El otro lado de los datos ¿realmente el mundo vive una pandemia?

Salud y Manejo de la Pandemia


Por Carlos Goedder*


La crisis global producida por el virus de la COVID-19 nos ha confrontado con los problemas fundamentales de la gestión, tanto individual como colectiva de la salud. Somos más conscientes ahora de nuestra fragilidad inmune ante los patógenos y de que la victoria sobre ellos dependerá de nuestra cooperación.

Lo más importante, ante esta disrupción, es seguir la aproximación que proponía Marie Curie: las cosas no son para temerlas, sino para entenderlas. Con inteligencia, hemos de tener bien documentados los hechos, los conceptos y las mediciones para confrontar con realismo, eficiencia y equidad esta emergencia global
de la salud.

Hay tres advertencias para aprovechar mejor los contenidos que siguen. La primera, que sería infructuoso hacer de esta sección un compilado de estadísticas vigentes. Todo conteo de casos o (lamentables) fallecimientos originados por la COVID-19 se quedará obsoleto en pocas horas. La propuesta acá es identificar temas, tendencias y avanzar hacia propuestas que nos ayuden a gestionar mejor este riesgo a la salud que supone el coronavirus.

Otra consideración es que acá no vamos a proponer un texto médico o para profesionales de la salud, si bien abordaremos con rigor los términos, orientando la reflexión hacia todo ciudadano que desee estar bien informado sobre el entorno donde vive su salud. Finalmente, nuestro tono es afín a la libertad económica, la iniciativa individual y carecemos de simpatía hacia propuestas que expandan la coerción estatal bajo el pretexto de proteger la salud colectiva. Nuestra investigación más bien sustenta que esta crisis se ha exacerbado por la mala gestión gubernamental en servicios de salud y la orientación hacia fines partidistas de la atención médica.

Arsenal de conceptos

Necesitamos suponer que el monstruo está en todas partes. Mike DeWine, gobernador del Estado de Ohio 

COVID-19 y SARS-CoV-2

Hay términos que se popularizan, así sean esencialmente incorrectos. Una vez aceptados, sería arrogante o poco práctico cambiarlos. Es lo que ha ocurrido con el término coronavirus. El virus que está causando estragos en 2020 es apenas una modalidad de coronavirus y ya habíamos estado expuestos a otra de ellas, durante la epidemia del SARS en 2003. El error es que hablamos de el coronavirus actual como si fuese “único en su clase”.
La Clínica Mayo (MAYO FOUNDATION, 2020) elabora el punto así: “Los coronavirus son una familia de virus que pueden causar enfermedades como el resfriado común, el síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas
en inglés), y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, por sus siglas en inglés). En 2019 se identificó un nuevo coronavirus como la causa de un brote de enfermedades que se originó en China.
Este virus ahora se conoce como el síndrome respiratorio agudo grave coronavirus 2 (SARSCoV-2). La enfermedad que causa se llama enfermedad del coronavirus 2019 (COVID-19).
En marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que este brote de COVID-19 es una pandemia”.

En el albor de la diseminación del virus, la Real Academia Española y la Fundación FundéuRAE formalizaron la terminología en castellano para referirse a él.

La enfermedad asociada se ha de escribir en mayúsculas, COVID-19, al ser abreviatura de un término en idioma inglés, coronavirus disease (enfermedad del coronavirus, neologismo que ya sabemos es objetable). Precisamente, como es una enfermedad, el artículo que la precede habría de ser preferiblemente femenino: la COVID-19. La taxonomía del virus sería el mencionado SARS-CoV-2 o bien el término provisional 2019-nCoV que algunos siguen empleando.

(…) El contagio entre personas ocurre cuando alguien infectado con el virus arroja sus fluidos en el aire al toser, estornudar, cantar o hablar. (….)

La conclusión preventiva es inmediata y la mayoría ya estamos acostumbrados desde hace meses a las
medidas que se resumen a continuación: “Además de usar una máscara y mantener la distancia social, usar purificadores de aire portátiles es una manera de reducir los contaminantes aerotransportados en cualquier espacio. Y, algo tan simple como abrir las ventanas para dejar entrar aire limpio en su espacio es otra manera de elevar la ventilación.”

América Latina en el año de la pandemia

En algún momento, los números se hacen tan grandes que pierden su impacto. Me preocupa que, si continuamos alcanzando nuevos umbrales, sólo se conviertan en números y dejen de resonarnos realmente como fallecimientos.
Caitlin Rivers, epidemióloga en el Johns Hopkins Center for Health Security BLOOMBERG (2020) provee las siguientes cifras acumuladas al 7 de octubre de 2020, además de la información sobre contagios y fallecimientos que figuraran en las tablas 1 y 2:


1) El total de contagiados ha alcanzado a 35.984.455 personas.
2) De ellas, ya han fallecido 1.052.247.

