El clamor del parásito: “no se vayan que la política no se paga sola”

El clamor del parásito

-¿Con qué cuentan? -preguntó. Su tono había cambiado, ahora era bajo y sonaba de un modo regular con el sonido persistente de una perforadora.

-¡Sólo es cuestión de ganar tiempo! -exclamó Mouch.
-Ya no tenemos más tiempo.
-Necesitamos una oportunidad -dijo Lawson.
-Ya no hay oportunidades.
-¡Sólo hasta que nos recuperemos! -gritó Holloway.
-No hay modo de recuperarse.
-Hasta que nuestra política empiece a dar resultado -agregó Ferris.
-No hay modo de que lo irracional funcione. -No hubo respuesta- ¿Qué puede
ya salvarlos?
-¡Usted hará algo! -exclamó James Taggart.
Entonces, aunque se trataba de una frase que había escuchado muchas veces
en el transcurso de su vida, esta vez provocó un estallido ensordecedor en su
interior (…).
Había maldecido a estos saqueadores por su obstinada ceguera, y era él quien
la había hecho posible.


El extracto de antología pertenece a La Rebelión de Atlas, la célebre novela de Ayn Rand, donde los parásitos gubernamentales y sus cómplices empresariales y sindicales le piden al empresario independiente Hank Rearden que se haga cargo de la crisis generada por ellos mismos.

Dichas palabras también podrían pertenecer a la Argentina, la película de terror de los Kirchner (y quienes se les parecen en la oposición), donde los parásitos gubernamentales y sus cómplices empresariales y sindicales les piden a las personas productivas que no se vayan del país hundido en crisis por ellos mismos.

Por las permanentes expoliaciones fiscales, políticas inflacionarias, devaluaciones, y atropellos institucionales, muchas personas productivas piensan en -o comienzan a- irse del país.

Argentinos tramitan nueva residencia en Uruguay, España, Israel, Australia… cualquier destino que contraste en seriedad con la pocilga que los políticos y sus compinches han hecho de la tierra de Alberdi, Sarmiento y Roca.


Y por supuesto, la política reacciona. El presidente Alberto Fernández les pide a los osados que “no se vayan”, que “hay un país por construir” y que debemos “arremangarnos entre todos” para lograrlo. El diputado Máximo Kirchner se suma al pedido de no emigrar, y les asegura a los jóvenes tentados: “el país es de ustedes”.

Estas no son invitaciones ni discursos inspiradores para una gesta patriótica. Son algo bajo, bajísimo, que exuda impotencia propia y no puede disimular su inmoralidad. Esto es el clamor del parásito. Quédense, porque sin su producción yo no tengo qué robar, sin sus creaciones yo no tengo de qué vivir, sin su trabajo yo no tengo de qué sostenerme.
Los saqueadores están preocupados porque si se van los generadores de riqueza, se quedarán sin botín y su estilo de vida se perderá. El saqueador Alberto Fernández está preocupado porque necesita seguir expoliando y redistribuyendo. El saqueador Máximo Kirchner está preocupado porque no sabe lo que es trabajar. Los dos, más sus acompañantes, son parásitos que viven de lo ajeno, y si lo ajeno no está más, se caen porque no saben ni quieren vivir de lo propio.

Fernández, Kirchner, y los de la misma calaña, son los generadores y continuadores de la crisis perpetua, y quieren que -en vez de emigrar- los individuos productivos se hagan cargo.

“¿Qué puede salvar esto?” preguntan los soñadores de una vida mejor en el extranjero, lejos del aparato estatal argentino que saquea por doquier. “¡Ustedes harán algo!” responden Fernández y Kirchner.

La política no se paga sola. La pagan los sometidos por ella. Alberto Fernández invita a arremangarse, pero él no se arremanga: seguirá cobrando cientos de miles de pesos por mes, sin ajustarse, mientras demandará sacrificios a quienes cobran por debajo del nivel de pobreza cientos de miles de pesos menos. Máximo Kirchner dice que el país es de la gente, pero se lo quiere quedar: su familia está acostumbrada a usar las arcas públicas como billetera personal, los terrenos fiscales como el patio de su casa, y las instituciones como su conjunto de reglas personales. Estos saqueadores y parásitos cuentan con los productivos, y si estos se van, la fiesta no será la misma.
El sistema es horroroso y no hay obligación de tolerarlo mientras haya vía de escape.

Los productores deben saber que están en todo su derecho a emigrar sin reparos ni autocastigos.
No están obligados a tributarle toda su vida al peronismo y al monstruo estatal argentino.
Irse del país cuyo estado maltrata a la ciudadanía es defensa personal.

Quedarse a luchar para cambiarlo también es una opción. En dicho caso, habrá que enterarse y mantener en claro, como Hank Rearden, que más allá de las maldiciones, son los productivos quienes hacen posible a los saqueadores y parásitos al resignarse o acatar sus normas.

Enfrentarlos es necesario.

Los productivos elegirán si marcharse o quedarse. Mientras tanto, se escuchará el clamor del parásito

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