A Guillermo Mosso pensar distinto no le asusta. Es más: es su sello para hacer política. Defiende la minería y destierra todos los mitos que se erigieron en torno a ella; considera que el #MendoExit es un llamado a la reflexión para un país que cayó hace rato en la modorra de las frases hechas y defiende el capitalismo como el menos imperfecto de los sistemas económicos que permite el crecimiento y sacar a la gente de la pobreza.
Como diputado por el Partido Demócrata y como Director de la think tank liberal mendocina Cátedra Alberdi, Mosso es uno de los referentes del pensamiento liberal en una Argentina que necesita federalizar su pensamiento, abrirlo a los conceptos que inoculó Alberdi y que siete décadas de populismo se ocuparon de mancillar infructuosamente. “Hacer” política, para Mosso, es una arquitectura minuciosa para desarticular males enquistados en todos los espacios de poder. “Desaprender” para volver a aprender conceptos que lleven a la Argentina a otro camino que no sea el de la decadencia perpetua.
Como director de Cátedra Alberdi y como diputado provincial se enfrenta, cotidianamente, al desafío de compartir espacios con referentes de distinto signo y distintos pensamientos, incluso dentro de las mismas fuerzas. Las diferencias son claras y contundentes con el kirchnerismo pero se desdibujan cuando se trata del radicalismo o la Coalición Cívica. Pero Mosso considera que el debate debe estar abierto, pero que ahora hay que concentrarse en lo urgente. Este es el diálogo que mantuvo con Visión Liberal:
¿Cuáles son los mayores desafíos para un think tank liberal, que debe afrontar su tarea cuando enfrente está un gobierno de ideas afines como el de Suárez en Mendoza?
– Antes debo hacer una larga aclaración. Hacer política hoy en la Argentina, implica para un liberal compartir espacio y hoja de ruta con referentes de otras fuerzas que solo sostienen un liberalismo político, pero no económico. Tanto el radicalismo como la Coalición Cívica, y en menor medida el PRO, tienen la mirada de un estado intervencionista en materia económica. Estas son diferencias que nos planteamos permanentemente, pero que deben quedar rápidamente zanjadas hasta otro momento, cuando uno entiende que hoy la divisoria de aguas en la sociedad argentina pasa por el rechazo absoluto al populismo del kirchnerismo y el Grupo de Puebla.
La grieta ya es demasiado profunda como para aumentarla dentro de un mismo espacio de pensamiento
Churchill dijo que para derrotar a Hitler se aliaba con el diablo. Hay que tener ese espíritu de amplitud y unidad frente al enemigo común, por eso hay que priorizar las coincidencias a la hora de cerrar filas en la defensa de la República.
Y el liberal haciendo política con responsabilidades institucionales, no debe perder el norte de sus valores ni ideas, pero tiene que tener la ductilidad para actuar en un terreno donde no existen blancos y negros sino los grises.
¿Qué implica ser un militante del liberalismo en el interior de un país arraigadamente populista?
Además de difundir y defender las ideas de la libertad, siento que nuestro desafío es colaborar en el desarrollo de una militancia liberal activa y protagonista. Hay que hacer de las universidades y colegios, partidos políticos, entidades empresariales y gremiales, etc., semilleros de dirigentes liberales. Por eso hay que hacer foco en la juventud. Debemos aprovechar la fenomenal presencia que tienen en los medios y las redes, baluartes como Milei, Adorni, Carrino, Etchebarne y tantos otros que, con la potencia de su prédica, hacen liberalismo pedagógico y popular. Gracias a ellos, miles de jóvenes se sienten identificados, porque hoy, frente al statu quo decadente que vive la Argentina, la rebeldía es ser liberal.
