03/02/2026

La Fiesta de la Confluencia y el espejismo keynesiano que Milei nunca avalaría

Mientras la ciudad de Neuquén sufre calles rotas, inseguridad y una salud en crisis, el municipio gasta más de $1.536 millones solo en el escenario de una mega-fiesta “gratuita”. Que le falta aprender al secretario de Finanzas de ese municipio sobre Bastiat, Friedmann, Benegas Lynch y otros liberales que explican hace años que “la cena no es gratis”.

En una declaración reciente, el secretario de Finanzas del municipio de la ciudad del Neuquén, Fernando Schpoliansky argumento que el presidente Javier Milei le daría la razón a la idea de la utilización del gasto público como motor de la economía y su efecto multiplicador, difícil saber si las declaraciones son de ignorancia o chicana. Algo que si parecen ignorar o no darle la importancia que se merece, es que a pesar de encontrarnos en un contexto de escasez crónica de recursos básicos – salud deficiente, educación en crisis, calles llenas de baches mal arreglados, cañerías públicas pinchadas, iluminación precaria, basura acumulada, olores nauseabundos, gente durmiendo a la intemperie y falta de policías para prevenir robos de ruedas o vehículos- , una buena parte de la clase dirigente vernácula parece empecinada en gastar recursos públicos en estrambóticas fiestas o megaconciertos, mal llamados “gratuitos”.

Se argumenta que estos eventos hacen bien a la economía local, especialmente al sector turístico, por el mayor consumo que generan. Cuanto más grandes los recursos públicos invertidos, mayor el “incentivo” a la economía. Esta idea —que el consumo, más que la producción, es el motor de la riqueza— nutre el pensamiento expuesto. Pero ¿son realmente estas fiestas generadoras de riqueza neta y buenas para la economía? La respuesta es no, y lo explica con claridad la falacia de la ventana rota de Frédéric Bastiat. Recordemos: un niño rompe la ventana de un panadero; el vidriero gana dinero reparándola y parece que la economía se reactiva. Lo visible, lo que se ve, es el gasto y el empleo temporal; lo invisible, lo que no se ve, es que el panadero ya no puede comprar un traje nuevo, además que hay una destrucción al derecho de propiedad, por ejemplo. La sociedad termina con una ventana menos y sin ganancia real: solo se redistribuyen recursos, no se crea riqueza nueva. Lo mismo pasa aquí. El “boom” de la Fiesta de la Confluencia —turismo, ventas en puestos, hotelería— es visible, pero oculta el costo de oportunidad: cada peso gastado en escenario, sonido, iluminación, seguridad, limpieza o logística es un peso que no se destinó a arreglar calles, mejorar iluminación, contratar más policías o invertir en salud y educación. No hay creación neta de riqueza; solo reasignación forzada de recursos escasos.

Otra falacia vinculada al asunto es la idea del estado empresario, es decir entrometerse en asuntos que son netamente del ámbito mercantil A esto se suma el pensamiento de Juan Bautista Alberdi, quien advertía que el Estado no debe ser empresario. Su función es proteger derechos individuales —vida, libertad, propiedad— y hacer justicia, no ´´justicia social´´ ya que esta tiene un elemento violento y redistributivo, no distraerse en roles comerciales. Cuando el gobierno municipal entra a “jugar al empresario” de entretenimientos —organizando, financiando y promocionando una mega-fiesta con escenario de dimensiones similares al de Lollapalooza, vanagloriándose de tener “el mejor de Argentina”, actúa como un concurrente dañino del sector privado. Una cosa es promover la cultura (difundir, facilitar, incentivar); otra muy distinta es que el Estado produzca espectáculos masivos, compita con eventos privados y use fondos públicos para ello. En una ciudad empobrecida, llena de necesidades urgentes, esto es una decisión sin cautela sobre el dinero ajeno. Del lado de la Teoría de Elección Pública (Public Choice Theory) otra fuerte influencia en el pensamiento liberal explica acertadamente que los funcionarios tienden a expandir sus agencias o empresas estatales más allá de lo óptimo, ya que el “éxito” se mide por el tamaño del presupuesto, no por la rentabilidad o el valor agregado, es decir que objetivos de influencia y poder político prevalecen sobre racionalidad económica.