El Banco Mundial estima la población mundial de 2019 en 7,6 mil millones de personas (exactamente: 7.673.533.972; la fuente está indicada en la tabla #1). Tomando este denominador, tenemos una mortalidad global de 137 personas por millón y una tasa de contagios de 4.689 por millón de personas. Las tablas
1 y 2, que contienen información nacional, nos muestran una gran dispersión respecto a estos valores
promedio mundiales.

(…) De modo sorprendente, desafiando toda lógica estadística convencional, vemos en las tablas que China,
que tiene el 18% de la población mundial, con 1.398 millones de habitantes en 201910, no figura entre los
quince países con mayor mortalidad por la COVID-19 y que su tasa de fallecimientos por millón de personas es de apenas 3… Sería un insulto a la inteligencia considerar que “Una Sociedad Unida y Disciplinada” ha logrado este desafío a la ley de grandes números estadística.

Mala calidad de los datos

Estamos trabajando con información incompleta. Desde EEUU, el director de un CDC, Robert Redfield, estima que el número de infectados en EEUU ha de ser, realmente, 10 veces el número de casos oficialmente reportados. El propio Anthony S. Fauci, considera que el virus ha acabado con más vidas que las compiladas en las estadísticas estadounidenses (SHAPIRO et. al., 2020).

Las causas incluyen la carencia de metodologías uniformes para reporte y conteo en las distintas regiones del país. Hay zonas rurales o más pobres donde los recursos son mucho menores para un apropiado diagnóstico o conteo. Algunos pacientes mueren en realidad al exacerbarse, por causa del coronavirus, alguna comorbilidad. Y recordemos que hay hasta 40% de asintomáticos, que quizás ni llegaron a saber antes de morir que tenían el nuevo coronavirus, pero sí tenían otra condición identificada de larga data que se complicó rápido y con consecuencias letales –enfermedad respiratoria, insuficiencia cardíaca u otra. En el caso estadounidense se añade la demora para realizar las pruebas en escala relevante, que apenas se logró adecuar a los estándares de la OMS hacia junio (SHAPIRO et. al., 2020).

Tim Harford nos recuerda algo fundamental: no hay una base de datos universal con estadísticas de la COVID-19: (HARFORD, 9/9/2020, sección 2): “Al final, [las estadísticas] vienen de alguna parte: alguien contó y midió algo, idealmente de modo sistemático y con cuidado. Estos esfuerzos de medición y conteo sistemático requieren dinero y experiencia –que no podemos considerar garantizadas.”

Harford cita a la revista científica Nature, que habla de una “crisis de datos del coronavirus” para EEUU (HARFORD, op. cit.) y también considera el caso de España, donde el reporte de fallecimientos se detuvo a inicios de junio.

Pensemos que los reportes muchas veces se producen en hospitales con personal enfermo de coronavirus, incluyendo administrativos y médicos que están de baja, teniendo que asumir funciones los auxiliares.

Con tiempo y personal escaso, dar buena información sobre fallecimientos podría no ser prioridad frente a la de socorrer a quienes siguen debatiéndose con la muerte.

Se carece de una base global sobre las pruebas y, nuevamente, hemos de descender a los procesos detrás de los números. Las pruebas están teniendo cuellos de botella que afectan sus resultados y, desde luego, su adecuado conteo. Acudimos al caso colombiano, que tenemos más a mano, pero sabemos que tiene émulos en otras geografías: un artículo de opinión del 4 de agosto de 2020 señalaba que la demora promedio para procesar las pruebas en los laboratorios era de tres días, cuando el compromiso es tener los resultados en 24 horas y que, en departamentos periféricos, como Nariño, Bolívar y Sucre, el rango de demora se elevaba entre 18 y 34 días.

Desde luego, cualquier estadística de contagios queda rezagada de modo significativo en su producción si hay estas demoras y la propia prueba pierde robustez (El Colombiano, 4/8/2020). Todo esto hace que debamos tomar con precaución los datos, si bien esto no debe restar disciplina y compromiso por mejorar la calidad de su generación.

Sin este insumo, estamos “resolviendo un problema sin comprenderlo”, como decía un fallecido académico de CEDICE LIBERTAD, Manuel J. Cartea. Sería candidez no considerar la intencionalidad en la manipulación estadística. Usualmente son los Gobiernos quienes tienen acceso a los datos y quienes tienen en nómina al personal que los mide y compila. Hay consecuencias electorales, presupuestarias y de reputación para las gobiernos o autoridades que fallen en provisión de atención médica primaria. Por ello es indispensable que organizaciones de la sociedad civil tengan centros para medición independiente, con lo cual se calibre u homologuen las cifras que provee el sector oficial.

