Los grilletes que atan al esclavo moderno

Mentalidad de esclavo

Uno sólo es libre cuando nuestra voluntad no está encadenada a otras voluntades, que nos obliguen a obrar en contra de nuestras aspiraciones o inclinaciones legítimas.

La esclavitud implica que una persona es propiedad de otra, es decir que su voluntad está sometida completamente a la voluntad de un tercero, su amo. Es un hecho histórico que para cuando el movimiento abolicionista -impulsado por las ideas liberales- era imparable, ocurrió un fenómeno: muchos esclavos repudiaban la libertad.

Preferían ser propiedad de otro antes que resignar seguridad. La seguridad de un techo, un
plato de comida y un ocasional cuidado médico.

En otras palabras la protección de un amo.

Evidentemente, no han cambiado tanto las cosas en el siglo XXI.

El miedo al sufrimiento y la aversión al riesgo nos paraliza y hace manipulables, como bien ha quedado demostrado desde los acontecimientos de 2001, a los del presente año.

En la moderna esclavitud (o neoesclavitud) nuestras cadenas ya no son físicas, son mentales. Lo que constituye un gran problema, ya que este velo mental nos impide cuestionar nuestro estado de servidumbre.

Sin pensamiento crítico e individual no hay libertad

Ignorar la verdadera naturaleza de nuestra sociedad nos lleva al “estado de resignación pasiva” que señalaba Murray Rothbard en “Anatomía del Estado” y es justamente esa institución, el Estado, el vehículo institucionalizado, consentido y legal del que se sirve una clase privilegiada para ejercer su propiedad sobre el resto.

Estas cadenas mentales se forjan en tres grandes etapas, comenzando la primera a temprana edad, desde el sistema de educación en la religión del Estado. Una vez adoctrinado en estatismo, el neoesclavo está en edad de participar en la vida política y así comienza la segunda etapa: se lo induce a entender la vida política desde un lugar emocional, carente de raciocinio.

Así el neoesclavo se constituirá en un fanático, que verá al otro como su rival absoluto y al líder propio como una autoridad carismática, infalible y cuasi divina. Divide y conquistarás. O en otros términos, el bipartidismo o la llamada “grieta”.

Por supuesto, el neoesclavo no tiene ningún peso en las decisiones ni algún tipo de interés para el líder como individuo, pero si lo tiene colectivamente, ya que el rebaño más numeroso, será el que alcance el poder.

La tercera etapa es la que cierra el círculo de la moderna esclavitud: El clientelismo. Una porción de los individuos es financiada por el statu quo político. Sea para difundir las bondades del sistema; sea para perpetuarlo.

Por supuesto, que el grado de “privilegios” que se obtenga será equivalente a la productividad que espere el líder de cada persona.

En términos políticos es mucho más productivo un periodista, un artista o un intelectual defendiendo el sistema en el prime time, que un beneficiario de un plan social que sólo puede
aportar un voto.

Pero ambos extremos tienen en común que promocionarán, divulgarán y defenderán el sistema con uñas y dientes, atacando a cualquiera que lo cuestione, señalándolo como inmoral o egoísta o insolidario, justamente por denunciar este perverso sistema, que convierte a la sociedad en una verdadera selva, donde prevalece quien más pueda influir en el gobernante y en consecuencia, más fuerza pueda imponer al resto.

Mientras que quienes opten por emprender, producir y mantenerse ajenos al poder, a mayor riqueza generada, más enriquecen a sus amos, quienes cada vez “ofrecerán” con esos recursos robados, mayor seguridad a un número más amplio de personas, perpetuándose así en el poder.
Por último, es más que importante insistir hasta el hartazgo que el político no otorga derechos. Es clave para desarmar esta mentalidad de esclavo reiterar este punto.
Mientras no se refute esta concepción, reinará el fanatismo y veremos aberraciones tales como “el líder nos cuida”, “el líder nos ama”, “el presidente nos dio tal o cual beneficio” y burradas de ese tipo.
El fanatismo es un extravío moral y la exaltación del culto de una idea. Mientras la población se engañe con la propaganda de la seguridad que ofrecen los políticos, que como los cantos de las sirenas nos arrastran a la fatalidad del desastre, y no entienda que su destino está en sus propias manos, no habrá salida alguna.

Como dicen algunos textos: “El fanatismo religioso conduce a la superstición, despierta el odio del Hombre para con sus semejantes, produce males sin cuento y, como consecuencia, persecuciones y derramamiento
de sangre.


El fanatismo político arrastra al Hombre a los mayores excesos; despierta las malas pasiones: la envidia, la adulación, el servilismo y la inmoralidad, porque mientras el Hombre no está emancipado de toda servidumbre, no puede tener verdadera moralidad”.

Tardamos siglos en separar la iglesia del Estado, no tardemos lo mismo en separar al Estado de nuestra economía y nuestras vidas.

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