La presión impositiva es la única responsable del “barrani style”

El delirante sistema impositivo de Argentina

Un término pintoresco, “barrani”, se ha incorporado recientemente al vocabulario coloquial de Argentina. Y lo ha hecho con ímpetu, a punto tal que en apenas unas semanas todos los habitantes de estas tierras conocen su significado. Y es que “barrani” es una palabra que “toca el alma” de los agobiados contribuyentes que sostienen el pesado aparato estatal.

¿Pero qué significa “barrani”? Pues con esta palabra, que hemos “tomado prestada” de la comunidad judía local, se alude a aquellas operaciones comerciales que no se registran oficialmente, a fin de evadir las cargas impositivas que de otro modo deberían abonarse.
Pongámoslo simple: operar “en negro”.

El término fue utilizado por Carlos Maslatón en una de sus controvertidas apariciones públicas, y de allí en más se tornó “viral”. La frase “100% barrani” se expandió cual grito de insurrección.

El tema viene de larga data. Hace ya 14 años, en su libro “El síndrome argentino. Del Estado de crisis a la crisis del Estado”, Roberto Cachanosky citaba al economista Antonio Margariti en estos términos:

“la Editorial la Ley tiene publicado, bajo el título IMPUESTOS, todo el sistema tributario argentino en 25 tomos de 1.290 páginas cada uno, lo que hace a un total de 32.250 páginas. Margariti llega a la conclusión de que si una persona quisiera conocer todas sus obligaciones impositivas, tardaría 4 años en leer las 32.250 páginas. El problema es que en el medio la AFIP habría ido implementando tantos cambios que esa persona jamás podría conocer la totalidad de sus obligaciones tributarias, estando siempre en infracción”.

Por supuesto, nada ha cambiado desde entonces. Mejor dicho, si cabe, la situación empeoró.
En la Argentina se pagan hoy unos 160 impuestos. Y si recorremos el listado publicado por la asociación cristiana de dirigentes de empresa en su revista digital, edición del 17 de agosto pasado, artículo firmado por el citado Antonio Margariti, sólo cabe concluir una cosa: nuestros gobernantes son altamente creativos a la hora de idear excusas para expoliarnos impiadosamente.

Pues no sólo hay impuestos nacionales, provinciales y municipales, y al trabajo por cierto. También hay regímenes de retención y percepción de impuestos ajenos, e impuestos encubiertos, sin contar obligaciones de información para que el organismo de contralor sepa hasta cuánto pagamos de expensas.

No sólo se trata de cantidad. También se trata en algunos casos de porcentajes, que en ocasiones llegan a niveles susceptibles de ser considerados lisa y llanamente confiscatorios. Y a ello podemos también sumar escalas o deducciones que no se actualizan pese a la inflación, haciendo caer cada vez a más personas en las “redes tributarias”.

¿Qué hacer ante este desolador panorama? Sin dudas, la Argentina necesita urgente reformar su sistema impositivo.

Es absolutamente inaceptable que trabajemos prácticamente seis meses al año para sostener funcionarios, burócratas, empleados, ñoquis, y obtener a cambio servicios “de cuarta”.

Es perentorio que el “día de la liberación de impuestos”, que este año se produjo recién el 28 de junio, empiece a retroceder en el calendario.

Que empecemos a desandar el camino de esos 179 días de esclavitud anual que “supimos conseguir”. Tal vez un primer paso en la dirección correcta sería empezar a derogar legislación. Hasta un “baby step” ayudaría.
Asumamos que pretender que se deroguen los “impuestos progresivos” o se conciba viable bajar las alícuotas del “IVA” sería un poco “demasiado” para las presentes circunstancias. ¿Qué tal proponer en cambio tomar todos aquellos impuestos cuya recaudación es proporcionalmente mínima y empezar a desarticular el embrollo?

El Estado recauda el 90% de sus ingresos a través de tan solo 10 impuestos. ¿Y si bajamos un 10% el gasto público y eliminamos todos los demás?
Y ni qué hablar del tiempo liberado para computarlos, declararlos y liquidarlos, que podría ser destinado a actividades más venturosas y productivas. Sería una brisa de aire fresco, una limpieza legislativa con fragancia a libertad.

Y realmente, no será “la” panacea para erradicar todos nuestros males, pero sería, indiscutiblemente, un primer pasito en la dirección correcta, Políticos, escuchen a los liberales. No se van a arrepentir.

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