La tarea es tan difícil como para Suárez ahora y Cornejo antes implica gobernar, teniendo en cuenta la influencia siempre fuerte del pensamiento populista
Respecto al actual gobierno provincial de Rodolfo Suárez, como el anterior de Alfredo Cornejo, con ellos y muchos de sus funcionarios hay relaciones personales que datan de las épocas de estudiantes en los ’80. En aquellos tiempos con UPAU competíamos contra Franja Morada: ellos priorizaban los centros de estudiantes -más politizados-, y nosotros los Consejos de las facultades y el rectorado donde se incidía en el gobierno universitario. Lo paradójico de las vueltas de la vida y la política es que, en los congresos de federaciones o asambleas para elegir rector, chocábamos fuerte contra la Franja y sus aliados del “campo popular” (peronistas, socialistas, etc.), pero desde 2015 formamos parte de un frente provincial cuyo ingeniero electoral fue el propio Cornejo. Como dije antes, compartimos espacio, hoja de ruta y también la emergencia de evitar caer en el abismo populista al que nos lleva el kirchnerismo, pero ellos son radicales y nosotros no.
En su ADN están las diferencias que nos separan, como el rol del estado, el intervencionismo económico, la mirada sobre una universidad que es cada vez más regresiva, el manejo de algunos resortes institucionales, cierto progresismo con corrección política, etc.
Todos los gobiernos de origen radical (a nivel nacional o en las provincias) parecen estar muy lejos del ideario económico del liberalismo. ¿Ven a los gobiernos de Cornejo y ahora Suárez con esa impronta?

Ellos tienen una concepción de un estado más intervencionista y regulador. Para graficarlo, va un ejemplo concreto qué ocurrió hace unos días. Gran parte del sector vitivinícola de Mendoza no está orientado a las exportaciones sino al mercado doméstico. La sobreproducción generó excedentes que tiran a la baja el precio del vino y eso causa un gran problema económico y social por la cantidad de empleo asociado a la actividad y las zonas geográficas que dependen de la misma. El gobierno propuso un mecanismo regulador llamado Banco de Vinos, que consiste en remunerar con tasa de interés a los stocks vínicos que se auto bloqueen y no salgan al mercado por un periodo de tiempo, de modo tal que el precio se tonifique y se mantenga un stock técnico equivalente a 4 a 5 meses de volúmenes de despachos. Este desequilibrio en un mercado que no es perfecto, podía resolverse con otras herramientas que no fueran la aplicación de los recursos de los contribuyentes, como por ejemplo un bono o título con cotización bursátil. Además, la medida tenía un déjà vu a las épocas de la bodega Giol, estatizada en etapas por un gobierno peronista (1954) y otro de mi partido (1964) para regular el mercado. Giol fue un fracaso económico, político y social y luego de su privatización, con las inversiones extranjeras, comenzó el ciclo virtuoso que permitió hacer del malbec argentino una marca mundial.
Ahí entra en confrontación lo teórico y lo práctico: lo que se piensa con lo que impone la realidad
Yo propuse esta alternativa, pero la opinión mayoritaria del interbloque oficialista del que formo parte, decidió avanzar con el proyecto del Poder Ejecutivo tal como fue enviado. Al fin de cuentas, terminé apoyando la iniciativa, contra mis convicciones. En este contexto de pandemia, entendí que no le podía negar al gobierno provincial la herramienta que reclamaba, a sabiendas que era un parche que no resolvía una crisis estructural del sector vitivinícola mendocino. Y voté como una vez dijo Álvaro Alsogaray, tapándome la nariz, como si estuviera tomando aceite de ricino.

Hay que volver a instalar con firmeza la idea de que el motor de cambio de una sociedad no es el estado sino su actividad privada
Una última digresión sobre este tema. Volviendo a recordar las épocas de militantes universitarios, jamás se me hubiera pasado por la cabeza escuchar a Alfredo Cornejo o a muchos radicales defender, sin ponerse colorados, la iniciativa privada o decir con todas las letras que el empleo genuino lo crean los empresarios y no el estado. Lo celebro porque es un cambio importante. Quizás sea como la frase que algunos atribuyen a Churchill y otros a Clemenceau, “quien a los 18 no es socialista no tiene corazón y quién a los 40 lo sigue siendo, no tiene razón”
¿Qué tan lejos -o tan cerca- está la sociedad mendocina de aceptar un drástico paso a una economía auténticamente liberal en lo económico?
