El fin de un dictador no garantiza la libertad; es una oportunidad frágil que exige instituciones sólidas, responsabilidad cívica y resistencia a nuevas formas de autoritarismo disfrazado. Venezuela despierta a una realidad donde la verdad incomoda al victimismo ideológico, pero el verdadero punto de inflexión depende de lo que siga.

El 3 de enero de 2026 Venezuela, junto con el resto del mundo, despertamos con una nueva realidad. El peligroso relato socialista se fracturò. La idea de que cualquier abuso justifica la no intervenciòn subordina la libertad frente a la soberanía y “estabilidad” de un régimen. Lo sucedido no es un hecho aislado o un cambio al escenario político; es por otro lado, una enorme grieta a una narrativa donde el exceso de poder se blinda por el victimismo ideológico.
La detenciòn de Maduro no inaugura una era de intervenciones imperialistas salvadoras al estilo Misiòn Imposible, tampoco debería celebrarse como tal. La libertad impuesta no es autentica, tampoco decretada ni gestionada como política exterior. La libertad se conquista, cuesta muy cara y los riesgos de mantenerla son altos, pero màs aùn es la responsabilidad cívica que implica; paradójicamente es la mayor satisfacciòn que un individuo o naciòn puede alcanzar.
Cuando un hecho es decisivo y valiente no implica defender el intervencionismo o no creer en la soberanía de los países. Esa confusión no es ingenua: es una estrategia deliberada de la para desacreditar cualquier avance que el colectivismo no controle ideológicamente. El problema no es lo ocurrido, sino lo que las narrativas llevan a una serie de mentiras que victimizan a un dictador y peor aun, ¡a un pueblo entero!

En cualquier historia existen los buenos y los malos, lo mismo sucede con el socialismo en la regiòn, sin ellos quedan expuestas sus practicas comunes: censura, corrupción, alianzas criminales, empobrecimiento estructural y represión. Por eso, cada vez que un régimen autoritario se debilita, los otros sistemas afines buscan la respuesta en su manual y entonces se activan las teorías de conspiración, injerencia, imperialismo, desestabilización. Nunca autocrítica, jamàs responsabilidad.
La verdad incomoda: los sistemas autoritarios no protegen la soberanía ni le temen a la intervenciòn, sino a la pèrdida del control, de la narrativa: a la verdad. La idea de que los pueblos descubran que la miseria no fue culpa del neoliberalismo; la violencia era inevitable y que el fracaso económico fue un acto kamikaze es simplemente inaceptable aunque la historia latinoamericana está llena de transiciones fallidas donde el colapso de un poder autoritario dio paso a nuevas formas de tutela, dependencia o populismo reciclado.
Cuando la libertad deja de ser un concepto abstracto y se vuelve una posibilidad real, su poder se erosiona. El desafío es resistir tanto al autoritarismo derrotado como a las nuevas narrativas que pretenden ocupar su lugar. Ese es el verdadero punto de inflexión.
El punto no es quièn hizo què, sino ¿què sigue? Hoy celebramos que no hay un dictador y tenemos puesta la esperanza en la paz que esto puedo traer, pero el riesgo a largo plazo es que la narrativa logre resignificar los hechos para reinstalar su hegemonía moral. Cambian los nombres, los símbolos, pero el mecanismo es el mismo: el individuo vuelve a quedar subordinado, el Estado se erige como árbitro moral y la libertad se redefine como concesión.

Defender la libertad no es elegir bandos, o estar del lado de “los buenos”. Implica exigir y consolidar instituciones solidas, buscar la divisiòn de poderes, donde se respeten sus limites y asegurar que cada ciudadano sea igual ante la ley.
La democracia no es solo votar, es comprender que no existen derechos sin responsabilidades y que el Estado no es un sustituto paterno, sino una instituciòn que debe ser controlada permanentemente.
La situaciòn hoy en Venezuela no es un pase automático a la libertad, es una oportunidad que esta en riesgo de perderse si caemos en la lógica del miedo, la dependencia y del victimismo.
Cuando la libertad deja de ser un concepto abstracto y se vuelve una posibilidad real, su poder se erosiona. El desafío es resistir tanto al autoritarismo derrotado como a las nuevas narrativas que pretenden ocupar su lugar. Ese es el verdadero punto de inflexión.



