa clase gobernante.

Brevemente rescato un par de puntos.

  1. Capacidad de trabajo: si nos fijamos en los políticos, pueden ser muy malos o muy buenos, pero si hay algo de cierto, es que son gente muy trabajadora, en el sentido de que se levantan temprano, se acuestan tarde, van a varios eventos en un solo día. Hacen muchas actividades. Es un trabajo muy duro y sin descanso. Y este es uno de los rasgos que los caracteriza para gobernar. Son capacidades políticas que poseen, entre ellas las de negociación o interlocución, etc.

A esto hay que sumarle una ambición por el trabajo político y por el mando del gobierno.

  1. Cada sociedad tiene una fórmula política:

-Algunas son aristocracias de sangre.

-En otros casos son jerarquías de clase basadas en el sacerdocio.

-Otros son basados en la guerra.

-También hay aquellas que son basadas en el intelecto.

Es decir, que cada sociedad se organiza de una forma distinta. Esto es así, agrega Mosca, porque cada sociedad tiene una fórmula política. Y se adoctrina en ella.

Por ejemplo, en el islam se adoctrina en los valores políticos del islam. Entonces el gobernante legítimo es el descendiente de Mahoma. En las sociedades aristocráticas o de derecho divino, se dice que este último es el que garantiza el poder y en las sociedades democráticas se legitima el poder en el pueblo y en la elección popular. Eso sí, dice Mosca, toda clase dominante adoctrina a su gente en las ideas de la clase dominante, en la llamada fórmula política.

Antiguamente se enseñaba a la gente la legitimación por derecho divino y hoy en día se legitima por derecho democrático. Así como antiguamente era una herejía hablar mal del poder divino y se podía castigar por ello, hoy día también pueden hacerlo si se duda de la política actual, que es la democracia. Todo sistema adoctrina a la población en el sistema político. Se pueden debatir todas las ideas siempre y cuando sean democráticas. Lo que está mal visto es cuestionar el sistema democrático, independientemente de que sea bueno o malo, lo que uno no puede hacer es cuestionar la propia fórmula política. Esto dice el autor que es una constante a lo largo de la historia.

Estos dos puntos de Gaetano Mosca nos muestran que toda sociedad tiene algún tipo de aristocracia gobernante y que lo que cambia es la forma.

Esto también lo explica el discípulo de Max Weber, Robert Michels, en su célebre obra, “Los Partidos Políticos” donde trata, de forma muy descriptiva, esta ley de hierro de las oligarquías. Él estudia al partido socialdemócrata alemán y ve un grupo de obreros bien intencionados que se juntan para hacer su partido; y de todos ellos unos cien son elegidos diputados. Ahora bien, esos diputados cuando llegan al Parlamento ya no se relacionan con los obreros a quienes supuestamente representan, se relacionan con los burgueses, con quienes luego iniciarán negociaciones, o se terminan relacionando con los demás parlamentarios y se van convirtiendo en algo distinto.

De a poco, esta lógica los va llevando a buscar las formas de perpetuarse en los cargos, vale decir, mantener ese poder. Esto los lleva a crear una oligarquía dentro del partido socialdemócrata y así se cumple la ley de hierro. También pasó en el partido comunista, al principio empezaron todos como obreros luchadores y al final se terminaron convirtiendo en una clase política, cumpliéndose nuevamente con dicha ley.

Al final la clase política como grupo, no como partido, se relaciona solo entre los suyos. Probablemente los dirigentes parlamentarios del kirchnerismo, en nuestro país, tengan más relación con la élite del PRO a nivel personal, que, con sus propios militantes, o con sus propias bases. Vale aclarar que al principio no es así, esto se va dando posteriormente y es por el constante contacto que se da entre todos ellos una vez que están en el parlamento.

Y, lo que es más, tienden a ser más amigos entre los distintos partidos que entre los de un mismo partido. En política, por extraño que parezca, siempre los enemigos son los propios, nunca son los del partido de enfrente. Es entre aliados donde más se fastidian, además entre ellos se saben sus secretos más sucios y es por ende entre aliados donde se hallan los potenciales delatores que pueden filtrar esa información a los otros partidos.

Estas teorías de cómo funciona la sociedad, como se puede ver, no son muy optimistas. Podría decirse que siempre hay algún tipo de clase gobernante, una clase más o menos abierta o cerrada que goza de ventajas ante la ley.

De hecho, si observamos la clase política argentina y tratamos de descifrar si tienen privilegios nos encontramos con que muchas están aforadas y no solo en el sueldo.

Y si nos fijamos en qué consiste esa élite, y sin dejar de tomar las ideas de Mosca, hay dos clases, una superior y una inferior. Estos últimos son: concejales, diputados, etc. y entre ellos escogen a los cabecillas, estos a su vez les garantizan a ellos seguir en su puesto. El cabecilla, sea un Alberto Fernández o un Mauricio Macri, insisto, no es escogido por el pueblo ni por los militantes, ya que quien los escoge es la clase política, esa camarilla, esos presidentes autonómicos, diputados, etc. toda esa gente de peso que escoge entre ellos a quien va a ser el jefe, que por lo demás entienden que ese jefe que van a elegir es el que más resultado les va a dar, pero eso sí, a la primera que ese cabecilla no funciona, la propia clase lo echa abajo.

Entonces esa clase baja de la clase política, escoge al de la clase alta y esta última es la que es cambiante, de hecho, es esta clase alta la que vemos rotar, pero no la baja que es la clase política estable y por ende es la que realmente gobierna. En este punto cabría preguntarse si la oposición es oposición o es simplemente parte de la clase política. Aquí está la clave según interpretación de Schumpeter, la clase política es el todo, no son los partidos concretos. Lo que hacen los partidos nuevos es intentar entrar en la clase.

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