Gran parte de sociedad argentina se ha acostumbrado a tener una mirada estatista y en esto no se diferencian mendocinos o de otra provincia. Por décadas nos hemos acostumbrado a esperar que todo venga del estado. En primer lugar, es un cambio cultural a nivel ciudadanía. Hay que volver a instalar con firmeza la idea de que el motor de cambio de una sociedad no es el estado sino su actividad privada.
“Sueño con una Argentina liberal y por más que lo sienta como una utopía, no voy a dejar de trabajar para lograrlo”
Por otro lado, en un contexto donde el manejo de las variables de política económica está en manos del gobierno nacional, es muy poco el margen de maniobra que les queda a los gobiernos provinciales. Estos no tienen incidencia sobre la tasa de interés, el tipo de cambio, el nivel de encaje bancario, los impuestos que sí mueven la aguja como ganancias, IVA o los impuestos al trabajo y sobre otros resortes que pueden impactar en los niveles de actividad económica. Con lo cual, cualquier cambio que se efectúa en una provincia es acotado. Por ejemplo, la mayoría de las provincias argentinas se financian con un impuesto regresivo, que genera efecto cascada y que prácticamente no se utiliza en la mayoría de los países del mundo: el impuesto a los ingresos brutos. A pesar de la suspensión del pacto fiscal que acordó una baja progresiva de este impuesto, Mendoza siguió en esa senda de disminución, pero es muy poco el impacto en la creación de empleo o de actividad económica versus el costo fiscal. Un verdadero liberalismo económico debería empezar por liberar a los sectores dinámicos de las agobiantes cargas fiscales y burocráticas, sobre todo las nacionales, y para eso es necesario comenzar nuevamente un debate sobre la reforma del estado. Un debate que no es el mismo de los ‘90, porque hoy tiene otros significados e implicancias, por ejemplo, con las alianzas público privadas para competir internacionalmente y ganar mercados.
¿Cuáles son las soluciones de aplicar?
Yo sueño con una Argentina liberal y por más que lo sienta como una utopía, no voy a dejar de trabajar para ello. Pero los frentes de combate son varios y el principal es el cultural, por eso insisto con la reforma del estado. Debemos repensarlo por completo y generar un consenso, aunque sea mínimo sobre ciertos aspectos. Hay que cambiar esa matriz de pensamiento que le otorga al estado ese carácter salvador y omnipresente. No puede ser que aquel aspiracional de “mi hijo el doctor” hoy sea “el cargo para mi hijo”. Hay que discutir la vaca sagrada de la estabilidad del empleo público. Deberíamos establecer constitucionalmente relaciones de responsabilidad fiscal que operen como restricciones a la creación de estructuras gubernamentales.
Por eso tengo muchas expectativas y esperanzas en esta generación de jóvenes emprendedores que está comenzando a despuntar en el país y en mi provincia. La mayoría de ellos está vinculada con proyectos y emprendimientos donde la tecnología es protagonista principal. Ellos hacen, apuestan y arriesgan a pesar de un país que, con sus constantes fluctuaciones les juega en contra todo el tiempo. Generan empresas y modelos de negocios sin necesitar de la ayuda del estado. Al revés, muchos de ellos colaboran con gobiernos locales y provinciales. Tienen una visión internacionalizada, con proyectos elaborados localmente pero que miran al mundo.
¿Ustedes impulsarían la secesión de Mendoza de la Argentina?
El sistema federal argentino no permite el derecho de secesión de las provincias que lo integran, así que claramente hablamos de algo fácticamente imposible. Ahora, el fenómeno del MendoExit, viene a representar un grito de rebeldía, un llamado de atención de una provincia productiva que siente cada vez más el centralismo del estado nacional, que convirtió al federalismo en letra muerta. Representa el hartazgo de las provincias productivas con orden administrativo, que financiamos desde hace décadas feudalismos dónde la principal ocupación es el empleo público. Esto es algo que también se siente en Córdoba, en Santa Fe y algunas otras provincias.
La historia de Penitentes es otro fracaso más de los que acumulamos los mendocinos.