¿Se trata de una pandemia?


(…)

Acudamos a uno de los casos más dramáticos y recientes. La crisis generada por la llamada “gripe española”, hace un siglo. Es una época donde ya había tecnologías de transporte como el automóvil o los vuelos aéreos, que diseminaban enfermedades.

BARRO et. al. (2020) indican que esta pandemia de gripe acabó con la vida de 40 millones de personas, entre 1918 y 1920. Este terrible coste humano equivalía a 2,1 de la población mundial de entonces. Si ocurriese hoy día tal mortalidad, estaríamos hablando de más de 150 millones de decesos, un poco más de la población entera de la Rusia actual o bien tres veces la población de Colombia, España o Argentina.

Recordemos que hace un siglo no había ni penicilina ni antibióticos. Más recientemente, tenemos la epidemia de gripe H1N1 en EEUU, que entre abril de 2009 y 2010, que contagió al 20% de la población. La padecieron 60,8 millones de personas, de las cuales 12.469 fallecieron (la mortalidad es menor que con COVID-19, decisivamente, pero los contagios fueron abrumadoramente más altos que bajo la COVID-19). Y si nos vamos al pasado más remoto en la historia de las pandemias, siguiendo a ZACHER (2001), tenemos que entre 60% y 90% de los indígenas americanos fallecieron en el
siglo XVI como consecuencia de la viruela, sarampión o gripe importados por europeos o africanos.

O que en el siglo XIV murió un tercio de la población europea como consecuencia de la peste negra.
Volviendo a nuestros días, se estima que en el mundo, anualmente, 6 millones de niños menores de 5 años fallecen de hambre o enfermedades relacionadas con ella -la llamada “hambre encubierta.”

Lamentablemente, los Gobiernos no han considerado bajo el rótulo de “pandemia” estas muertes. Y el virus del HIV sigue cobrando casi 60.000 vidas anualmente, incluso existiendo tratamiento que detendría el fatal desenlace.
Si decimos todo esto es para evaluar, con objetividad, si la reacción exagerada de los Gobiernos, sin datos, sin teoría, ha precipitado una errónea denominación.

Podríamos argüir que no ha sido una pandemia precisamente porque se actuó con velocidad a establecer cuarentenas y distanciamiento social. Lamentablemente, hay evidencias contra este enfoque, incluso si dejamos de lado que estas medidas comenzaron de modo sistemático y global hacia mediados de marzo de 2020, cuando el virus tenía al menos un trimestre actuando.

El primer argumento contra la visión simplificadora de que las cuarentenas nos salvaron proviene de las Tablas 1 y 2. Vemos países que aplicaron cuarentenas estrictas y no por ello tienen mejores resultados. Colombia es un ejemplo. Y adicionalmente, tenemos estudios econométricos que no encuentran significación estadística en las cuarentenas como mitigador de contagios o mortalidad.
Mencionemos uno reciente, cuyos hallazgos se publicaron el 23 de septiembre de 2020 y corresponde al colombiano Centro de Estudios Económicos de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras, ANIF. Han considerado como variable dependiente la mortalidad por COVID-19 y, con una muestra de 73 países, han trabajado un modelo econométrico donde colocan como variables explicativas las siguientes: la severidad del cierre o cuarentena; la cantidad de Unidades de Cuidado Intensivo por millón de habitantes; el número de pruebas del virus por millón de personas; un índice de acceso a cuidado de la salud; localización del país en zona intertropical; porcentaje de población mayor de 60 años; prevalencia de obesidad o de colesterol alto.

Una conclusión que alcanzan es la siguiente y es la relevante para este debate de si realmente se “detuvo” una “pandemia” con las medidas de cuarentena que aún siguen vigentes en países como Venezuela y mantienen esencialmente paralizados en todo el orbe los sectores de turismo, gastronomía, salas de cine e instalaciones deportivas, destruyendo empleo y empresa (SANTA MARÍA, et. al., p. 2): “La severidad de las cuarentenas presenta, de forma aparentemente contraintuitiva [sic], un efecto positivo sobre la tasa de mortalidad por SARS-CoV-2. Evidentemente, esto no necesariamente se debe tomar como un signo de que las cuarentenas son un factor precursor de la mortalidad por este virus. La causalidad de esta variable no es del todo clara, puesto que, entre otras cosas, las muertes motivan parcialmente las decisiones de los gobiernos de decretar cierres. Lo que sí podemos observar es que su efecto para disminuir los resultados negativos del virus tampoco es claro. La regresión apunta a que, aun tomando la variable de severidad de cierre con un rezago de 15 días, su efecto sobre la mortalidad es, cuando menos, nulo. Este resultado indica, de manera preocupante, que las cuarentenas no han tenido el efecto esperado en la contención de la pandemia, por lo menos en lo que a mortalidad se refiere.”
(…)

