El tremendo costo de exigirle a la policía que sean superhéroes

Juan Pablo Roldan, de 33 años, era miembro de la Policía Federal. Tenía una hija de cuatro años que ahora crecerá sin su padre. Sus amigos y compañeros de trabajo lo lloran y lo recuerdan como un policía ejemplar.

En el momento en el que Juan fue asesinado a puñaladas en plena vía pública, estaba acompañado por tres compañeros, quienes solo pudieron limitarse a ver como el agresor se abalanzaba cuchillo en mano sobre Juan. Alcanzaron a dispararle (en las piernas para evitar alguna herida mortal), pero ya el daño estaba hecho, a Juan lo habían apuñalado cuatro veces en el pecho.

A los ojos del derecho argentino, tanto Juan como sus compañeros actuaron correctamente. De manera progresiva, buscaron disuadir al agresor con un uso proporcional de la fuerza. Y eso le costó la vida a un oficial de policía. Si Juan Pablo Roldan le hubiese disparado a su asesino antes de asestarle la herida mortal, se hubiese salvado, pero quizás hoy tendría una causa abierta por “uso excesivo de la fuerza”.

La legislación argentina les exige a los oficiales de policía que sean superhéroes: les pide que actúen como si fueran inmunes a las balas, les exige que pongan el cumplimiento de un protocolo por encima de su propia vida. Desde el Estado se mina la autoridad de los oficiales, el mismo Estado que después pretende que estos hagan cumplir las leyes que este legisla y promulga.

Además, se les priva de las herramientas necesarias para el cumplimiento del deber. Cuan diferente hubiese sido el resultado de este incidente si los agentes hubiesen contado con las pistolas taser, esas mismas que la ministra Frederic dijo que serían reservadas solo para “situaciones de secuestro y toma de rehenes”.

El resultado de esta política incoherente perjudica a todo el cuerpo de oficiales de policía, pero los principales afectados, como siempre, son los ciudadanos honestos.

Ya se ha visto una escalada de delincuencia tanto en el conurbano bonaerense como en la ciudad de Rosario. Es evidente que el fenómeno de la delincuencia está atado a muchos factores sociales y económicos,

¿Pero, acaso no será un incentivo para el criminal el saber que los policías ni siquiera pueden usar el arma para disuadir? Para consolidar la paz interior y afianzar la justicia, el Estado, y las figuras políticas que hacen vida dentro de él, deben dejar de estigmatizar a las fuerzas del orden.

Que en paz descanse el inspector Juan Pablo Roldán, caído en acto de servicio.

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