La hora de administrar la transición

La gente ya ha expresado su opinión sobre el presente. Lo que viene es una etapa repleta de restricciones y con un escenario de alta vulnerabilidad. 

Luego de semanas de campaña plagadas de explicaciones simplistas el margen para seguir apostando solo por la narrativa es escaso. La realidad aparece de un modo despiadado. El país es lo que es y no lo que algunos desearían que fuera. Habrá que ocuparse con seriedad de cada uno de los asuntos para que todo no siga empeorando.

Detenerse en el análisis de lo que las urnas dicen es muy interesante pero no alcanza para explicar el porvenir. Sería como dedicarse a una autopsia siendo que el incidente ya es parte del pasado. Obviamente que aporta datos que ayudan a diseñar la hoja de ruta, pero tal vez valga la pena poner todas las energías en lo que será el foco de interés a partir de hoy.

En términos políticos lo que se asoma es una batalla de cara a los comicios del 2023. Como siempre, los que están intentarán permanecer controlando el poder y los opositores tratarán de derrotar a quienes gobiernan para sustituirlos en el próximo recambio institucional.

El gobierno tendrá que hacer el duelo del tropiezo hoy mismo, para luego abandonar su política de parches que solo sirven para entretener a los desprevenidos y entonces abocarse a la tarea de hacer lo que hay que hacer.

Alberto medina méndez

El punto central es que resta todavía un par de años para que suceda ese hecho político tan esperado por unos y otros. Imaginar un desenlace supone primero comprender qué ocurrirá pragmáticamente desde ahora mismo hasta ese instante vital.

En general los resultados electorales están vinculados al desempeño de quienes gobiernan. Cuando los ciudadanos se sienten razonablemente satisfechos con la labor desarrollada por sus dirigentes tienden a revalidar títulos y prefieren que los que están continúen al frente de la cosa pública. Por lo contrario, si lo que se percibe es que el rumbo no es el adecuado y que la sociedad se ha visto perjudicada, buscará una alternativa que considere superadora para ensayar otro camino.

No es ese un entorno de certezas, sino de prueba y error, de apuestas por la esperanza, esa que los políticos tradicionales incorporan entre sus promesas para luego traicionarlas en la mayoría de las oportunidades.

Este es el turno de los que gobiernan. Ellos y no otros, fueron elegidos por cuatro años para hacerse cargo de la situación tal cual estaba. El recurso discursivo de la herencia recibida se diluye a medida que se aleja el día en el que asumieron su responsabilidad actual. A estas alturas parece que esa dinámica de buscar culpables en los que estuvieron antes está agotada. Ya ha transcurrido un lapso suficientemente importante como para que los que están se vayan haciendo cargo de sus propias decisiones.

Algunos dirán que con la pandemia se agravó todo y tendrán toda la razón. Lo concreto es que los votantes han depositado su confianza en los que están ocupando cargos y esperan, con absoluta lógica, que ellos sean los que propongan remedios efectivos dejando de lado sus ruidosos debates que solo intentan explicar lo que ha acaecido. Los problemas que se deben enfrentar son enormes y requieren de inteligencia y determinación, de ideas y mucha concentración. No son temas de fácil resolución. De hecho, muchos están relacionados entre sí y por lo tanto al operar sobre uno se producirán secuelas en el resto. Eso implica un nivel de complejidad relevante. Intervenir en esa intrincada madeja que fue edificada durante décadas y que está inundada de normativas que pretenden simular parches transitorios, es verdaderamente un reto que precisa de un trabajo técnico y político de características singulares.

Sin acceso al mercado global de capitales, con una presión fiscal insoportable y una inflación creciente la coyuntura económica no parece sencilla. El financiamiento estatal estará muy comprometido durante los próximos meses y esas limitaciones tendrán consecuencias sociales contundentes. Si a eso se agrega la indisimulable crisis política interna del oficialismo con sus tensiones inocultables y esas disputas que exponen la ausencia de una agenda compartida, todo será cuesta arriba.

El año electoral trajo consigo un despilfarro de dinero estatal irresponsable y ahora habrá que pagar la fiesta. No hay espacio para seguir posponiendo la cuenta y con demandas sociales de todo tipo, el gobierno está jaqueado por su propia dinámica. Ha generado expectativas que no puede manejar. Su relato está desgastado y si no gestiona adecuadamente se encamina hacia un nuevo y predecible fracaso en el turno de las presidenciales.

Para volverse competitivo desde lo político debe gestionar muy bien esta transición breve. Tendrá que sacar de la galera soluciones creativas que además impacten positivamente en la comunidad a una velocidad inusual para estos menesteres. Casi cualquier reforma precisa de un recorrido para producir efectos visibles que todos puedan advertir y registrar como mérito de una política gubernamental. Ese menú de variantes es mucho más acotado de lo que todos desearían.

En ese laberinto el gobierno tendrá que hacer el duelo del tropiezo hoy mismo, para luego abandonar su política de parches que solo sirven para entretener a los desprevenidos y entonces abocarse a la tarea de hacer lo que hay que hacer. Será su única chance de tener alguna posibilidad de aspirar a renovar apoyos. El país la tiene difícil, el gobierno mucho más aún.

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