El liberalismo católico, la oportunidad que la Iglesia aún espera

El liberalismo católico puede entenderse como una posibilidad histórica o como una posibilidad teórica.

Como posibilidad teórica, este liberalismo se refiere a un liberalismo institucional (repúblicas democráticas con división de poderes y control de constitucionalidad) y fue desarrollado por autores como Lord Acton, Lacordaire, Montalembert, Ozanam, Rosmini, Luigi Sturzo y Jacques Maritain. En estos momentos, es continuado por autores como Michael Novak o Sam Gregg en el plano político. Ha tenido cierto apoyo del Magisterio en los documentos de Pío XII sobre la sana democracia, en la Pacem in terris de Juan XXIII, en la Declaración de libertad religiosa del Vaticano II y, sobre todo, en los discursos de Benedicto XVI al Parlamento Inglés y al Parlamento Británico.

Desde un punto de vista histórico, se podría decir que esta modernidad católica, como mundo posible, fue absorbida –como dice Leocata– por el Iluminismo, sobre todo en Europa, si exceptuamos las instituciones inglesas y norteamericanas. Hayek las ha distinguido claramente de la Revolución francesa, y Benedicto XVI ha hecho esa misma distinción, aunque se discutirá ad infinitum la influencia del anglicanismo y del protestantismo en ambos casos.

Sin embargo, hubo dos ocasiones donde un liberalismo propiamente católico estuvo a un paso de materializarse. Hoy casi no se recuerda que Pío IX estuvo a punto de nombrar a Antonio Rosmini su Secretario de Estado antes de entrar en su período «anti-moderno» y escribir sus famosos Quanta cura y Syllabus. Rosmini llegó a redactar un proyecto de una Constitución para los nuevos estados italianos muy parecida a la de los Estados Unidos, con obvias adaptaciones para el caso italiano y un tratamiento de los estados pontificios que hubiera evitado toda la «cuestión romana» posterior. El ala no liberal del Vaticano reaccionó con toda su fuerza y logró convencer a Pío IX de que dejara de lado el proyecto, además de emprender una serie de ataques doctrinales contra la teología rosminiana, que lamentablemente prosperaron bajo el pontificado de León XIII con la acusación de «ontologismo». La condena fue levantada por Benedicto XVI en 2006, pero el daño producido fue humanamente irremediable. Hubiera surgido un mundo paralelo del todo distinto. En el plano político, hubiéramos tenido a un Vaticano integrado al mundo moderno, con todo lo que ello implica. El Vaticano II, en ese sentido, se hubiera adelantado casi un siglo. Por lo demás, Rosmini hizo una filosofía integrada a lo mejor de las inquietudes filosóficas de la modernidad, que hubiera sido un contrapeso interesante a esa deformación de Santo Tomás, donde se lo hizo quedar como un mero aristotélico, «arma de combate» contra un «mundo moderno» condenado filosóficamente sin distinciones, igual que la proposición 80 del Syllabus en el ámbito político.

La segunda ocasión fue la de Luigi Sturzo. Con el pleno apoyo de Benedicto XV, a partir de 1914, el sacerdote Luigi Sturzo funda el Partido Popular, antecedente de la Democracia Cristiana, y comienza a ganarle las elecciones, sistemáticamente, a los movimientos políticos profascistas y promussolinianos. Benedicto XV levanta la interdicción establecida por Pío IX a los católicos italianos para participar en política. Hace enormes esfuerzos por la paz mundial y apoya la idea de Sturzo, quien tomaba la legitimidad de la democracia como forma de gobierno ya defendida in abstracto por León XIII. Pero Benedicto XV muere en 1922, y Pío XI comienza negociaciones con Mussolini a fin de lograr el Pacto de Letrán, de 1931.

Luigi Sturzo

Como parte de esas negociaciones,  Mussolini pide la cabeza de Sturzo, y Pío XI se la entrega en bandeja de plata. En 1924, por medio de su secretario de Estado, «invita a retirarse» de Italia a Sturzo, quien se exilia primero en Inglaterra y luego en los Estados Unidos. Terminada la Segunda Guerra, Sturzo vuelve a Italia, es elegido senador vitalicio y muere en 1959, dejando profundos escritos en defensa de la democracia y de la economía de mercado.

Este último episodio es especialmente lamentable. Primero, hubiéramos tenido una Italia democrática y cristiana, sin Mussolini, con todo lo que ello implica. Segundo, obsérvese que de este tema casi nadie habla, y es así porque, a pesar de toda la comprensión histórica que podemos tener con Pío XI, lo que sucedió es, retrospectivamente, vergonzoso. Cómo pudo un pontífice romano hacer ese pacto con un dictador y echar a un demócrata genuino como Luigi Sturzo, con una visión cortoplacista absoluta, se explica solamente por la falta de vacunas anti-autoritarias que padecía la mayor parte de los católicos, pontífice incluido, y eso fruto de las «condenas al liberalismo» sin ningún tipo de distinciones, realizadas por Pío IX y León XIII, y festejadas por todos los católicos autoritarios de todos los tiempos.

Pero, independientemente de esto, los dos casos aludidos muestran que el liberalismo católico, además de ser una posibilidad doctrinal, estuvo dos veces a punto de ser historia, quedando, en lenguaje tomista, en «estado de potencia próxima al acto». ¿Habrá una tercera oportunidad? Creo que ya la hubo, con el pontificado de Benedicto XVI y sus reflexiones sobre la Constitución de los Estados Unidos, las instituciones inglesas y la reconstrucción democrática alemana, además de sus reflexiones sobre el Vaticano II, la razón y la fe, y la sana laicidad del Estado, que iban de la mano.

Pero la renuncia de Benedicto XVI no fue una casualidad. La Iglesia, en tanto a las acciones y pensamientos concretos de los católicos en general, no está madura aún para esto.

Habrá que seguir esperando.

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