El tremendo error de creer que la verdad tiene dueño

Existen 3900 millones de cuentas en las redes sociales. Casi cuatro mil millones de voces que hablan simultáneamente. Que informan, mienten, deliberan, susurran, aconsejan, pervierten, asombran, asustan, enamoran, lastiman, amenazan y gritan.

Por esas cuentas navegan cuatro mil quinientas millones de personas (a datos de julio de este año), o sea, el sesenta por ciento de la humanidad. Van y vienen durante casi siete horas diarias (sí, siete) navegando literalmente por ese mar de palabras, imágenes, videos, memes, gif y todas las variantes icónicas posibles.

¿Dónde está la verdad en esa maraña de datos?

¿Cómo evitar el ahogo en ese oleaje pesado, denso, que repite titulares de noticias con una impunidad colosal, sin discernir datos reales de inventados, consignas políticas, manipulación pura y constante para todos los sentidos?

Algunos dicen que “regulando” la información. O sea, nombrar o establecer a alguien (una persona, organismo, algoritmo o lo que fuera) que se ocupe de decir qué está bien y qué está mal. Una especie de Ministerio de la Verdad, una “E-Stasi” que decida (según su criterio) qué es aconsejable tomar por cierto y qué hay que desechar.

Otros sostienen que la única forma de saber cómo informarse es aprendiendo a leer de nuevo. Dotar a cada una de esas cuatro mil quinientas millones de personas de la facultad de hacer clic dónde quiera… sabiendo los riesgos que un acto de libertad implica.

La creación de un Observatorio de la Desinformación y la Violencia Simbólica en Medios y Plataformas digitales (Nodio) enfoca hacia el primer grupo. Este Nodio lo manejaría la titular de la Defensoría del Público Miriam Lewin y pretende desarticular las noticias falsas. Siempre con ese tinte tan proteccionista de los gobiernos populares, la entidad se preocupa por “proteger” a las personas. ¿Cómo? “Mediante la detección, verificación, identificación y desarticulación de las estrategias argumentativas de noticias maliciosas y la identificación de sus operaciones de difusión”.

Hace casi dos meses, Fundación Naumann lanzó la #FreedomFightsFake, una campaña para combatir la desinformación apuntando al corazón del problema: la responsabilidad individual

Demasiadas palabras para decir que pretenden controlar la información. Menuda tarea. Y controlarla es limitarla y de ahí a terminar con ella hay un paso.

En el extremo opuesto de este planteo, fundaciones liberales encabezadas por Fundación Naumann hace tiempo que piden un debate al hueso sobre el tema de las fake news.

Debatir, no imponer. Lo primero abre la cabeza, lo segundo la anula.

Analizar qué hay atrás de una fake news. Que hay más que “news”. Hay odiadores seriales que “tiran” a ese mar de información datos maliciosos, generalmente en contra de alguien. O la mentira lisa y llana de los Hoax (bolazos, en criollo), ese ejército de pavadas que propala información inverificable (en el COVID hubo más casos que hisopados).

¿Nodio (o cualquier entidad similar) podrá regular eso? ¿Por dónde pasará el bisturí para no afectar los órganos vitales de la libertad y el discernimiento propio?

El 14 de octubre Fundación Naumann viralizó otro material apelando al individuo como único responsable de lo que lee y deja de leer.

La campaña #FreedomFightsFake de Fundación Naumann trabaja incansablemente para adelantarse a un escenario de probables “Nodios”. Sus videos son resúmenes de una tarea titánica pero individual: llama a la reflexión, a anteponer el sentido crítico a las emociones frente a las noticias, abstenerse de ese instinto casi visceral de compartir lo que coincide con el pensamiento propio, aún a sabiendas de que ese contenido es falso.

“La libertad lucha contra las fake” no sólo es un lema sino que es una línea de acción. No hay política que pueda manejar las emociones, siempre es un proceso individual. Ninguna “Miriam Lewin” puede “trabajar” para no sentir miedo o para vencer el escepticismo de cada persona.

Esa es una tarea de cada uno, indelegable.

Ceder es abrirle el camino al autoritarismo, porque la libertad de expresión es una bandera de la libertad y cualquier forma de violentarla atenta contra ella aunque se disfrace de organismos democráticos. Ahora, un grupo de diputados opositores denunciaron a dicha “comisaría del pensamiento” y el secretismo que manejan en el gobierno con respecto a ese tema. Tienen que dar explicaciones.

Mientras tanto, aprender a leer sigue siendo un trabajo absolutamente personal.

Es más trabajo, sí. Hay que chequear fuentes, dudar de todo, conocer un poco más de estrategias de manipulación y control, conocer las emociones de cada uno e identificar las mentiras.

En el universo digital se lee con los ojos semicerrados, dudando de todo. Y con la cabeza abierta, “sospechando” de cada y apelando al sentido común. Que en la vida digital, igual que en la analógica, es el menos común de los sentidos -pero el más necesario.

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