Entonces el MendoExit viene a ser la oportunidad para volver a discutir sobre federalismo, con una agenda que contemple temas como la revisión del sistema de coparticipación impositiva para ir un esquema inverso donde las provincias sean las que coparticipen a la nación. O la recuperación con ejercicio pleno, de facultades no delegadas a la Nación, con una mayor autonomía para la toma de decisiones locales. O la posibilidad de ir construyendo alianzas transversales entre provincias, para impulsar el retorno al Colegio Electoral y de esa manera “desconurbanizar” la elección de presidente y vice.
A todo eso, debemos agregar la necesidad de que las provincias con vocación internacional, desarrollen “diplomacias subnacionales” para profundizar vínculos políticos y comerciales y solucionar problemas que la Nación no atiende. En el caso de Mendoza, mientras Argentina siempre miró al Atlántico, nosotros queremos – cordillera mediante- mirar hacia al Pacífico, integrarnos más con Chile y aprovechar esa plataforma de entrada a los mercados asiáticos.
¿Cuáles son los mayores problemas estructurales de la economía de Mendoza?
El principal problema que tiene la economía mendocina es que su matriz productiva está llegando al límite de su crecimiento. Hace 10 años que Mendoza no genera el empleo privado necesario para absorber el crecimiento vegetativo de los jóvenes que se incorporan al mercado laboral cada año.
Los principales sectores generadores de ingresos de nuestra economía son petróleo, comercio, turismo y luego vitivinicultura. Antes de la pandemia estos sectores estaban impactados por la crisis con diferentes niveles, luego de la aparición del coronavirus esto se transformó en un cóctel explosivo. El petróleo se desplomó con la baja del barril convencional y la mala señal de precios frenó las inversiones y la actividad en los no convencionales. El cierre de fronteras congeló por completo una actividad turística orientada a visitantes internacionales de bodegas. Y el comercio no fue ajeno a lo que sucede en el país, con las tremendas caídas de ventas y el mantenimiento de estructuras de costos donde no se les dio un respiro en materia impositiva y laboral.
Por eso fue muy mala noticia el haber fracasado con el intento de generar las condiciones para el desarrollo de la actividad minera en la provincia, ya que se cuenta con un potencial enorme en la materia. Para tener una idea, en la misma porción de cordillera compartida, del lado chileno se exportan casi U$S 40 mil millones al año, del lado mendocino, cero. La economía del conocimiento fue el único sector en Mendoza que en 2019 generó empleo genuino y amortiguó la baja en la destrucción de puestos de trabajo por la crisis.

¿Qué piensan de la expropiación realizada por Cornejo y ratificada por Suárez, del centro de esquí de Penitentes?
Hay que aclarar que el kirchnerismo, con la mala fe que lo caracteriza, utilizó este caso de expropiación para parangonarlo con el escandaloso intento de apropiación de Vicentín.
Penitentes es un centro de esquí con una historia particular. Surge con el gobierno militar en 1978. A la empresa se le venden por un lado las 50 hectáreas colindantes con la ruta y dónde se instalan los medios de elevación y por otro decreto se le conceden 1.000 hectáreas por 35 años, para la construcción de un centro de deportes de invierno.
Años después, la infraestructura de alojamiento que se construyó (hoteles y departamentos) se hizo bajo una ley de desgravación impositiva aprovechada por empresas y particulares ajenos a la actividad turística. Con lo cual Penitentes nunca pudo ser explotado como un recurso integral, con todas sus camas disponibles para el mercado y con actores alineados bajo la misma estrategia comercial. A eso se le sumó un funcionamiento intermitente debido a temporadas sin nieve y los problemas societarios en la empresa, que derivaron en su intervención judicial en el año 2017. La concesión estaba vencida desde el año 2013 y la prórroga de la misma fue denegada en el año 2017, decisión que fue recurrida y convalidada por la Suprema Corte provincial al denegar la petición de la empresa. En 2019 se sancionó la ley de declaración de utilidad pública y sujetas a expropiación de esas 50 hectáreas vendidas en 1978.
La historia de Penitentes es otro fracaso más de los que acumulamos los mendocinos. La expropiación era la única solución factible para poner fin a una situación en la cual una prórroga de concesión no aseguraba un proyecto que pusiera en funcionamiento el centro de esquí. Ahora se trabaja en generar las condiciones para hacer una licitación orientada a interesar a un operador turístico de nivel internacional.