Y aquí entra el principio de Milton Friedman: no hay tal cosa como el almuerzo gratis (there is no such thing as a free lunch). Todo tiene un costo real. Los recursos son escasos. La Fiesta de la Confluencia se presenta como “costo cero” para el municipio —porque supuestamente no se paga a los artistas o se cubre con sponsors—, pero eso es una ilusión: solo el escenario principal (estructuras Layher, sonido, iluminación, pantallas) tiene un presupuesto oficial de más de $1.536 millones para 2026. A eso hay que sumar logística, seguridad, limpieza post-evento, promoción y mantenimiento del predio. Todo financiado con tasas municipales, coparticipación o fondos públicos. No debería ser sorpresa la reciente aparición de boletas municipales con aumentos brutales —en algunos casos del 300% al 800% en retributivos, según zona y valuación fiscal. Es decir: pagamos más impuestos para “ganarnos” acceso “gratis” a la fiesta.

Del lado discursivo, asistimos a un incremento de la demagogia y el populismo, por momentos los argumentos que defienden que mientras más gasto en estas fiestas es mejor, suenan a personajes como Maduro con su “Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo”: el Estado debe encargarse del “derecho a la felicidad” mediante recitales masivos. Lamentable decisión, piensen en quienes no le alcanzan los alimentos y es obligado a contribuir a un espectáculo efímero, esto constituye una enorme inmoralidad. Si el evento genera valor real para comerciantes y hoteleros, que ellos lo financien y organicen. Gastar cifras millonarias en esto implica transitar el camino de la demagogia y la falta de principios. Es plata de los contribuyentes, no es plata del municipio. No quiero dejar analizar las expresiones tipo “los neuquinos somos los mejores”— “orgullo neuquino” este es un fraseo oficial y repetido (casi un branding municipal) para todo lo que implica logros locales, incluyendo la Fiesta de la Confluencia como ejemplo de “éxito neuquino”.

No es una frase aislada o inventada; es parte del relato oficial que justifica gastos en mega-eventos como “fruto del esfuerzo colectivo”. Expresiones similares que personifican a la ciudad/provincia como un ente colectivo con emociones, logros y méritos propios caen directamente en lo que denomina Benegas Lynch (H) como la falacia antropomórfica. Esta idea propia de una filosofía corporativista- nacionalista, aquí en su versión municipal, pretende trasladar características del individuo a la nación, a la provincia o aquí al municipio.

Los antropomorfismos sirven al aparato estatal a los efectos de asignar los deseos a colectivos inexistentes, para ocultar el hecho de que las metas propuestas son deseadas por los funcionarios instalados en la órbita gubernamental. Se ridiculiza las características del individuo y sus derechos para convertirla en una especie de narcisismo de megalómanos. Esto distorsiona la realidad: no hay un “Neuquén” que siente orgullo; hay individuos (contribuyentes, vecinos, pymes) que pagan más y reciben menos en lo esencial, aceptar esta falacia lleva a políticas distorsionadas por objetivos simbólicos/emocionales (“dignidad local”, “ser los mejores”), en vez de pragmáticas y ciudadano-céntricas (priorizar derechos individuales).

En síntesis: Se puede apostar a espectáculos, pero claramente Milei está del lado de Bastiat (no hay creación de riqueza por destrucción/ solo redistribución), de Alberdi (´´industria pública es absurda y falsa en su base económica´´), Teoría de Elección Pública (Public Choice Theory), entiende que los funcionarios tienden a expandir sus agencias o empresas estatales más allá de lo óptimo, ya que el “éxito” se mide por el tamaño del presupuesto, no por la rentabilidad o el valor agregado. Los objetivos de influencia y poder político prevalecen sobre racionalidad económica. Milton Friedman (todo tiene un costo ´´no hay almuerzo gratis´´), Benegas Lynch (h) ´´falacia antropomórfica´´, Henry Hazzlitt ´´lo que se ve y lo que no se ve´´. El verdadero camino turístico es bajar impuestos, desregular y dejar que el mercado (no el municipio) organice entretenimientos rentables. En síntesis: no hay reactivación económica neta, solo ilusión de actividad.

No hay almuerzo gratis: pagamos con impuestos más altos y con necesidades básicas postergadas. El Estado debe volver a su rol esencial —servicios básicos, seguridad, infraestructura— y dejar los entretenimientos masivos al sector privado. Así se construye prosperidad real, no espejismos keynesianos. Imposible que el presidente Javier Milei les dé la razón.

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