En Harry Potter, la libertad también se pierde por arte de magia

Tambien en Harry Potter las libertades se pierden de a poquito

La entera saga de Harry Potter se inscribe en el marco de la clásica lucha entre el bien y el mal, desplegada en este caso contra el telón de fondo de una sociedad profundamente dividida en torno a la “pureza de la sangre de mago”.  La historia concreta se desarrolla en el entorno de una institución educativa, llamada Hogwarts, entidad hacia la cual, en la cuarta entrega del relato, “apunta sus cañones” el Ministerio de la Magia, por entonces cooptado por adherentes a las fuerzas malignas de la destrucción. 

Y no resulta por cierto indiferente a la hora de analizar con ojos adultos esta historia el hecho de que, de las múltiples instituciones y organismos sobre los que la burocracia podría enfocar sus acciones, el Ministerio de la Magia prestase atención justamente al lugar donde se forman las jóvenes generaciones de magos, a quienes hasta entonces diversos profesores venían procurando instruir, entre otras disciplinas, en el dominio de técnicas contra las “Artes Oscuras”.

Y allí aparece pues un siniestro personaje femenino, de sempiterno trajecito rosa, la profesora Dolores Umbridge, auténtica burócrata de carrera, hasta entonces subsecretaria del Ministerio de la Magia,  y ahora enviada  a hacerse cargo de dicha cátedra. So pretexto de adaptar las clases al “curriculum” oficialmente sancionado, lo primero que hace es reducir el contenido a una sarta de nimiedades, orientadas -eso sí- a “aprobar los exámenes”, pero privando a los alumnos de adquirir aquellos saberes que sí podrían haberles sido de utilidad en la vida extraescolar. Y por supuesto, cualquier cuestionamiento de parte de los alumnos al respecto es aplastado con impiadosa soberbia de su parte. Por lo demás, la incompetencia docente de Dolores Umbridge es manifiesta, pero eso no le impide, coacción ministerial mediante, constituirse primero como líder de una Alta Inquisición “ad hoc” a fin de “ordenar las normas del colegio”, y apoderarse finalmente del sitial de conducción, desplazando a su histórico, sabio y ecuánime director Albus Dumbledore. Desde ese lugar de poder, la nefasta Dolores Umbridge multiplicará acciones y decretos que tornarán a Hogwarts en un sitio cada vez más opresivo.

Dolores Umbridge, el personaje más odiado de Harry Potter

Se expulsa a profesores no adictos a la causa, se persigue a otros con argumentos que no son sino excusas ridículas, se arman “grupos de tareas” y se premian las delaciones entre los propios estudiantes … y se emiten decreto tras decreto tras decreto que van haciendo jirones los últimos retazos de libertad.

Los “úcases” ministeriales se van colgando en una pared del castillo donde funciona Hogwarts, revelando un proceso de inflación legislativa mediante el que se sofocan lenta e inexorablemente los derechos más elementales. En los estudios de Warner localizados en las afueras de la ciudad de Londres, uno de los muchos elementos que se exhiben está configurado justamente por los cuadritos de tales “decretos”, cuya lectura, de no tratarse de ficción, resultaría estremecedora.

Por supuesto, las acciones iniciales de Dolores Umbridge hasta podrían haber despertado aprobación por parte de ciertos sectores de tipo digamos “conservador”.  Por ejemplo, que se prohibiera el uso de “plumas encantadas de corrección ortográfica” (obviamente, al igual que la función de revisión de cualquier procesador de textos, algunos clamarían que ello constituiría un adelanto tecnológico “inadmisible” en un contexto escolar). Otro que también tal vez podría haber despertado aprobación por parte quienes se empeñan en que todo debe ser “controlado” y “regulado”, sería el de expulsar a aquellos estudiantes que estuviesen en posesión de golosinas de “proveedores no autorizados” (hacemos abstracción de los negociados subyacentes a tal decreto).

Pero luego se empezaron a estipular limitaciones a la distancia a la cual podían encontrarse “chicos y chicas” (sí, se le olvidaron otras opciones), y casi como si fuera la alícuota siempre creciente del IVA, sucesivos decretos iban ampliando esa distancia…

Por otro lado, se resolvió otorgar “créditos adicionales” a quienes se integrasen al “Escuadrón inquisitorial” de Dolores Umbridge, dividiendo para siempre al colegio en “ellos” y “nosotros”, se prohibió la circulación de ciertas revistas, así como la constitución de grupos de más de tres personas (en otros términos, desaparecen la libertad de prensa, el derecho de propiedad, la libertad de asociación …) y el colmo de los atropellos resultará del decreto que prohíbe “cualquier artículo que no sea considerado educativo” con lo que el criterio arbitrario del burócrata adviene regla. La dictadura se ha instaurado y con ella sus abusivos métodos usuales.

De alguna manera, no obstante, la autora, J. K. Rowling, se las arregla para brindar a la historia un final feliz, aunque no sin huellas de las vejaciones y tormentos de aquellos que se atrevieron a enfrentar a la villana del trajecito rosa. Una de esas huellas será, por ejemplo, una cicatriz permanente en la mano de Harry Potter como protagonista masculino de la saga. Y por lo demás, sin duda, los lazos entre aquellos que asumieron el riesgo de pelear juntos por la libertad, profesores o estudiantes, se habrán también consolidado con vistas a las grandes batallas por venir en los siguientes capítulos.

Porque el final de Dolores Umbridge no fue, ni remotamente, el final de la historia.

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