En conclusión, no parece ser que la acción gubernamental encerrando a la gente realmente haya sido causa de éxito para contener la propagación del virus SARS-CoV-2, sino que más bien la dirección para las políticas públicas va hacia la realización de pruebas, que no alcanza sola, sino que necesita haberse hecho con celeridad y respetando tiempos de entrega al inicio de los contagios. Además de expandir la capacidad de camas de cuidado intensivo.


Teniendo en cuenta las tasas de contagio y decesos, así estén groseramente subestimadas, no tenemos realmente un fundamento para hablar de “pandemia”, al menos a la luz de la historia. Lo que si ha sido pandémico es el coste económico de las medidas que han devuelto al desempleo y a la pobreza a buena parte
de la población latinoamericana.

(…) La COVID-19 ha cambiado los precios relativos. Ciertos tratamientos se han hecho inviables, prohibitivos
o más costosos. Un efecto indeseado de esta crisis de la COVID-19 es que se han detenido los tratamientos
de otras dolencias que han perdido protagonismo e incluso los pacientes no los tienen disponibles. Adicionalmente, las medidas económicas que han reducido el ingreso disponible de los ciudadanos, al dejarles
sin empleo o con sus negocios en pérdidas, podrían generar el efecto contraproducente de reducir el gasto
o inversión en salud, para enfocarse en cubrir los gastos en alimentación, vivienda o servicios públicos.
No menos importante, el confinamiento, la distancia social y la incertidumbre generan un espectro más
amplio de enfermedades mentales o nerviosas –como ha sucedido para el personal en salud
En suma, lo aleatorio es algo que aparecerá en este ámbito de la salud y hemos de tener en cuenta que
tenemos infinidad de acciones individuales donde cada persona ajustará sus percepciones, costes y beneficios esperados, generando conductas que no necesariamente corresponden a los objetivos o restricciones colocados por los gobiernos para proteger la salud ciudadana. Por ello cobran valor las soluciones
más simples y que generan resultados rápidos, como son el uso del tapabocas o lavarse las manos con más
frecuencia.


La primera sorpresa que vemos es que, en la región asiática, en concreto en la zona desde donde se propagó el virus, las tasas de contagio o mortalidad han sido bajas y que, concentrando el grueso de la población
mundial, no figuran en los primeros quince países por volumen de casos. Tenemos a India e Irán que son
asiáticos, si bien alejados de China y países aledaños, donde habríamos esperado mayor incidencia del
nuevo coronavirus

(…) La crisis de la COVID-19 sorprendió a estos países con problemas económicos y también de gobernanza.
Los regímenes populistas, autoritarios o subordinados a la ideología marxista cubana han marcado la tónica
gubernamental durante el siglo, por lo cual es insensato esperar una buena respuesta de políticas públicas,
salvo en casos puntuales, como quizás el uruguayo.

Colombia, si bien tiene unas cifras bastante castigadas, ha buscado de hacer bien los deberes, incrementando la capacidad de UCIs, suministrando transferencias directas en efectivo a la población y promoviendo las medidas de cuidado personal y distanciamiento.

No obstante, incluso con recuperación de la industria y el empleo durante el tercer trimestre, el rigor de
la cuarentena económica podría estar debilitando los resultados en salud (el PIB cayó 15,7% durante el segundo trimestre), además de acusar la falta de coordinación entre gobiernos regionales y nacional -la Alcaldía de Bogotá se ha mostrado especialmente beligerante para alinear esfuerzos con la presidencia.

El argumento del daño económico como origen de deterioro en salud tiene asidero con un estudio brasilero que encontró que por cada 1% de incremento en el desempleo, se eleva en 0,5% la mortalidad de la población por cualquier dolencia. Con proyecciones de desempleo de 23%, que añadirían otras 120 mil muertes, el Gobierno brasilero inició un proceso de distribución de ayudas económicas por 5,6 mil millones de dólares, incluyendo transferencias directas (The Lancet, 19/9/2020).

 Carlos Goedder es economista, master en mercadeo y finanzas internacionales. Senior Fellow, Cedice Libertad. El artículo precedente es un resumen de las ideas que publicó en el reporte anual de RELIAL donde se analiza el impacto de la pandemia en América Latina.

Para ver el informe completo, hacer clic en la imagen

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